Pandemia en Lima: pasado y presente

Lima (y el Perú y el mundo) se encuentra viviendo una situación excepcional. En Río Hablador, no podemos situarnos al margen del contexto que nos toca. Compartimos, en esta oportunidad, dos perspectivas sobre lo que significa una pandemia y su relación con la ciudad. Los textos han sido escritos por Paulo César Peña y Cintya Malpartida.

Pandemia en Lima: ayer

El 15 de marzo de 2020, luego de nueve días de haberse notificado el primer caso con COVID-19 en el Perú, el gobierno central, por medio de la declaración del estado de emergencia nacional, estableció una cuarentena general con el fin de mitigar el incremento de contagiados con el coronavirus. Esto implica que, desde el lunes 16, los ciudadanos deben dejar de trabajar y de desplazarse para quedarse dentro sus hogares el mayor tiempo posible. Solo pueden salir para la adquisición de alimentos, medicinas y dinero, o para atender a personas bajo su cargo. La medida exonera de la orden de inmovilidad a aquellos que laboran en determinados rubros, como el de la salud, la provisión de alimentos, las entidades financieras y los servicios públicos, entre otros. La situación hace recordar por un instante los toques de queda que se impusieron a lo largo del conflicto armado, entre los años ochenta y noventa del siglo pasado. Otras medidas tomadas han sido el cierre de las fronteras y la suspensión de clases en todas las instituciones educativas, así como la prohibición de celebrar eventos masivos, sea cual sea su índole. 

Si bien Lima ya ha enfrentado la llegada de otras epidemias —en 1903, se trató de la peste bubónica, en 1991, fue el virus del cólera y, en 2009, fue la gripe AH1N1—, nunca había ocurrido que se impusiera el confinamiento de las personas, no al menos como pasa ahora. Es, sin duda, un evento trascendental, si se considera la escala y magnitud de la Lima del siglo XXI. Hoy en día la habitan más de 10 millones, en condiciones socioeconómicas, y, por extensión, de higiene y salubridad, de lo más diversas y desiguales. A ello hay que sumarle la situación informal de tres cuartas partes de los trabajadores en Lima, entre los que muchos tienen que salir a las calles a diario para conseguir los ingresos mínimos que requieren para subsistir. Resulta obvio que para ellos no existe la chance de no salir de sus casas. Es, por todo lo visto, un evento que nos coloca en un escenario de riesgo, pero que también puede propiciar la empatía entre los habitantes de la ciudad. Una u otra opción depende del comportamiento de cada uno de nosotros, pero también de cómo es manejado el país durante estas fechas de incertidumbre. Hay un factor, en este tipo de situaciones, que resulta determinante para el desenvolvimiento de los ciudadanos: la información.   

Es cierto que estos tres momentos de epidemias en Lima sucedieron bajo condiciones completamente distintas entre sí. En 1903, la población de Lima era de cerca de 140 mil habitantes. La peste bubónica se concentró en la costa norte peruana. Tuvo como vector transmisor a las pulgas de las ratas que habitaban en los puertos y ciudades. En 1991, vivían 6 millones en Lima. El cólera se fue expandiendo progresivamente por todo el país. Se esparció entre los seres humanos, algunas especies marinas, los vegetales de consumo y el agua potable. En 2009, habitaban la capital peruana poco más de 8 millones y medio de personas. La gripe AH1N1 se propagó por algunas de las principales ciudades del Perú. Llegó por medio de pasajeros peruanos que vinieron de viaje en distintos vuelos comerciales desde el extranjero. Más allá de las inevitables diferencias, no resulta forzado comparar entre estos procesos ciertas dinámicas llevadas a cabo, tanto por las autoridades como por la ciudadanía y los medios de comunicación. 

En el caso de la epidemia de peste bubónica, la cual se extendió en el territorio peruano entre 1903 y 1930, las autoridades a cargo del trabajo de combatirla en Lima no supieron comunicarse con la población. A esto habría que agregar que el trabajo de atender la salud de las personas no era, por entonces, exclusividad de los médicos con formación científica, ya que también abundaban los charlatanes y los curanderos, además de algunos remanentes de ideas desfasadas o ya puestas en entredicho (y esto era representado por algunas congregaciones religiosas). En Lima se instauró, durante un tiempo, el aislamiento forzoso, se cerraron templos, colegios y circos, se prohibió la tenencia y crianza de animales, se clausuraron —y en algunos casos se incendiaron— fábricas, locales comerciales y de entretenimiento, se destruyeron edificaciones, se echó alquitrán en los rincones por donde podrían circular las ratas, entre demás acciones. Todo esto propició que, al desconocerse el porqué de las diferentes decisiones tomadas, muchas personas rechazaran, cuestionaran y se negaran a cumplir las órdenes dictadas. Frente a este panorama, la Municipalidad de Lima optó por conformar una Policía de Salubridad para que controlara a las personas, para que se ocuparan de internar a los contagiados o para detectarlos en el interior de los hogares, interviniendo de una manera que se consideró excesivamente invasiva. Para estimular la participación de las personas en la lucha contra la peste bubónica, se comenzó a pagar por la muerte de cada rata. Esta medida debió eliminarse al poco tiempo porque algunos criaban estos animales para luego pedir su respectivo pago a la Municipalidad de Lima. La peste estuvo en el Perú hasta 1930. Debió crearse y consolidarse un sistema de salud pública que pudiera atender a tiempo a todos los ciudadanos, así como cambiar el tipo de tratamiento aplicado en los pacientes, por uno científicamente comprobado, para que recién se la pudiera controlar.

