El sabor del adobe: anotaciones sobre su densidad y disolución

1.

Hay rincones de Lima donde grupos de casas construidas con adobe siguen en pie, con su barro aún incólume o ya esperando el golpe de gracia definitivo. Si está al descubierto, y no hay protección a la vista, el adobe se cuartea, se deshace, se desploma, se devasta. Como una bestia invisible, el tiempo devora sus bordes granulados, lo vacía de sí mismo a dentelladas, le abre surcos, cuevas, cascadas. Sin embargo, también es cierto que el adobe ha logrado resistir los milenarios remezones de la placa de Nazca en más de una oportunidad. Solo si su estructura está muy perjudicada por el descuido o el cálculo premeditado, colapsa aparatosamente, atraída por el crujiente canto del planeta. El adobe se empleó como material de construcción en los edificios administrativos, palacios y templos de los antiguos habitantes de la costa peruana. Gran parte de ellos desaparecieron con el paso del tiempo. La erosión de la naturaleza como la del olvido colectivo hicieron sucumbir a estas obras de ingeniería precolombina. Los contados casos que resistieron son, hoy en día, conocidos genéricamente como «huacas». 

2.

Cuando fui muy pequeño, viví con mi familia en una quinta situada en la avenida Iquitos, en La Victoria. Estaba a media cuadra del edificio de la municipalidad y de la plaza Manco Cápac. Un largo corredor comunicaba la puerta de rejas, que daba directamente a la calle, con el último departamento, ubicado al fondo, luego de seguir unos pequeños escalones que giraban sobre sí. Las paredes de las casas eran de adobe. En el corredor había algunas aberturas en las paredes que dejaban ver al adobe presente. Yo debía tener tres o cuatro años. Solía jugar a solas. Exploraba el entorno en el que vivía. En una de esas tantas faenas, me topé con el adobe. Es probable que me haya impresionado que, detrás de su apariencia sólida, existiera una “piedra” fácil de fracturar. ¿Cuántas veces más me habré impregnado las uñas con su polvo? Al lavarme las manos, como de seguro sucedió, advertí la desintegración de sus residuos por efecto de la filuda acometida del agua. Tarde o temprano, habré llevado un pequeño fragmento de adobe al lavatorio para someterlo a la fuerza de un chorro. ¿Acaso en un instante me olvidé del adobe y llevé mis dedos a los labios? ¿Cómo así sentí su marea terrosa en mi lengua por primera vez? ¿O alguien me tiró bloquecitos de adobe en el cabello y en la cara, y uno de ellos se rozó con mis labios y mi lengua? El hecho es que recuerdo raspar algunas paredes para extraer unas pepitas de adobe que luego, a ocultas de los adultos, colocaba en mi lengua y esperaba que se disolvieran.

3.

Lima devoró a muchas de sus huacas. Tras la llegada de los españoles y con el desarrollo urbano posterior, a consideración de varios habitantes de Lima —de las diferentes Limas que han existido desde 1535—, las huacas pasaron a convertirse en simples montículos de barro. Durante la colonia, se les asoció con prácticas satánicas, porque en ellas se realizaban rituales de todo tipo. En esa misma época y en la etapa republicana fungieron de cementerios clandestinos para los grupos humanos más vulnerables. Es también en el XIX cuando se las comienza a estudiar. Viajeros europeos, en su paso por la capital peruana, recogen en sus relatos testimoniales la existencia de unas ciudadelas de barro alrededor de Lima. Hay grabados y dibujos de esos años que muestran las magnitudes alcanzadas por el adobe entre los antiguos limeños. La campiña alrededor de la ciudad se mantuvo intacta hasta principios del siglo XX. Huertas, haciendas y humedales se repartían el territorio de los valles del Rímac, del Chillón y del Lurín. Estas áreas las debían compartir con las estructuras de adobe —a veces unos muros erosionados, a veces grandes complejos semienterrados— que aún se conservaban. Era común hurgar en las entrañas de las huacas, a veces para buscar tesoros, a veces para emplear su barro como insumo. Desde que comenzó el proceso de expansión de la trama urbana de Lima, a partir de la década de los veinte, una compulsiva corriente de construcciones de infraestructura urbana y vecindarios se apoderó del entorno natural. En el camino, un gran número de restos de adobe, náufragos de su tiempo en el apabullante siglo XX, fueron despedazados, intervenidos y desaparecidos. Encima de sus antiguos emplazamientos se alzaron novísimos barrios y despejadas avenidas. Si bien en las huacas usualmente se encontraban diversos vestigios (cerámica, prendas, herramientas), se las debió salvar, en más de una ocasión, de la depredación estimulada por inversionistas privados. Algunas veces los arqueólogos ganaron, en otras, perdieron. Incluso, hasta mediados del siglo pasado, no era raro encontrar complejos ladrilleros al pie de ellas; de allí, curiosamente, se extrajo el barro con el que se conformaron las piezas que terminaron por usarse en las nuevas casas de la ciudad. En ese sentido, es muy posible que una pequeña pieza de adobe de una casa cualquiera de Lima haya sido siglos atrás parte de una de las cientos de huacas que se erigieron entre estos valles de la costa central. En un orden molecular no cabe duda de ello. Sin embargo, la mente se permite imaginar otro plano, uno intangible, pero no menos real. Allí, siempre, el adobe de hoy sigue siendo el adobe de ayer. Conviven los tiempos por medio de las fibras que se tejen entre los seres y sus entornos. Así, un gesto es una huella imborrable, cuyo perfil se define y estampa en millones de instantes sucesivos, del mismo modo que un fragmento es la ininterrumpida invocación del todo (ausente o perdido).

