Escala de grises: el significado de Lima en las fotografías a blanco y negro

Aún me cuesta creer que el futuro nos ha acercado, cada vez más, a ese terreno insondable que es el pasado. Estamos tan habituados a degustar esas pequeñas porciones del pasado limeño (fotografías, videos, crónicas) que, en verdad, hemos olvidado que hace solo quince o veinte años era verdaderamente imposible pensar que, algún día, cierta nostalgia cotidiana nos identificaría y se integraría a nuestra vida toda: nos hemos alimentado de fotografías, testimonios y videos que nosotros mismos compartimos formando un archivo colectivo cuyo destino es, afortunadamente, la custodia global, masiva del pasado que orbita en la red. A medida que el tiempo avanza, una nueva imagen, un video curioso asalta el mundo virtual, y se incorpora a nuestra memoria ágil, tan familiarizada con Lima y su pasado añorado.

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En realidad, somos los depositarios de ese saber fotográfico del pasado. ¿Qué sucederá, sin embargo, treinta, cincuenta o doscientos años después? ¿Los nostálgicos de Lima continuarán publicando, auscultando, seleccionando y admirando el material gráfico de la Lima de antaño (s. XIX y XX)? ¿O la nostalgia posará sus ojos sobre años más recientes, como los actuales, por ejemplo? ¿Soportará la Lima presente ser el anhelo perdido de los limeños del futuro? ¿O es que la Lima de ahora, la heterogénea Lima de colores y sonoridad, no sería un cuerpo tan atractivo para la nostalgia venidera?

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En su ensayo “En la caverna de Platón”, Susan Sontag sostiene que nuestra época es nostálgica, que “las fotografías promueven la nostalgia activamente. La fotografía es un arte elegíaco, un arte crepuscular. Casi todo lo que se fotografía, por ese mero hecho, está impregnado de patetismo. Algo feo o grotesco puede ser conmovedor porque la atención del fotógrafo lo ha dignificado. Algo bello puede ser objeto de sentimientos tristes porque ha envejecido o decaído o ya no existe.” Aunque Sontag escribió este texto hace más de cuarenta años, sus afirmaciones no pierden fuerza: las imágenes de la Lima antigua no solo son medios de conocimiento, sino potentes motores de nostalgia colectiva. Motores que nos infunden tristeza, respeto, cercanía, amor, orgullo, melancolía y admiración por una ciudad (o una parte de esta ciudad) que no conocimos y que, poco a poco, se va derrumbando a pedazos.

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El siglo XXI nos ha devuelto la posibilidad de tocar, respirar, sentir de muy cerca el pasado. Y mientras los años avanzan, el exceso de pasado continúa modelando nuestra vida. Sean videos o imágenes en las redes sociales, el pasado limeño se ha convertido en una fantasmagoría que muchos admiran y que, sin desearlo, es en realidad la Lima deseada, la Lima añorada, una Lima a blanco y negro que es opuesta a nuestra Lima actual, explotada de colores, de ruido, de gentes y conflictos que, como ríos, se han vertido en nuestra imaginación y conforman la identidad diversa de la ciudad. Pero esa no es la Lima buscada. Los miles de nostálgicos de Lima han dibujado en nuestra fantasía una Lima de claroscuro, una Lima de la tapada, de las acequias y las murallas, del camino a la Magdalena, el tranvía y Valdelomar, una Lima de los 50 y Varguitas saliendo de la puerta de La Crónica, sin amor. Pero es cierto que esa Lima de papel y carboncillo, esa Lima en sepia, está encerrada en blanco y negro. No es la Lima de colores que vemos y olemos hoy en día. ¿Con qué Lima soñamos entonces? ¿La primera o la segunda? Cada uno tiene su propia respuesta. Algunos elegirán la fantasía, otros la realidad. Ambos caminos son aceptables.