Este nivel de rechazo no se volvió a observar en Lima cuando apareció la siguiente epidemia. Por el contrario, durante la temporada en que estuvo presente el virus del cólera, entre 1991 y 1992, el Ministerio de Salud, entre sus principales acciones, diseñó una estrategia de comunicación para que las personas, pero también los medios (la televisión, la radio y la prensa escrita), contaran con la información precisa. Era importante reeducar a las personas porque, al cambiar sus hábitos de higiene personal y de consumo de alimentos, reducirían el riesgo de infectarse con el virus. Aparte de la necesaria distribución gratuita de bolsas de sales, útiles para lograr la recuperación del paciente tras la grave deshidratación sufrida, se imprimieron millones de cartillas informativas, trípticos y afiches, así como también se produjeron algunos spots para radio y televisión. No bastaba con actuar, había que informar, es decir, había que apelar al lenguaje para que todos supieran qué dirección seguir en esa etapa tan crítica. El efecto de ambas acciones fue tener una de las tasas de mortalidad más bajas del planeta. 

Sin embargo, en el siglo XXI, ocurrió algo distinto cuando tocó afrontar la epidemia de la gripe AH1N1. La información que circuló entre la población no era solo la que brindaban las autoridades o los medios tradicionales. Existía una fuente más, en paralelo: era la Internet, y en especial las redes sociales. Por medio de ellas se difundieron datos inexactos sobre la gripe, así como se exacerbó cierto sentimiento xenófobo hacia los mexicanos. Aquí hay que recordar que el epicentro de la epidemia fue México. Por otra parte, algunos de los medios impresos, los conocidos como “diarios amarillos”, apostaron por presentar las noticias con un tono tragicómico. Su enfoque era catastrofista y alarmista, pero detrás de su trabajo de difusión no existía una genuina labor periodística (investigación objetiva, análisis de la información, contraste de fuentes), sino el mero afán de vender más ejemplares. Esto provocó que se alarmara a la ciudadanía, aunque, en perspectiva, la gripe AH1N1 no fuera una enfermedad muy letal. Fallecieron 200 personas de más de 7000 casos registrados a nivel nacional, pero algunos de estos medios impresos llegaron a calificar a la epidemia como un verdadero “apocalipsis”; incluso, dieron cabida a teorías conspirativas en sus portadas. No resultó extraño que otros apelaran a la religiosidad de las personas para motivar la compra de sus ejemplares cada día. 

En 2020, debido a que contamos con un gran caudal de información, sea por los diversos medios de comunicación o por las diferentes redes sociales, es como si en Lima estuviéramos conviviendo con el COVID-19 desde varias semanas antes del anuncio oficial. Dado que es el tema más atendido, resulta inevitable, entonces, que cualquiera con acceso a estos canales esté al tanto de las medidas tomadas en el extranjero, de las cifras de infectados en el país, de las recomendaciones que dictan las instituciones oficiales, así como de las actitudes y decisiones de los distintos protagonistas involucrados (ciudadanos, autoridades, especialistas). También circula, inevitablemente, la información adulterada, con fines desorientadores. Se aprovecha cada soporte vigente (memes, imágenes, audios, videos) para distribuirse y replicarse, precisamente como los virus, entre más y más individuos. Este caudal de información ha propiciado que las más variadas emociones afloren en los limeños, desde la solidaridad hasta el pánico, pues ha sido procesada a partir de una serie de factores tan particulares entre un individuo y otro. 

