¿El pez por la boca muere? El arte de reír en tiempos de pandemia

Desde que inició el periodo de cuarentena, mi deambular por la ciudad se ha limitado a trayectos cortos. Yo, acostumbrado a largas caminatas por las calles y avenidas, derivas sin restricciones ni dirección fija, tardes o noches enteras fuera luego de cumplir con mis horas de dictado, he convertido mi deambular cotidiano en cortas, esquemáticas y apuradas visitas para aprovisionarme de alimentos. Nada más frío y funcional que reducir mis andanzas a un solo fin: tachar la lista del mercado. Errancia con destino fijo no es errancia. ¿Pero no es acaso lo único que nos queda y, de paso, lo que nos une en tiempos de pandemia? ¿Se puede hablar de unidad/unión cuando no todos acceden a los recursos en las mismas proporciones? ¿No es quejarse una grosería?

Desde entonces, mi orden habitual se ha invertido: la habitación alquilada donde vivo en el centro de Lima, que usaba casi como un cuarto de hotel (para comer, dormir y usar el baño), se ha vuelto mi punto de inicio y de destino diario: el trayecto promedio más largo por día es el que recorro a la ducha o al inodoro (al vivir solo, no he experimentado ese extraño ejercicio de tener que esquivar a mi propia familia en los pasadizos y puertas). Como debo estar conectado para trabajar a distancia, tengo que estar frente a la computadora un promedio de nueve horas al día, de lunes a viernes, y dictar de modo virtual los sábados hasta las dos de la tarde. Trabajar… Como muchos, imagino. Y no tendría nada de extraordinario si es que mi ritmo habitual de vida no hubiese sido el de parar en la calle, mataperreando, yendo a pescar libros de segunda mano, conversando con mis amigos libreros y cachineros, rondando en busca de material por el barrio. Esa ciudad, en cuya inmensidad anduve hasta hace poco con un desbordado libertinaje, se ha vuelto una cárcel, un presidio con las puertas abiertas de par en par. 

El problema principal de la cuarentena no ha sido, sin embargo, y contra mi pronóstico inicial, soportar el encierro. La verdadera lucha ha sido por conseguir comida (una necesidad para mí, pero también un placer). No tengo cocina ni horno microondas ni nada donde pueda siquiera calentar algo que no sea agua. Apenas tengo un frigobar donde guardo algunas cosas para que no se malogren con este calor diurno que se niega a desaparecer. La salida inmediata era ir a Lince, a casa de mis padres: refugiarse en el nido, correr al regazo. Nada era más cómodo que eso, así que lo descarté de inmediato y decidí mantenerme aquí, resistiendo hasta el límite de mis posibilidades. Había que enfrentar este problema solo y convertirlo en un reto a la supervivencia.

Después de cansarme de los enlatados, el pollo rostizado calentado en bolsa dentro del hervidor, después de consumir hasta el hartazgo la comida congelada de los supermercados, una luz apareció en mi camino, y me demostró más que nunca que, en estas situaciones, no es posible sobrevivir en la absoluta soledad. Conseguí el número de una señora que prepara menú para llevar en su casa de la cuadra 2 de jirón Cailloma. Ir por mi paquete implica un ritual diario: ponerme la mascarilla, coger mi bolsa de compras e ir, en mi apretada hora de refrigerio, caminando desde el cine Tauro (Quilca con Chota), unas 15 cuadras arriba. Luego, volver, seguir a medias un protocolo de higiene básico, bañarme, cambiarme de ropa, embutirme rápido el almuerzo y volver a conectarme al trabajo. En medio de todo, es un privilegio dedicarme a una labor que se acople al trabajo a distancia. Ya es un gran privilegio tener un trabajo al que volver, y salud y edad para poder desplazarme sin muchos riesgos. Otros peruanos tienen que cruzar desiertos huyendo de los focos infecciosos, y en Ecuador deben caminar miles de kilómetros para escapar de la pandemia feroz, así que esto es muy sencillo en el fondo.

