Más allá de nuestros muros

Lo recuerdo ahí, desafiante a pesar del paso de los años. Árido, alto, casi inerte. El cerro Casuarinas observaba a los vecinos de Chacarilla del Estanque remarcando las fronteras. Aquella aglomeración de tierra y roca tenía a sus pies uno de los lugares más adinerados de Lima. ¿Y a su espalda? Nadie lo sabía. Desde la ventana de mi habitación solo veía un lado. Para mí, un niño que vivía en un superficial barrio de la enorme ciudad de Lima, el cerro Casuarinas era más que un límite natural. Lo que había al otro lado solíamos llamarlo con mis amigos el más allá.

Me intrigaba conocer lo que el cerro me ocultaba. Para descubrirlo debía caminar cuesta arriba, embarrarme los zapatos, arriesgarme a alguna caída, salir de Chacarilla del Estanque. ¿Valía la pena? Me dediqué simplemente a contemplarlo a la distancia, y él se dedicó diariamente a desafiarme. No acepté el reto no debido a un problema de distancia (el más allá no estaba tan lejos), sino porque prefería trasladarme a un lugar a 668 km de Chacarilla del Estanque: Moyobamba.

Cada verano viajaba al pueblo de mis padres en la selva peruana. En medio de montañas verdes, acechada por la vegetación y abrazada por el calor, Moyobamba era un espacio común para todos sus habitantes. En la ciudad, los ancianos pasaban el día sentados en las veredas de sus casas saludando a todo aquel que pasaba por delante. En las zonas rurales, donde vivían mis abuelos, los niños descalzos perseguían riendo a todo auto que irrumpiera entre la selva. Ni el anciano ni el niño sabían qué o quién aparecía en sus pequeños mundos. Sin embargo, los recibían con alegría. 

En aquellas visitas a Moyobamba, siempre había una excursión a algún pueblo. Siempre llegaba un momento en que el conductor de turno se perdía entre la selva. A falta de internet y mapas, por entonces, el único recurso era preguntar a algún campesino cómo llegar a nuestro destino. Cada año toda respuesta comenzaba con una tierna frase: «Eso está aquicito nomás…». Aquel inicio cariñoso solía esconder maléficas consecuencias para el viaje: subir y bajar imponentes montañas, atascarnos en largos caminos de barro, sucumbir por horas al calor, entregarnos a los mosquitos… El aquicito nomás suponía una distancia más que considerable. Sin embargo, esa simple frase trataba cariñosamente algo distante con la intención, quizás, de atraerlo y acogerlo.

¿Una vida en Chacarilla al margen de el más allá? ¿O pensar que todo y todos estamos aquicito nomás? ¿Vivir anclado en un barrio de clase media-alta o sentirse parte de algún pueblo de la selva peruana? La mayor parte de mi vida transcurrió en Chacarilla del Estanque, pero mi mente dedicó mucho tiempo a evocar Moyobamba. Mi pertenencia, mi identidad, giraban en torno al pequeño pueblo selvático. Al cumplir los 18 años, si me hubiesen preguntado, habría colocado Moyobamba como lugar de residencia en mi DNI. No fue así.

En ese frío documento, siempre ha estado escrito Chacarilla del Estanque. ¿Te puede identificar un lugar en donde has vivido más de 15 años sin conocer a tus vecinos? ¿En donde has estado más de 15 años sin ver a padres e hijos jugar juntos en los parques, en donde los muros te han impedido ver las fachadas de las casas aledañas, donde jamás has recibido el saludo de alguien que no conoces, en donde existe un más allá? Yo no me sentí identificado con aquel lugar en donde se vivía alejado de lo cercano. 

Para muchos, Chacarilla del Estanque implica más que una dirección domiciliaria. Su nombre trae consigo el estereotipo de pituco, adinerado; incluso, clasista o soberbio, etiquetas que no me representan.

Esa imposibilidad de registrar mi verdadero sentir en mi DNI me frustra, me fastidia. El ardor aumenta aún más ante una pregunta cotidiana y aparentemente inofensiva ¿Dónde vives? Esa frase, en Lima, es más compleja de lo que aparenta. En una sociedad clasista, la pregunta esconde la intención de etiquetarte, juzgarte y creer que ya te conocen lo suficiente. La dirección de la residencia puede ser más importante que el nombre o, incluso, más representativo que el número de DNI. ¿Qué sucede con los que recién se han mudado a una zona en particular? ¿Qué sucede con los que después de haber respondido la pregunta se mudaron al poco tiempo? ¿Qué sucede con personas como yo?