De vez en cuando, las comunidades humanas deben atravesar situaciones como esta que vive Lima (y con ella, por supuesto, el resto del Perú): afrontar la llegada de una insólita enfermedad que, debido a su condición de altamente contagiosa, habrá de trastocar algunas de las creencias y costumbres de dichas comunidades. Queda en evidencia, luego de haber revisado brevísimamente los anteriores episodios situados en Lima, que resulta necesario, para que la ciudadanía no se distancie de las propuestas de las autoridades, ofrecer la información a tiempo y con transparencia. La reconfiguración de los modos de recibir y transmitir datos, un fenómeno propio del siglo XXI, propicia que ahora también se deba prevenir el contagio de las personas con información falsa. Entonces, se muestra el valor de la comunicación establecida adecuadamente. Sin ella, se originan el caos y el pánico. Con ella, pero tergiversada, el daño puede ser más grande. Si algo se puede rescatar de esta lectura del pasado y del presente de las epidemias en Lima, es que toda comunidad se sostiene en la existencia de un vínculo comunicativo, de un intercambio activo de conocimientos, pero también en la confianza, tanto en el accionar de los otros como en la información que comparten. Su ausencia es nociva para el colectivo. Lo que le toca vivir a Lima en estos días nos lo hace más patente

Paulo César Peña

Pandemia en Lima: hoy

Cuarto día de cuarentena. Las calles de Lima lucen desoladas, casi vacías. La última noche, la capital experimentó el silencio casi absoluto de las calles, aquel que, en horas de la madrugada, permite escuchar el crujir de los objetos, los grillos debajo de las piedras, el sonido del viento que se desplaza en las avenidas y que choca con los cerros o los insectos apareándose cerca a la luz. Con un poco más de atención, se lograba escuchar, incluso, el latido de los que amamos. Cuarto día de cuarentena y primera noche de toque de queda, ante el caos y desborde que ocasionó la llegada de un virus de origen desconocido al Perú. Son tiempos del coronavirus y Lima aún no logra entender la transformación que afronta.

El alboroto cotidiano ha desaparecido junto a las contradicciones de sus habitantes, quienes ahora, desde casa, todavía cuestionan la necesidad de las medidas decretadas. Incrédulos, algunos en vano salen a las calles con el egoísmo a flor de piel que, durante siglos, ha marcado a los habitantes de esta caótica ciudad. Felizmente, son pocos. Ante la incertidumbre causada por un virus que amenaza con trastocar la estructura de la sociedad, son millones los que han optado por quedarse en casa, pues, esta vez, los intereses personales coinciden con el bien común. Quizá es el retorno a la caverna de quienes piensan que cierto conocimiento les ha sido revelado y, ahora, toca salvar a los otros. La Lima gris se torna aún más oscura ante la ausencia de los millones, quienes disfrazan con sonidos y color su hostilidad y fragilidad. Hoy, cuatro días después de haber sido obligada a encerrarse, Lima se cuestiona si su “incalculable esfuerzo” de pensar en los demás valdrá la pena, si realmente lograremos hacerle frente al virus, ese ser invisible sobre el cual giran ahora nuestros días. Así, espera con ansias el fin de la pandemia para volver a la “normalidad” (“que esto pase pronto”, dicen) para inundar, de nuevo, la ciudad con sus afanes del día a día.

Malas noticias: nada volverá a la “normalidad”. O, al menos, eso es lo que nos dice Slavoj Zizek. Como decía una amiga mía, mejor nos vamos acostumbrando.

En una entrevista concedida a RT, el filósofo esloveno señala que la “normalidad” que conocíamos no será la misma una vez terminada la crisis mundial desatada por la pandemia del Covid-19. ¿Por qué? Porque esta situación de emergencia global obliga a los gobiernos y naciones del mundo a cambiar la manera como han estado operando en la economía global hacia una forma mucho más colaborativa donde los países se necesitan unos a otros para subsistir. Cambiar nuestras formas de vida, dejar atrás el egoísmo de sociedades e individuos que, en crisis como estas, se desploman y evidencias lo frágil y expuesto de su estructura. Pensar también el otro. Él apela a una nueva forma de “comunismo” en la cual las naciones deberán cooperar entre sí de manera unida, coordinada, compartiendo información transparente entre ellos y hacia la gente como si estuvieran en el medio de una operación militar. Es eso o una gran catástrofe, apunta. “Hoy, más que nunca, debemos darnos cuenta de que estamos todos en el mismo bote”, agrega. Quizá, algo así como la anunciada compra en conjunto de equipamiento y medicinas entre varios países de la región latinoamericana para hacerle frente al desmesurado avance del coronavirus de Wuhan. “De nada sirve que nosotros nos aislemos si los demás países no hacen lo propio y se coordinan acciones”, dijo el presidente peruano Martín Vizcarra, muy en sintonía con lo señalado por el esloveno, quien considera que las naciones que se llevarán la peor parte son aquellas que opten por aislarse, adoptando medidas extremadamente nacionalistas de la comunidad internacional. ¿Están EE.UU., el Reino Unido y otros países en esa sintonía?

