Confesiones de una librera en la FIL Lima

Fue en julio del 2008 cuando me gradué del primer gran oficio aprendido fuera de casa. Los buenos modales que me enseñó mamá y mis credenciales como estudiante de Letras en San Marcos fueron suficientes para convencer a los dueños de una antigua librería de Lima de que mi trabajo les sería útil. Siendo esta una ciudad en la que sus habitantes parecieran temerle a los libros y estar divorciados de sus escritores, el que se venía resultaba ser el evento literario más importante del año. La 13° edición de la Feria Internacional del Libro de Lima se realizaba por última vez en el espacio que hoy es ocupado por el Gran Teatro Nacional y yo iba a ser una de sus libreras.

Las ferias de libros en Lima son un poco como la ciudad que las alberga. Tienen sus avenidas principales donde la luz enceguece la mirada y se apostan llamativas tiendas junto a editoriales que se dicen todopoderosas. Tienen sus callecitas angostas donde resisten los editores independientes y las librerías de antaño. Están los rincones hasta donde llegan los libros en busca de una segunda, tercera o cuarta oportunidad. La calle de Mercaderes es aquella donde rumas y rumas de ejemplares ofertados, casi al por mayor, ocupan a sus anchas mesas y anaqueles donde la masa se sumerge casi hipnotizada. Los barrios periféricos son ocupados por pequeñas pero entusiastas librerías que esconden preciados tesoros que algún cazador llevará para presumir a sus colegas igual de pretenciosos. Sus no menos entusiastas vecinos de tienda suelen ser editores de otras ciudades del Perú, quienes llegan a la capital para promocionar la pluma de su región y restregar tristemente en los rostros de los asistentes que existe literatura más allá de la capital. También está la privilegiada y breve calle de los extranjeros quienes, en el colmo de la diplomacia, siempre tienen algo que obsequiar.  La casa del invitado especial es fácil de reconocer por los reflectores que la señalan y los estrepitosos carteles que anuncian la visita de sus escritores. Ellos, como quien llega a un barrio pobre en una obra de caridad, suelen ser los únicos expositores en este micro universo que permiten a los lectores fisgonear sin pudor entre las hojas de sus libros.  Como en la ciudad misma, saber quiénes están arriba y quienes abajo es sencillo.

Es en este laberinto solapado donde me sumerjo casi imperceptible. Mi lugar está en un puestito de 5×5 junto a los libros de Taschen, con sus páginas a todo color que nos muestran algo de la vida que existe en este pálido mundo. Artes plásticas, cine, fotografía, arquitectura. Arte contemporáneo en general y, claro, libros porno. Era buena vendiendo los libros porno. Total, era parte de los quehaceres necesarios para ganarme el pan de cada día. Hasta mi puestito preparado con dedicación llegan una fauna muy variada también propia de su ciudad. Están quienes han esperado todo el año por este evento y aparecen entre las tienditas desde el día de la inauguración. Los que, con libreta en mano apuntan las novedades seguidas del precio anunciado todavía en tristes caracteres negros. Aquellos que acuden por la llegada del Nobel, la visita de su escritor under favorito o el famoso que aterrizó en Lima por primera vez.  También los que van solo por el concierto de la banda de rock de moda. Están los cazadores de libros quienes fisgonean entre cada fila de anaquel y ruma de ofertas dejándolo todo tirado. Los estudiantes de secundaria que vinieron porque su profe los obliga. Las familias que salen de paseo “a mirar libros” y, por supuesto; quienes aterrizan porque ir a la feria del libro da caché y es cool.

Como cualquier otro “evento importante” de la ciudad, esta feria debe estar situada en lugares “céntricos” y “de fácil acceso” en Lima. Yo, que vivo en las periferias, nunca entendí qué de céntrico puede tener una feria en el Jockey Plaza, o en el cruce de las avenidas Aviación con Javier Prado, o en un parque de Jesús María.  ¿Cerca a qué o quiénes? ¿A los lugares donde hay más lectores? ¿A espacios que brinden facilidades para las familias que llegan con sus niños? ¿A los distritos donde habitan los vecinos más pudientes de Lima y, por tanto, quienes pueden comprar libros? ¿Qué determina lo “céntrico” en esta ciudad? ¿Lo geográfico o lo económico? Eso aún no lo sé con claridad, pero sí sé que llegar a Amazonas o las calles cercanas al jirón Quilca, me resulta mucho más barato y fácil. 

Esta arbitraria idea de lo “céntrico” también se refleja en la configuración de la feria en sí. A pesar de que el punto medio en los últimos años resulte un monumento a los próceres de la llamada independencia del Perú, los reflectores apuntan sobre todo a los espacios ocupados por ciertas tiendas de las que ya hablamos al inicio. Editoriales y librerías grandes, todas integrantes de la Cámara Peruana del Libro, que en estos días deben mover millonarias sumas de dinero. Los grandes y poderosos del mundo librero que, por supuesto, cuentan con todo el aparato logístico necesario para que sus operaciones sean exitosas. Si mal no recuerdo, en el 2012, alquilar un espacio vacío en esta feria costaba cerca de $5000.00. Calculen cuánto pagan estas empresas por los grandes espacios que ocupaban. Y, ahora, calculen también el esfuerzo que representa para las editoriales independientes y pequeñas librerías participar de este evento que, finalmente, más que traerles importantes ingresos económicos, representa una vitrina para que ellos muestren su esforzado trabajo casi desconocido. 