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Sebastián Salazar Bondy ya había denunciado ese amor pasatista: Lima y su ayer virreinal, del diecinueve, que se colaba entre el oxígeno gris de sus habitantes. Ese amor ha terminado, por supuesto. Pero algunos rezagos de cariño han regresado. ¿Dónde? En las fotografías. La pregunta es por qué. Quizá ya era tiempo de regresar a la ensoñación y la nostalgia. Quizá, aunque la idiosincracia del limeño haya variado en apariencia, exista todavía un deseo de volver a esa fantasía de ciudad de jardín que, a decir verdad, solo era un jardín que ocultaba miserias tras sus murallas: la ciudad espejo que solo se miraba a ella misma.

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Las fotografías, que en sí mismas no explican nada, son inagotables invitaciones a la deducción, la especulación y la fantasía. (Susan Sontag)

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La democratización del saber (internet) que ha definido el carácter de las últimas décadas trae consigo, por cierto, un dato curioso sobre nuestro amor por Lima. Podríamos decir que nuestra nostalgia es heredada. En la primera mitad del siglo XX, y sobre todo en las décadas de 1930 y cuarenta y los cincuenta, revistas culturales como Turismo, Cultura Peruana y Fanal, y en menor medida los periódicos de la época (El Comercio, La Crónica, La Prensa), eran los nostálgicos más entusiastas del país. Basta revisar esas publicaciones y encontrar el amor imponente, devoto, leal que la sociedad demostraba por la Lima virreinal y republicana. Por su arquitectura, sus costumbres y calles de antaño. Luego se acabaron las ensoñaciones. Llegaron momentos duros, que obligaron a todos a mudar de actitud: el gobierno militar, el terrorismo y la dictadura de los noventa. Una vez el río ha calmado, miles de limeños se han volcado nuevamente hacia el pasado de su ciudad. La nostalgia no se había perdido, solo fue olvidada oportunamente.

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Quisiera anotar que esta no es una reflexión sobre la tarea y los objetivos de aquellos hombres que, en su momento, fotografiaron Lima (o fragmentos de nuestra Lima). Tampoco una disquisición sobre lo que debemos hacer con esas imágenes, pues creo que ya se está haciendo mucho, y qué mejor. Esto es solo un apunte sobre el valor que adquieren, en nuestra relación con Lima, las fotografías en blanco y negro.

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Debemos reconocer que el gris de nuestro cielo se ha movido al terreno (gris también) de la fotografía. Así, cielo y retrato guardan, ambos por igual, la misma apariencia. Parece que esta ciudad nos ha engañado y, a como dé lugar, se ha ido encargando de imprimir, de a pocos, los rasgos de su identidad en nuestra memoria: un cielo gris y una escala de grises que, ambos, terminan siendo Lima para nosotros.

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La Lima fotografiada es una Lima antigua que escuchamos y sentimos solamente en dos colores. Quizá por eso el pintor y poeta José María Eguren confesó su deseo de dar color a los gallinazos de la ciudad. En su libro Huellas humanas (1954), Ernesto More recuerda que alguna vez Eguren dijo: “Yo quisiera ser Alcalde sólo para pintar a los gallinazos de diferentes colores. ¡Uno rojo, otro azul..!” Eguren tal vez pensaba en el “cielo sin cielo” de Lima, en su panza de burro que destruía (y destruye) los ánimos de algunos, y por eso imaginó servir a la ciudad con un poco de color y poesía. Si en lugar del blanco y negro hubiera más color, ¿podríamos decir que la mirada –nuestra mirada– sería diferente? Cualquier respuesta es bienvenida.

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¿Cómo sería una historia diferente? Imaginar una Lima ya no anhelada por sus grises, sino por sus colores cálidos, intensos, enfrentados en ellos mismos. Acuarelas de Pancho Fierro. O calles de Humareda. O Teófilo Castillo. Pero esa sería, por supuesto, una historia diferente, una ilusión.  