Pero volvamos a Lima, esta ciudad donde encontrar medios económicos para subsistir pareciera ser más importante que hacerle frente a una pandemia global. No los juzgo. El abusivo sistema económico que rige nuestro país ha precarizado y condenado la situación laboral y los medios de producción de al menos el 70% de los trabajadores, según señalan cifras oficiales. Sí, trabajadores, no colaboradores, no proveedores de servicios, trabajadores que, día a día, se abren paso en medio de falsas consignas de emprendimiento y meritocracia que buscan darle un toque “romántico” al desamparo en el que laboran. Esta situación ha quedado plenamente evidenciada y ha obligado al gobierno peruano a tomar medidas extremas pero necesarias ante la emergencia, como destinar un bono extraordinario de S/. 380.00 que busca paliar, un poco, el hambre de miles. Dicen que el coronavirus en su variante 2019 apareció en el mundo para poner a prueba su solidaridad y empatía. Dos valores que parecieran haber sido negados a lo largo del desarrollo del Perú como república, con gobiernos y autoridades corrompidas por la angurria del dinero y poder, que viraron el destino del país hacia donde los intereses de quienes tenían como lema “la plata que llega sola” quisieron.

En la televisión, las imágenes de la ciudad resultan agobiantes. Personas que a minutos del toque de queda buscaban desesperadamente medios para retornar a casa. Jóvenes temerosos de vivir situaciones excepcionales que antes solo las conocían por las películas o los relatos de sus padres. Derechos recortados y libertades restringidas por gobiernos que se jactan de ser liberales y que, ahora, deben enviar a las Fuerzas Armadas y la Policía para garantizar el cumplimiento de sus órdenes. Comerciantes mayoristas y minoristas que deben lidiar con la especulación de precios para mantener la tranquilidad de los ciudadanos que requieren adquirir alimentos para estos días. Denuncias de médicos, quienes aseguran que decenas de sus compañeros han sido infectados con Covid-19 ante la carencia de equipamiento de bioseguridad. Gente que, en el colmo de su egoísmo, continúa saliendo a las calles sin razones absolutamente necesarias. No basta con aplaudir desde nuestros balcones al ritmo de una canción criolla para asumir nuestro rol activo como sociedad. Ahora, más que nunca, es necesario repensar nuestras acciones individuales en busca del bien común. Algo así como lo que dice Zizek: “Decisiones en situaciones como esta no pueden ser dejadas a consideración de los mercados”. Las naciones del mundo deben contribuir para superar la crisis global que pone también a los mercados del mundo y el sistema económico global en jaque.

Otro acertado comentario del esloveno nos dice que la situación es demasiado seria para caer en pánico de último momento, pues el pánico, dice él, nos impide abordar la situación con la seriedad del caso y nos empuja a tomar decisiones irracionales como ir a comprar todo el papel higiénico disponible. Es quizá ingenuo creer que un país puede superar la emergencia por sí solo cuando ahora es absolutamente necesaria la colaboración global. “Es momento de dar un paso hacia atrás y repensar la fragilidad de la vida que hemos estado llevando”, puntualiza. Para Zizek, aun cuando esta pandemia haya sido superada, otras crisis próximas podrían ponernos en una situación similar, para las que, ahora sí, debemos estar preparados.

En el cuarto día de aislamiento social obligatorio, acudo a mi centro de labores como todos los días desde que se anunció el Estado de Emergencia Nacional. El aire se siente mucho más limpio y el cielo, despejado. Como periodista, que, además, labora en la televisión pública, siento el deber de ofrecer a quienes nos miran desde la pantalla información pertinente y confiable que permita al país tener un panorama claro de lo que está pasando. Como yo, son muchos mis compañeros quienes recorren las calles para cubrir la noticia, aunque el miedo, ahora, se haya convertido en nuestro pan de cada día. Usamos mascarillas, nos recogemos el cabello. No nos falta el jabón o el alcohol en gel. En las calles, cuidamos de cada persona u objeto que nos pudiera contaminar, ya que todos tenemos familia de cuyo bienestar somos responsables. A nuestros jefes les causa hasta gracia la fragilidad y temor que dicen sentimos ahora los colegas millenials, a la vez que cuentas sus experiencias dramáticas y hasta amargas en tiempos del cólera, terrorismo o dictadura. Pero así somos. En nuestros grupos de whatsApp, compartimos información, preocupaciones, bromas y memes como una forma implícita de darnos ánimos, liberar tensiones y decir que estamos todos en esta. Quizá la variante 2019 del coronavirus haya despertado, también en nosotros, una nueva forma de compañerismo o camaradería que, hasta hace unas semanas, se limitaban a cervezas y reuniones de fin de semana. Quizá de eso se trate esto, una prueba que nos invita a mutar hacia una vida colectiva donde el individuo se reconozca como parte de un colectivo mayor cuyo fin supremo sea el bienestar de todos en la sociedad. Es eso o seguir viviendo bajo las leyes de selva donde el más fuerte es el que sobrevive a costa de todos los demás, eso o nuestro declive como civilización.

Cintya Malpartida

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

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