Nikkei limeña

Mi primer apellido (impronunciable para algunos trabajadores de call center) siempre ha suscitado una serie de preguntas (algunas muy extrañas y graciosas) que he podido ir respondiendo y respondiéndome con mayor solvencia conforme iba creciendo y conociendo. ¿Eres de China? ¿Por qué tienes ese apellido si eres peruana? ¿De dónde son tus papás? ¿Eres japonesa o peruana? ¿Sabes algo de animes? ¿Hablas japonés? ¿Cómo se dice «hola, chino»?

Lo cierto es que soy una nikkei limeña de tercera generación. Sin embargo, esta respuesta, fuera de clausurar la ronda de preguntas, solamente la avivaba. Cuando llego a ese punto, no puedo evitar recordar un testimonio de José Watanabe en el que cuenta cómo, a manera de broma, sus amigos lo responsabilizan por las averías de sus electrodomésticos japoneses y lo felicitan por las películas de Kurosawa. Claramente, muchos de quienes nos miran (a los nikkei peruanos) terminan identificándonos más con el país del sol naciente que con el Perú. Sin embargo, nosotros estamos más compenetrados con la nacionalidad peruana de lo que algunos creerían. De hecho, mis ancestros y muchos otros japoneses en Lima contribuyeron a perfilar la actual versión de nuestra capital.

Shiro Nakagawa. Década de 1950

A principios de siglo XX, Perú recibió a un gran contingente de campesinos japoneses que escapaban de la pobreza de su país en vías de industrialización. Los hombres venían con contrato de trabajo y las mujeres venían «llamadas» por sus futuros esposos. Mi bisabuelo Shiro Nakagawa llegó a Perú en el barco Anyu Maru en 1918 y años después contrajo nupcias con la bisabuela Asano Sawa. Mi otro bisabuelo, Kotaro Sakata, captado por la empresa contratista Morioka, llegó al país a bordo de la embarcación Duke of Five en 1903 y se asentó en Mala. Algunos años después, llegó mi bisabuela Saku Watanabe y formaron una familia. Según investigaciones de la doctora Mary Fukumoto, 1174 migrantes acompañaron al bisabuelo Kotaro en aquel barco. Ciertamente, el viaje fue complicado, pero aquello solo sería el comienzo de una serie de dificultades que enfrentarían. Ya en 1899, Clemente Palma escribía, en el diario El Comercio, lo siguiente: «Para unos hombres, los menos, la corriente cenagosa que nos viene del Asia significa el futuro bienestar del país […]; pero otros, los más, los que no somos comerciantes […] vemos en la inmigración japonesa un crimen sociológico realizado […] por industriales que imprevisores e ignorantes de las leyes biológicas que, fatalmente, rigen la evolución de los pueblos […].»

Saku Watanabe. Década de 1930

Este grupo de inmigrantes enfrentaron la xenofobia y el racismo de unos ciudadanos que veían con desconfianza su arribo y su rápido progreso. Es que no pasó mucho tiempo para que los japoneses empezaran a mejorar su estatus económico gracias al trabajo colaborativo y al apoyo mutuo en la forma del tanomoshi (un sistema de préstamo). Muchos de los que se quedaron en las chacras se volvieron yanaconas, como la familia Sakata Watanabe [Kotaro, Saku, Elena (Fujie), Juan (Yukio), Fernando (Yukinori) y Yukito]. Los que se establecieron en la capital abrieron negocios. Este fue el caso de los Nakagawa Sawa, quienes llegaron, incluso, a contar con un teléfono en su local cuando este artefacto era un lujo de personas muy adineradas. Mi abuela contaba con mucho orgullo el motivo de esta privilegiada adquisición: ellos lavaban la ropa del presidente y, para su comodidad, este les había mandado a poner el teléfono.

Pasaporte de Shiro Nakagawa, natural de Mie Ken. Año 1918. En el documento se muestra la edad que tenía al salir e Japón con dirección al Perú: 24 años.

Los emprendimientos iban prosperando y, al poco tiempo, ya se habían creado gremios de negocios japoneses. Un caso emblemático es el de la Asociación de Peluqueros, fundada en 1907. Diecisiete años después de este acontecimiento, se registra que, de 171 peluquerías de Lima, 130 pertenecían a una familia japonesa. Con el pasar de los años, ciertos negocios se fueron identificando con los japoneses: bodegas, bazares, restaurantes, carpinterías. El caso de las peluquerías es un buen ejemplo de ello. Raúl Porras Barrenechea sentencia que «no hay nada más limeño que cortarse el pelo en una peluquería japonesa». La comunidad migrante japonesa se encontraba tan fortalecida que, al igual que otros grupos migrantes, decide participar de las celebraciones por el Centenario de la Independencia del Perú y por el 400.° aniversario de Lima, así que, para el primero, obsequian un monumento a Manco Cápac (hijo del dios Sol, al igual que los japoneses, los hijos del sol naciente) y, para el segundo, entregaron la piscina Nippon. Actualmente, esta piscina ya no existe y, en su lugar, podemos encontrar el Estadio Nacional de Lima. Por el contrario, la escultura del inca aún puede ser visitada en el distrito de La Victoria.