Fue en mis idas y regresos en búsqueda de comida por las callejuelas del segundo distrito más contaminado de la ciudad (el cuerpo como una quilla abriéndose campo entre corrientes de aire viciado) que caí en cuenta de algunos detalles, entre ellos del lado perverso, pero también indirectamente liberador de la mascarilla, esta nueva prenda que llevamos en la cara y que se irá sometiendo al ritmo del mercado y las modas. Cuando uno acostumbra recorrer la ciudad a pie, la mente activa el instinto del animal liberado (siempre alerta como los primeros cazadores), y la vista también se acopla a mirar en otra dirección y con detalle, ver el mundo a tres kilómetros por hora: concentrarse en fachadas, muros, portales, techos, balcones, edificios antiguos; palpar, extraer la belleza a la decadencia, contemplar los rastros de esplendor y la insignificancia, medir la forma de las ruinas. Observar a la gente es parte de esa costumbre, que no tiene nada de neg-ocio. La ingeniería de los pies, el arte del ojo: la ciencia de no hacer nada.

Llegando a Colmena con Cailloma, grupos de hombres y mujeres (en su mayoría jóvenes), salían de un edificio con sus fotochecks del Banco de Crédito. Asumo que eran trabajadores del call center del banco que regresaban a casa, pues subían a los buses del personal que los llevaban hacia los cuatro puntos de la ciudad, a juzgar por los carteles. Serían las 2:15 de la tarde. Había mucho sol, y estaba empapado y respirando con dificultad debajo del tapabocas. De pronto, una de las chicas que salía de ese gran y remozado edificio estilo segundo imperio se separó del grupo y caminó hacia la avenida Tacna. Antes de llegar a la esquina, sacó, como si se trata de un arma o un artículo de contrabando, una manzana de su lonchera. Vi que se echó alcohol a las manos y limpió la fruta. Aun así, dudó unos segundos antes de morderla. Se retiró la mascarilla de un lado y, finalmente, mordió la fruta prohibida con ganas culposas, y volvió a cubrirse la boca sin encajarse del todo el asa detrás de la oreja. Y siguió disfrutando bajo la tela de esta especie de antifaz que ahora todos llevamos pegados a la cara, y que nos impide incluso ver la forma entera de un rostro, la forma de una sonrisa. 

Dos metros más arriba, vi salir de una bodega a un hombre con la mascarilla colgando de una oreja. Fumaba con infinito placer tal vez el único cigarro del día, expulsando el humo en un acto de liberación, esos segundos de indiferencia en que una fracción de goce importa mucho más que el peligro. Yo mismo el otro día me vi en un dilema que, en otra situación, no me hubiera siquiera detenido a meditar: cómo comer un helado. Debía sacarme la mascarilla por supuesto. ¿Pero valía la pena? Al final, me la descolgué de un lado y me tragué el helado, más con ansiedad que saboreándolo. Tuve ganas de chuparme los dedos para aferrarme a los rezagos del dulce, pero reprimí mis deseos, esos que por inercia surgen, la esclavitud a los viejos hábitos, como el de saborear hasta el último rastro de comida. 

Además de ser una barrera contra el virus, la mascarilla (su parentesco nominal con la máscara la delata), se ha convertido también en un freno a todos estos placeres ligados a la boca: comer, fumar, beber en la calle, besar a tu pareja o tus seres queridos (ni qué decir de esa práctica tan solidaria entre nosotros de compartir la cerveza en el mismo vaso o beber del pico). Mis dificultades para conseguir comida son un ejemplo de esa limitación. Frente a eso, aquellos escapes, pequeños gestos de fuga, se convierten en un retorno a la normalidad, a cierto grado de humanidad. 