Una vez me lo preguntaron, cuando entré a trabajar como periodista a una canal de TV. Tenía 23 años, aún no acababa la universidad y una de las mayores motivaciones para trabajar de reportero era conocer realmente mi ciudad, ir al otro lado de los cerros: conocer el más allá. Un compañero me lo dijo mientras conducía el auto del canal rumbo a alguna comisión por las calles de Lima. «¿De qué barrio eres?». La pregunta de por sí fue difícil de responder, ya que barrio en Perú está relacionado a un espacio de la ciudad donde los vecinos comparten secretos ajenos, las amistades se forjan en las calles y las relaciones traspasan paredes. Chacarilla del Estanque no era un barrio ni pretendía serlo. Los vecinos lo llamaban urbanización, quizás con la idea de darle un aire superior. Y es que, en la clase media-alta de Lima, hablar de barrio puede ser sinónimo de vecindario popular, incluso de vulgaridad. Tras dos segundos de silencio le respondí: «Soy de Chacarilla del Estanque». Sus ojos se abrieron, su cabeza asintió mientras al mismo tiempo dijo: «¡Ahí vive gente de plata, ah!». Y claro, a ese comentario, con el paso del tiempo y el aumento de la confianza, siguieron muchas bromas y prejuicios. Creían que me daba miedo andar por los barrios peligrosos o más populares, pensaban que me daba asco comer en algún mercado de Lima Norte, dudaban de que pudiera caminar entre piedras y arena en las zonas más pobres. «Lima no es Chacarilla del Estanque», me dijo a modo de moraleja uno de mis jefes. Otros me insistían «¿Qué hace un pituco como tú aquí?». Para David López y otros compañeros, mi respuesta ante el de dónde eres fue más que suficiente. 

Un día, recuerdo, me encargaron hacer un reportaje en un cerro a las afueras de Lima. Al llegar a San Juan de Miraflores, entendí realmente el término extrema pobreza: gente durmiendo sobre arena, sin agua, sin luz, familias enteras viviendo entre cuatro cartones. Lo único bien construido, con material resistente y fuerte, estaba en la cima del cerro, se trataba de una prolongada muralla de concreto que impedía mirar el otro lado. «¿Qué hay más allá?», pregunté al camarógrafo. «¿No lo sabes?», se sorprendió. Apoyado en sus hombros, pude asomar mi cabeza sobre la fría pared. «¿Lo viste?», me dijo el compañero soportando mi peso. Lo vi. Al otro lado había luz, piscinas, cemento, autos. Las pistas y veredas hacían que la arena sea casi imperceptible. Las casas, enormes en su mayoría, me daban la espalda y, por ende, daban la espalda al muro que los protegía de la pobreza. ¿Qué lugar de Lima estaba ante mis ojos? No tenía ni idea. En ese momento, tampoco sabía yo de qué lugar se trataba exactamente. Dudé. Estaba justo en el medio de dos realidades opuestas.

¿Sabían mis compañeros de trabajo cómo llegué a Chacarilla del Estanque? ¿Sabían quién era? Yo solo les respondí el dónde vives, pero para ellos dije mucho más. Bastó mi dirección para que afloren los estereotipos. Si la verdadera intención de plantear esta pregunta es saber de dónde eres, cabe preguntarse si existe solo una respuesta. Quizás podría haber dos o tres. O quizás simplemente no hay una respuesta clara.

 ¿De dónde es el escritor Roberto Bolaño? ¿Mexicano? ¿Chileno? ¿Español? Él decía ser un escritor latinoamericano. ¿Podemos nosotros también definirnos en torno a varios lugares? ¿O rebelarnos ante aquello cercano con lo que no nos identificamos? En Conversación en La Catedral, Zavalita es aquel joven de clase alta que decidió vivir como un periodista bohemio para rebelarse al poder oligarca que encarnaba su padre, a quien él rechaza. Ahí, apoyado en el muro, ¿era yo un periodista de Chacarilla del Estanque que sentía una liberación personal conociendo el lado pobre de Lima? ¿O era el periodista de alma provinciana que sentía la necesidad de criticar a la clase alta capitalina? Estaba exactamente en el medio de dos extremos de la ciudad.