Pero volvamos a mi tiendita de arte. Y arte es lo que me toca porque —según mi jefa— nunca fui lo suficientemente lista como para encargarme de los libros de Alianza Editorial. Al menos, no en esta feria donde todo es rápido, el inventario existe solo en nuestra memoria y hay que saber la ubicación exacta de cada título, quién es su autor y cuántos ejemplares tenemos en stock. Esa chamba minuciosa y exquisita estaba claramente destinada a los estudiantes de literatura y filosofía. Y es que, quienes hurgan entre los libros de esta editora española son lectores mínimamente particulares.  ¿Tienes Partidos y sistemas de partidos de Sartori? ¿Meditaciones de Marco Aurelio? ¿Dónde están los libros de Asimov? Estoy buscando la colección completa de Lovecraft, ¿tienes? Ninguno de ellos me preguntó nunca por un libro de Varga Llosa.  Pero vender arte también resultaba divertido, sobre todo, en una ciudad a cuya masa le suelen decir que este es un lujo innecesario, que los artistas están en los museos y que no cree que un graffiti puede salvar a algún adolescente que aún no sabe bien qué hacer con su vida. Era conmovedor cuando jóvenes y no tan jóvenes resultaban impresionados con las formas y colores que encontraban al ojear alguno de mis libros. Y lo mismo con otro y con otro. O los grandes ojos de uva que se dibujaban al husmear entre el Big book of penis o el libro de fotografías de Araki. Ilusión que, por supuesto, terminaba al consultar por los precios.  Quiero decir que esta displicencia mía me generó un sinfín de llamadas de atención. Los libros estaban ahí para venderse, para que alguien pague por ellos, “no para que los manoseen”.

Ser castigada cuando trabajas en la Feria del Libro no significa más que el peor de los tormentos: encargarte de la sección infantil. Y no es que los niños per se me caigan mal. De hecho, disfrutaba encontrar algún ejemplar para pequeños que llegaban con la ilusión de llevarse a casa una gran historia. Mi libro favorito, aquí, era uno que se llamaba Princesas desconocidas u olvidadas, del cual vendí varios ejemplares. Mi mayor tragedia eran los padres que malcrían a sus hijos al permitirles tomar uno y otro libro, y otro, y otro más, y abrirlos estrepitosamente y dejarlos tirados en cualquier lugar solo porque tenían el dinero para pagar si el infante finalmente decidía quedarse con uno. Algo que no siempre sucedía porque su idea era dejar a sus niños casi a mi cuidado “viendo libros” mientras ellos, claro, se divertían en cualquier otro lado del stand. Y ni contar lo que ocurría cuando uno de los pequeños quería un libro que sus papas no estaban dispuestos a comprar.

Más allá de los problemas que traían estos pequeños entrometidos, mi lugar en la feria también resultaba un palco privilegiado para atisbar a sus extraños visitantes y, con disimulo, tratar de adivinar lo que sus ojos —a veces perdidos, a veces excitados—, buscaban al caer en mi espacio. Recuerdo, por ejemplo, a aquella mujer recién mudada a Lima que con desesperación hurgaba entre las tapas más fachosas. Emocionada, le mostré todo lo que quería ver y me animé a sugerirle algunos títulos más. Pero nada terminaba de convencer a la doña que se negaba a decirme con exactitud qué estaba buscando. Tras varios minutos y en un arranque inesperado de sinceridad, ya con mis mejores cartas sobre la mesa, me dice: “lo que quiero es un libro para mi sala. He visto que mis amigas tienen libros grandes que adornan su casa. Creo que son de pintores. Se parecen a los que tú me has enseñado, pero no sé cuál llevarme”. Ese día, la señora de azabache tinturado se llevó a casa una edición grande de Van Gogh, un libro de fotografías de Mario Testino, dos tomos de Historia de la Moda, con ilustraciones de vestidos del siglo XIX y XX, y uno más de Da Vinci, para que no se diga que no le gusta el arte. Todo lo pagó su esposo, quien no apareció sino hasta el momento final para pasar su tarjeta de crédito negra.. 

Pero una librera de feria también puede hacer buenos amigos entre quienes se pintan de clientes. Me pasó una con vez con un chico que buscaba comprar libros de Heidegger. Luego de varias visitas y frases de intercambio, finalmente, un día devolvió Caminos de bosque al anaquel y se llevó algún otro título que ahora no recuerdo. “Yo tengo un descuento especial por ser trabajadora de la librería. Te lo podría ceder, pero no acá. Tendría que ser al finalizar la feria. Porfa, no le digas a nadie, menos aún a mi jefa o a alguno de tus amigos. Es secreto”. Mención aparte merecen los buenos amigos que siempre caían para ver y anotar las novedades de la tienda que luego adquirían, por supuesto, con el 30% de descuento. 