Sin embargo, esa especie de cárcel, esta máquina de matar en que se ha convertido nuestra boca (nuestro cuerpo), si bien está limitada, se las ingenia para liberarse, para no dejar de ser, no olvidarse de su origen. Y así surgen otros modos de resistencia a las secuelas de esta pandemia. En estos días, en la red (ese territorio virtual que ahora recorremos más que ninguno), una gran cantidad de memes, videos, covers, parodias y audios cómicos han circulado y acompañado las largas jornadas de confinamiento, horas de encierro jocosas que se mezclan con noticias falsas y alarmistas, avalancha de estímulos que provocan que el estado de ánimo de muchos fluctúe, una y otra vez, de la ansiedad y la angustia a la broma, de la cólera a la carcajada hilarante, de la hiperconectividad al sentimiento de soledad. Pero la reacción más frecuente tiende, más allá de los titulares amarillistas, a lo hilarante, sobre todo en momentos de interacción social, que es cuando brota aquello que en buen peruano llamamos chongo, chacota. En torno a esto surge la pregunta: ¿por qué procesamos así la tragedia? ¿Por qué la despreocupación y la risa en medio de la desgracia? 

Casi por azar, como si de tanto darle vueltas mi curiosidad hubiera atraído hacia mí una respuesta, cierto día me escribió Dennis, un amigo arequipeño. Me comentó que estaba emprendiendo una pequeña investigación, y me preguntó si podía servirle de prueba piloto. Me envió un Word con un listado de oraciones cuyo sentido debía tratar de descifrar. Era evidente que todas tenían una carga profundamente erótica. Pero había otro detalle: todas estaban íntimamente relacionadas con la pandemia. “¿A qué crees que se debe esta conjunción?”, me preguntó. Sin saberlo, con mi tentativa respuesta, había encontrado la pieza que me faltaba. ¿Qué mecanismo invisible movía el lenguaje en esa dirección? 

Las frases abordaban de manera festiva un hecho trágico. De pronto, en plena pandemia, el lenguaje popular se había empezado a vestir de metáforas sexuales relacionadas al COVID-19, sobre todo en la redes sociales: alusiones a la permanencia en casa (Mejor adentro que afuera, Que no se salga el muchacho, Ojalá no dure mucho…), frases alusivas a los síntomas y prevención del COVID-19 (Protégete para que no salga positivo, Lo quieres con o sin mascarilla, Lávate antes de entrar…), referencias a eventos sucedidos durante la cuarentena (Apúrate que ya va a salir Vizcarra, Prepara ese cachete que llegó tu capitán Cueva), alusivas a las restricciones impuestas por el Gobierno (De perrito pa’ respetar el distanciamiento social, No grites que viene la policía, No salgas, que te levantan…) y alusiones a los decretos emitidos por el Gobierno (Son 380 soles, Esto se alargó más, Esta vez sí duró bastante). ¿Pero qué hay detrás de esa práctica festiva en tiempos de encierro y muertes? Sin pensarlo demasiado, se puede decir que somos un pueblo que no mide el contexto en su real dimensión, que es inmediatista e inconsciente, que goza con burlar todo mecanismo de control y disciplina. Es verdad en parte, pero hay un elemento más.

“El pez por la boca muere”, reza el dicho, y en este contexto parece más que literal. Pero también es cierto que por la boca se salva. ¿Cómo entender si no ese humor sexual más allá de su condena como un acto chapucero, machista y grotesco? Quizá es tan solo una manera de leer, desde el goce y el carnaval popular, un evento que es su antípoda: la degradación del cuerpo reflejada en la enfermedad y la muerte. Ante la desgracia, un buen sector de la población se defiende y responde con la risa. La carcajada es un mecanismo para combatir la muerte. La liberación y la cura que no llega en la práctica real sucede, de modo sucedáneo, en el plano simbólico del lenguaje. 

En momentos en que las cifras parecen decir lo contrario y las cadenas de noticias alarmistas siguen dando tumbos por las redes, al menos en el lenguaje, a través de la risa, y por lapsos, la vida triunfa y se impone. Porque la mejor manera de sentir la vida es riendo, reír en todas las maneras, en todos los timbres posibles, en silencio o a todo pulmón, quemando el manual de urbanidad, reír por meras ganas de sentirlo, en exceso y sin educación. Porque quizá el mejor modo de entrar en el profundo misterio de la vida sea riendo. La carcajada como contraveneno. La muerte burlada, la vida oliendo a victoria. La risa: el revés de la tragedia. La lengua viva, esa fiesta sin fin a la que se entra sin invitación ni membresía.

Javier Arnao Pastor

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

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