Ni David López ni ustedes hasta esta línea sabían que mi padre compró, con casi todos sus ahorros, un departamento en uno de los primeros edificios de Chacarilla del Estanque. Lo hizo en 1992, cuando aquella zona estaba conformada más por campos y sembríos que por viviendas, cuando era parte de las afueras de la ciudad. Mi padre compró el departamento 302 en una época en la que el terrorismo y la crisis económica había rebajado el precio de las viviendas en Lima. Tampoco sabía David López que mis padres son de la selva peruana, y que, a pesar de haber crecido con comodidades y ciertos privilegios, corrían descalzos con los niños, comían en el mercado y jugaban trepados en los árboles de guaba. No sabía David López, ni la gente del canal, el placer que me daba escuchar las historias de mis padres e intentar imitarlas en cada viaje a Moyobamba. 

Si me cuesta identificarme con la dirección de mi DNI, peor aún lo es con mi sello de nacimiento: el nombre. «Hola, soy Tanús. ¿Cómo? Ta-nús. ¿Y de dónde es ese nombre? Árabe. Pues se nota, ¿hablas árabe? No. ¿Eres musulmán? No. ¿Conoces a los Abugattás del club árabe-peruano? Ni idea». Estas líneas son parte de un guion que he repetido mil veces en mi vida.

Entiendo la sorpresa, ya que mi nombre no es común en Sudamérica ni en muchas partes del mundo (averigüé, con mucha satisfacción, que en Perú existimos apenas tres Tanuses). Entiendo, hasta cierto punto, que la gente piense que sé hablar árabe o que soy musulmán. Sin embargo, me molesta que en Lima asocien ser árabe con pertenecer a un club, tener padres relacionados con la industria textil, o conocer a tal o cual familia. 

¿Acaso no puede existir un libanés católico que llegó a la selva peruana en busca de caucho? ¿Acaso no puede ocurrir que ese mismo árabe, llamado Tanús, aprenda castellano? ¿Acaso no puede suceder que aquel Tanús no coma shawarma y prefiera comer tacacho? Sí, puede existir, ocurrir, suceder. 

Sé que mi historia es compleja, pero es real (y no descabellada). Sin embargo, pasamos el tiempo suprimiendo aquellas lejanas posibilidades. Y así como el estereotipo delimita ideas o historias de otros, nosotros mismos nos sentimos obligados a responder de dónde somos y, por lo general, terminamos por definir un solo lugar. ¿Acaso no hay espacio para más de una respuesta?

No había terminado de contarles la historia de lo que me sucedió en San Juan de Miraflores. Ahí, apoyando los codos sobre el muro, descubrí que tenía a la vista Chacarilla del Estanque. Eso significaba que, por fin, y sin quererlo, estaba en aquel lugar que en la infancia solíamos llamar con mis amigos el más allá. Intenté encontrar mi casa y, por qué no, identificar mi ventana. Durante aquella búsqueda, me pregunté si acaso no habría un Tanús mirando hacia el cerro Casuarinas en aquel momento. Nunca había pensado que alguien como yo, un joven de origen árabe y padres provincianos, podía vivir también en esa urbanización. Inconscientemente, había levantado un muro para apartarme y protegerme del estereotipo que implicaba ser de Chacarilla del Estanque.

Recordé que, tiempo atrás, haciendo un reportaje en los Barracones del Callao, una de las zonas más peligrosas del Perú, me inserté entre la gente para investigar el crimen de un joven pandillero. Conversé con un grupo de muchachos del barrio que conocían a la víctima y que, al parecer, eran de su misma banda. Tras unos minutos de conversación en los que logré obtener algunos datos, uno de ellos me preguntó: «¿De dónde eres?». Pensé que si les decía que era de Chacarilla del Estanque, además de burlarse de mí, podrían intentar robarme. Empujado por el prejuicio mentí. «Soy de La Victoria», les dije. Esto no es una queja. La ciudad es así, y hay que aprender a camuflarse, a moverse en ella bajo sus distintos códigos y estrategias.

El muro sobre el cerro Casuarinas es llamado el muro de la vergüenza, vergüenza que sentí del lugar donde crecí, un muro que, también inconscientemente, levanté con ladrillos de estereotipos.¿De dónde eres tú? Pues, al final, la respuesta es relativa, no me interesa. Quizás solo importe subir el muro, conocerte y mirarte desde el más allá. ¿Y yo quién soy? Al fin y al cabo, como diría Facundo Cabral en su célebre canción: «No soy de aquí ni soy de allá». Ustedes y yo podríamos ser de algún lugar lejanamente cercano o cercanamente lejano.

Tanús Simons

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

5 comentarios sobre “Más allá de nuestros muros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s