4.

Una vez que la pieza de adobe se sumergía en la oscuridad de la boca, había que cuidarse de no utilizar los dientes en su desguace, pues a veces se colaban trocitos de piedra que eran capaces de atropellar la fuerza de una mordida. De todos modos, no había necesidad de hacerlo: la arena, la arcilla, las hierbas, confundidas y amoldadas por manos pretéritas, se deshacían con facilidad. La ceremonia consistía en dejar que la tierra comprimida se desnudara al contacto con la saliva. Sentía en el paladar cómo surgían nubes minerales que se abrazaban con fragilidad o quizás la fricción del agua que no cesaba de recorrer —ciega, fija y muda— los confines triturados del adobe. La tierra se rendía calmada, lentamente, ante la humedad, como un perfume que se desvanece en la memoria. Las partículas de adobe nadaban entre el sabor y el tacto. Eran los planetas minúsculos de una galaxia quebradiza. 

5.

Luego de algunas décadas, cuando Lima abarcaba mucho más que la tradicional zona del centro histórico y ya había absorbido a los pueblos de Magdalena Vieja, Miraflores, Barranco, Chorrillos, Surco y Ate, así como ya ocupaba gran parte de sus bordes geográficos naturales (orillas de río, laderas de cerros, pampas de arena), las huacas, las pocas que quedaban, eran pizcas de barro en una mancha enorme de cemento y brea. Varias se convirtieron en campos de juego para los vecinos que vivían cerca, otras terminaron siendo basureros o fumaderos. Hubo casos en que sus perímetros fueron invadidos por decenas de familias que buscaban un lugar donde establecerse. Solo una que otra contaba con un cerco limítrofe que la mantenía a salvo. Estos casos muy puntuales, coincidentemente, se ubicaban en los distritos más pudientes de la ciudad. Fue común a lo largo del siglo XX que entre parte de los limeños se comparase el legado arquitectónico de las culturas precolombinas de la costa central con el de los pueblos andinos, para advertir, a continuación, que estos empleaban piedras y los otros, solamente barro. Así, a partir de una inexacta comparación se nutrió el desprecio por las huacas. Si ya de por sí Lima, o, con más precisión, la línea de pensamiento que dominó a sus autoridades y “notables” por tantos años, era una ciudad que vivía a espaldas de la herencia indígena, es decir, del resto del Perú, constatar que sus antecedentes autóctonos no eran similares a los incas debió ser una excusa más para invisibilizar su valor. Se fijaron en los materiales usados, pero no en los ingenios detrás de esos usos. 

6.

Durante mi adolescencia, a principios del nuevo siglo, cuando recorría las calles de Lima, más de una vez, me crucé con diferentes huacas. Si bien la erosión evidenciaba su antigüedad, ni en la escuela, en las clases de historia del Perú, ni en los libros que nos obligaban a comprar, tampoco en las láminas escolares, se hacía mención alguna a ellas. Lo digo, en todo caso, con base en lo que a mí me tocó vivir. Más allá de Pachacamac o las huacas del Parque de las Leyendas, las demás prácticamente no existían. De hecho, no se aludía a ninguna de las civilizaciones precolombinas de esta parte del país. Un templo mochica o las paredes de la ciudadela de Chan Chan eran las únicas imágenes que me hacían recordar a las huacas, todo gracias al inconfundible color del adobe. Más allá de los datos cronológicos que dictaban los carteles o los pequeños muros instalados por el  Instituto Nacional de Cultura (INC), si es que habían, por supuesto, no encontraba entonces más información sobre las huacas de Lima. Solo mucho tiempo después, investigando en libros y asistiendo a conferencias, me enteré de que las huacas eran edificios que contenían a los edificios que los precedían. La técnica constructiva de los habitantes precolombinos consistía en alzar el nuevo edificio teniendo como base los restos del edificio que había existido antes y que había sido destruido con ese fin. Hay, así, capas de barro que pertenecen a diferentes momentos de la historia y se superponen los más recientes sobre los más antiguos. Este hecho no deja de ser, por cierto, una proyección de lo ocurrido en la realidad: la imposición de una época, o más bien una visión del mundo situada en un determinado estado de su devenir, sobre otra, la imposición, sí, pero también la mezcla: las densidades confundidas con las sustancias en un impacto que todavía reverbera en los rincones más sombríos de ambas materias. Creo que por eso el barro es una composición orgánica que encarna, como si se tratara de una alegoría, pero de factura natural, lo que viven los grupos humanos que se encuentran y confunden en un mismo espacio a lo largo del tiempo. Pero cuando solo era un muchacho, creía —como muchos, supongo— que eran pequeñas colinas áridas. Solo el advertir una muralla o un perfil de escalera hacía caer en cuenta que eran obras humanas. Ignoraba por completo qué podía haber en su interior. 