No se vaya a creer, por lo aquí narrado, que todo siempre fue de maravilla. Algo que me resultaba tortuoso era la imposibilidad que tenía para recorrer los pasillos de esta microciudad. Y es que atender la más importante feria de libros en Lima puede resultar sumamente asfixiante cuando no se puede visitar tu stand favorito que ahora tiene 60% de descuento en los libros de colores. O cuando está de visita uno de tus escritores favoritos y no tienes chance de alcanzar a que te firme ese libro que tienes desde adolescente. Tripas corazón para ver a amigos y rostros conocidos, disfrutar de todo lo que tú quisieras disfrutar. Algunos, compadecidos, se acercan a saludar, te entregan un panecillo o, en el mejor de los casos, se ofrecen a llevar tu libro por si algo pueden lograr. De hecho, sus visitas siempre resultan agradables, sobre todo cuando la jefa no caía en cuenta de que este “comprador” nada le iba a comprar. “Voy a estar dando vueltas por acá. ¿A qué hora sales? ¿A las 10? ¡Te espero, pues!”.  Situación que resultaba diametralmente distinta cuando, quien aterrizaba en el espacio ocupado por mis libros, resultaba ser un ex. ¡Qué desagradable puede resultar tener que fingir amabilidad con alguien a quien preferirías ignorar por el resto de tus días! En el mejor de los casos, lograba negociar mi suerte con algún compañero. “Atiéndelo tú y mañana yo salgo a almorzar al final, ¡por favor!”.  Pretendida indiferencia.

Y aunque eso de la dedicación exclusiva lo deben suponer quienes suelen visitar esta feria, estoy segura de que difícilmente conocen del quehacer escondido bajo los estantes, alfombras y cada etiqueta colocada. Para nosotros, simples y comunes trabajadores de los libros, todo iniciaba 15 días antes. Lo primero era contabilizar, inventariar y colocarle precio a cada texto que íbamos a vender. Entre exámenes finales, llegábamos hasta la vieja casa en Santa Beatriz a entregarnos a esta minuciosa labor de hormigas. Y debía ser así porque cualquier error cometido en códigos o precios tendría que ser asumido por todo el equipo. Lo mismo cuando alguien roba un libro: la pérdida lo pagamos todos los libreros y esta es descontada directamente del salario que, tras la liquidación de lo vendido y la devolución de lo que quedó, varios días después terminada la feria, se nos presentaba en un cheque de banco. La feria del 2009 fue muy buena. Ese año vendimos muchísimo más de lo esperado, éxito que se vio reflejado en nuestros salarios que solían ser un cúmulo de comisiones por cada libro vendido. Y debe haber sido así, porque aquella única vez, a manera de celebración, los dueños de la librería nos invitaron a comer en un buffet de comida china para nada humilde. Ya con nuestros sueldos en la billetera, recuerdo aquella sensación de extremo júbilo que Edú —el más noble de mis compañeros libreros— y yo sentimos. Creyéndonos millonarios, y sin saber bien qué hacer, solo atinamos a comer en el restaurante más caro que encontramos cerca. No era tanto dinero, pero en aquel entonces, para dos veinteañeros de universidad pública, resultaba ser bastante. 

Ahora comprendo que lo soles que nos pagan resultaban pocos para todo el trabajo que por nuestra juventud pasaba desapercibido. Armar y desarmar el stand. Cargar y descargar cajas de pesados libros. Ensamblar los anaqueles y luego, desarmarlos también. Limpiar cuidadosamente todos los días. Estar en permanente alerta por si un ladrón trataba de llevarse algo —Edú una vez capturó a uno que, entre otros, nos robó un libro de S/ 1200.00—, y, claro, vender. Vender todo lo que se pueda. Lograr que cada persona que ingrese compre algo. No siempre les caemos bien a nuestros clientes. Señor, ¿puedo ayudarlo? No. Señora, ¿busca algo en especial? No, solo estoy viendo. Disculpe, ¿lo ayudo en algo? Sí, estoy buscando un libro para una chica de 16 años. Bingo.
Han pasado ocho años desde la última vez que trabajé en la feria del libro. Desde que dejé el bando de los trabajadores y me convertí en una de las criaturas que se pierden entre este bosque cuyos frutos añoramos alcanzar. Ahora soy la que reniega de las entradas que hay que pagar y de los precios caros disfrazados entre luminosos carteles que gritan “oferta”. Soy la que recorre toda la muestra preguntando por un sinfín de libros cuando, al final, solo llevaré uno o dos. También soy la prima chévere que trae a sus primos más pequeñitos y, mejor aún, les compra un libro. Soy la que vuelve en plan groupie para ver a algunos de sus escritores favoritos y, luego, visita a los amigos libreros para pedirles su descuento. Soy la que sin reparos husmea entre los stands de las embajadas para ver si algún regalito me puedo llevar. La que abre libros que no va a comprar, la que compra canchita mientras se pierde entre los pasadizos y termina feliz, claro, con su libro bonito comprado a buen precio.

Cintya Malpartida

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