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Y esa Lima añorada, la Lima de grises que todos los días vemos en las redes y el celular, es y será siempre el único personaje notable de esta historia. La Lima antigua es la estrella. No así la Lima actual. Hoy admiramos y reverenciamos la primera. La segunda es solo nuestro fortuito hogar, y nada más. Cincuenta años más tarde, la admiración será arrojada, como ahora, sobre la Lima que es y será siempre antigua. Pero a la Lima actual (y a su sucesora, y a la que viene) se la olvidará fácilmente: ¿para qué codiciar lo que ya tenemos, lo que vivimos sin descanso todos los días, si ya es simplemente nuestro? Si recordamos que Google Earth se ha encargado ya de devorar todas las ciudades y calles del mundo en sus fotografías, ¿por qué en el futuro sería necesario recordar la Lima de nuestros días? La nostalgia sobreviene solamente con la pérdida. Y en eso los limeños somos muy entendidos.  

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El amor al gris de Lima ha impulsado, también, otros amores y pasiones de naturaleza imitable. En los últimos años, se han gestado grupos, conversatorios, conferencias, libros, visitas, exposiciones y paseos relacionados con la ciudad, su identidad y su historia. Gracias a las redes sociales y la posibilidad de compartir información, decenas de miles de personas (creo que no es una exageración) se han interesado por la ciudad desde distintos enfoques y disciplinas: la historia de Lima; la arquitectura del centro histórico; la defensa de zonas urbanas como los Barrios Altos, Santa Beatriz y Barranco; el reconocimiento de la ciudad como personaje en la literatura; el cuidado y conservación de las pocas huacas que aún se mantienen en pie tras la hostilidad de la ciudad y sus habitantes de antaño; el interés por las antiguas haciendas de Lima norte; y un largo etcétera. Ojalá esta seducción que Lima ejerce en algunos se intensifique, y lleguemos a los 500 años de historia con una ciudad que, además de interesarse por sí misma, se piense y se juzgue con frecuencia.

Zandor Emerson Zarria

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

Susan Sontag (1933-2004) Ensayista, novelista y activista política norteamericana. Es principalmente conocida por sus ensayos y reflexiones sobre política, ética, literatura, fotografía y cultura contemporánea.

Abraham Valdelomar (1888-1919) Artista, narrador, poeta, dramaturgo y periodista peruano. Es considerado uno de los precursores de la renovación literaria en el Perú  a inicios del siglo XX. Notable poeta y narrador, impulsó también la discusión y promoción de nuevos valores literarios (Eguren, por ejemplo) gracias a su revista Colónida (1916).

Varguitas Apelativo de Mario Vargas Llosa (1936), destacado narrador y ensayista peruano. Gracias a su extensa y notable obra novelística, obtuvo el Premio Nobel de Literatura 2010.

Sebastián Salazar Bondy (1924-1965) Escritor, periodista y animador cultural peruano. Cultivó la narración, la dramaturgia, la poesía y el ensayo. Su figura, relevante para la cultura y literatura del Perú, ha sido revalorada en los últimos años. En el presente ensayo, se le nombra debido a sus ideas plasmadas en el libro Lima la horrible (1964).

José María Eguren (1874-1942) Poeta, ensayista, fotógrafo y pintor peruano. Se le considera como el primer poeta simbolista peruano y, por tanto, como el iniciador de la poesía moderna en su país.

La Crónica (1912-1990) Diario peruano de considerable importancia para la vida política nacional. Estuvo bajo el poder de la familia Prado alrededor de cuatro décadas.

El Comercio Importante diario de circulación nacional fundado en 1839. Es considerado uno de los más antiguos e importantes medios de comunicación del Perú, donde su presencia ha desempeñado un rol protagonista en la vida política y social del siglo XX.

La Prensa (1903-1984) Diario peruano de considerable relevancia en la historia del país. Gracias a uno de sus directores más destacados (Pedro Beltrán), el diario renovó la actividad periodística del Perú en la década de 1950.

Turismo, Cultura Peruana, Fanal Revistas culturales publicadas en Lima entre las décadas de 1930 y 1960. En varios casos, se trató de publicaciones que aunaban la producción cultural y la reproducción de las costumbres e ideologías de las clases dominantes.

Ernesto More Barrionuevo (1897-1980) Escritor, poeta, periodista y político peruano. Fue hermano del también escritor Federico More.

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