7.

La escritura literaria se comporta como un mecanismo útil para capturar escenas de ciertas épocas por medio de la representación que en sus textos se realiza. En el caso de las huacas de Lima, ellas asoman en algunas obras ambientadas en la Lima del siglo XX. Uno de los autores es Julio Ramón Ribeyro. El otro es Jorge Eduardo Eielson. El primero tiene un cuento que se ambienta en la huaca Pucllana, en Miraflores. Dos hombres que viven en la urbanización Santa Cruz, una zona recién habitada, y a medio construir, situada en un extremo de Miraflores, deciden ir una noche a la huaca vecina a cavar en ella en búsqueda de tesoros. La escena ocurre en los años cuarenta, por las descripciones del barrio, pero el cuento recién fue escrito en 1958, aunque no llegó a ser publicado entonces. Retrata un fenómeno que resulta muy común antes, entonces y después en Lima: el huaqueo, la acción clandestina, fruto de la obsesión, pero también del afán de lucro. Esta operación es la apropiación devoradora del espacio de una sociedad atizada por la angustia del presente y ciega, por ende, a reconocer la convivencia con otros tiempos. Treinta años después, en 1988, Eielson escribe su novela collage Primera muerte de María y en ella las referencias al territorio de Lima y su ligazón con el mundo precolombino son relevantes y adquieren un matiz distinto. Tanto en su novela como en los ensayos que publica durante los setenta y ochenta comprende al pasado como un modelo vital —por colectivista y en armonía con la naturaleza— ante la atosigante y apabullante realidad de la civilización occidental, con su exacerbado individualismo consumista y su retorcida ansiedad destructiva. Los textos de Ribeyro y Eielson son, más allá de su naturaleza ficcional, manifestaciones de dos actitudes, de dos formas de interpretación, contrapuestas frente a lo que significan estos edificios de adobe. En la primera línea, el barro es un contenedor enigmático. Se sabe tan poco de las huacas que se teje una serie de creencias en torno a ellas. Se reduce su condición sacra y son reducidas a su material básico. En la segunda línea, en cambio, el barro es un mecanismo para entrar en contacto con otras épocas, con otras concepciones del mundo encarnadas en esa obra. Adquiere una noble trascendencia. Sin embargo, es en el siglo XXI cuando el valor social de las huacas crece genuinamente, ya que supera las barreras de los círculos de especialistas (sean arqueólogos, historiadores, arquitectos o artistas) y se inserta en la agenda de diferentes colectivos de ciudadanos. Estas iniciativas de promoción y conservación, así como, luego, de ciertas autoridades municipales, toman cuerpo y se afianzan en estos años. Muchas de las huacas son recuperadas. Es así como en ellas se canta, se lee poesía, se juega, se representa y se vive historias. Las huacas ni son disminuidas a su condición de barro moldeado, ni son imaginadas como edificios apartados y ajenos del presente. Se trata de un horizonte de ideas en el que ese adobe es un medio para recordar nuestra situación fugaz como individuos y como sociedad, pero también la continuidad entre los tiempos, la posibilidad de comunicarse con el pasado y el futuro. Hay, sin duda, una suerte de apropiación integradora. Este discurso se contrapone al vacío que antes dejaba la presencia de las huacas en el imaginario del limeño promedio. No debería olvidarse nunca más. 

8.

Una noche, a los 19 años, soñé que andaba de noche por una avenida con veredas anchas y una larga fila de escaparates y puertas de comercios. Este episodio no hizo más que afianzar mi afecto por el adobe, tanto por el material mismo como por su significancia. Recuerdo de aquel sueño que hay demasiadas personas circulando en una dirección y en otra. Hay luces de distintas intensidades, hay bulla de voces y autos. De repente, me detengo, y luego ya no soy capaz de mover mis extremidades. Todo lo que me rodea sigue sin mí. Sin embargo, no siento alarma. Todo lo contrario, me relajo. Disfruto el sentir cómo me diluyo en mí mismo. Una vista desde afuera me revela mi situación: soy un amasijo de barro. Siento cómo me desarmo en partículas cada vez más ínfimas. Esta onda expansiva desarticuladora alcanza a mi cerebro, pero no ahoga a mi conciencia. Por un instante, entonces, vivo deshecho, desperdigado, desmoronado, pero feliz. 

Paulo César Peña

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

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