Asano Sawa junto a Shiro Nakagawa. Década de 1930

Al parecer, los años más difíciles se encontraban superados. Sin embargo, todavía estaban por venir épocas muy duras. Eran los cuarenta y la Segunda Guerra Mundial se estaba librando a miles de kilómetros de Perú. La familia Sakata Nakagawa, al igual que muchas otras familias de padres japoneses, se fragmentó: el Gobierno peruano, coligado con los aliados, empezó a capturarlos para llevarlos como prisioneros de guerra a campos de concentración en Estados Unidos. Algunos de sus terrenos fueron confiscados y se vieron forzados a esconder lo poco que les quedó por miedo a que se lo llevaran todo. Recuerdo que se contaba en casa que mis bisabuelos habían enterrado en la chacra un jarrón lleno de joyas de oro y otros objetos de valor creyendo que, cuando todo acabara y ellos volvieran a Perú, podrían tener con qué vivir un tiempo hasta que se restablecieran. De pequeña, imaginaba el jarrón y también el mapa del tesoro mientras papá rememoraba, a manera de sentido parafraseo, las palabras de su abuelo camino al barco que lo transportaría a Texas: «No tienen por qué llorar. Japón ganará la guerra y nos dará el doble de lo que nos han quitado». Lo cierto es que, como todos sabemos, Japón fue vencido y, con esa derrota, se fueron las esperanzas de recuperar siquiera una parte de lo perdido. Durante ese tiempo, los que permanecieron en Perú soportaron el acoso. Los japoneses y sus descendientes eran los enemigos y cualquiera de sus actividades generaba suspicacia. Muchos colegios cerraron, las propiedades fueron confiscadas y el ejercicio de diversas asociaciones fue congelado. El actual colegio Teresa González de Fanning ocupa el terreno que le perteneció al primer colegio japonés en Lima: Lima Nikko, antes de la expropiación.

Saku Watanabe junto a su hijo Yukinori Sakata (mi abuelo) y amigos. Década de 1930

Recuerdo con verdadero arrobo que tía Fujie, aún en el campo de concentración, a través de una carta cuyo reverso luce la frase «enemy mail examined», le expresa a su hermano lo mucho que extraña Lima. Terminada la guerra, los Sakata prisioneros (Kotaro, Saku, Fujie y Yukito) se trasladaron a la ciudad natal de los padres: Kumamoto. En otra carta, escrita ya desde Japón, la única hija de los Sakata Watanabe cuenta con entusiasmo cómo se había enterado de que ya se estaba permitiendo que los peruanos hijos de japoneses volvieran a su país. Sin embargo, a pesar del profundo deseo de volver, nadie lo hizo. Las cartas de tía Fujie muestran el desencanto que vivió al pisar Kumamoto, probablemente un lugar muy diferente del que había escuchado hablar a sus padres. Quizá le pasaba lo que a la obachan Miyagi del cuento «Okinawa existe» de Augusto Higa. La anciana se reunía todos los días con una amiga en su casa del Centro de Lima para rememorar los borrosos y lejanos recuerdos de infancia en Okinawa, Japón. Cuando un automóvil la atropella, el narrador le dice al lector que, con ella, ha muerto Okinawa. Y es que la tierra de los padres es un lugar idealizado que ya no existe físicamente, sino solamente en la imaginación que los relatos familiares han construido. Los hijos de aquellos migrantes han nacido en Perú y se identifican con el clima, los sabores y los sonidos de su ciudad.

Mi abuelo Fernando (Yukinori) y su hermano Juan (Yukio), quienes no fueron capturados, se quedaron separados definitivamente del resto de su familia. Fernando se instaló en el Centro de Lima, y formó un negocio y una nueva familia. Abrió un taller mecánico en el jirón  Leticia, a la espalda de la lavandería de la familia Nakagawa en jirón Inambari, y se casó con María Angélica (Shizuko) Nakagawa, una limeña del Centro. Mi abuelo y mi abuela, como buenos nisei (hijos de japoneses), eran personas muy metódicas y ordenadas, un poco parcas, pero, por sobre todo, eran trabajadoras. Felizmente, sus negocios prosperaron, al igual que muchos otros de familias japonesas, los cuales se repartían por toda la ciudad. Aún recuerdo a mi abuela identificando a las familias por sus negocios: «¡Ah, tú apellidas Tokeshi. Seguro eres familia de los relojeros de jirón Cañete». Cada apellido remitía a un comercio y a una dirección en Lima. Incluso, hoy podemos encontrar algunos negocios sobrevivientes. Camino por jirón de la Unión y veo la joyería Kurinaga y el bazar Arakawa; también, el restaurante Tsukayama en el Mercado Central, y no puedo dejar de preguntarme por las historias que se rememoran tras esos antiguos mostradores. Para mí, caminar por Lima es reconstruir la historia de la inmigración japonesa y, con ella, mi historia familiar. Antes solía caminar por la avenida Colmena hasta el Parque Universitario y, luego, pasar por jirón Leticia o jirón Inambari para imaginar a la familia que no conocí. Cuando piso la avenida Abancay y veo la congestión vehicular, recuerdo las historias de mi padre, de cómo, allá por los cincuenta, podía jugar fútbol en esas mismas pistas que hoy se cruzan con gran dificultad. Papá cuenta que antes no pasaban muchos carros por ahí y que eso la volvía la cancha predilecta para ocupar a la salida del colegio, una gran unidad escolar que albergaba niños con apellidos españoles, italianos, quechuas, japoneses y chinos, probablemente nietos de migrantes igual que él.

Los japoneses y sus descendientes peruanos han colaborado con la transformación de Lima. ¿Acaso se puede concebir una carta limeña sin el pulpo al olivo? ¿Podríamos pensar en La Victoria sin su plaza Manco Cápac? ¿Imaginamos nuestra ciudad sin una refrescante raspadilla bajo el sol de verano? ¿Qué es más limeño que la yapa del casero? ¿Qué limeño no se ha comido unas yuquitas fritas con su sopa de rachi o udón en el Mercado Central? ¿Se le puede llamar peña criolla a aquella que no cuente en su repertorio con la composición «Mal paso» o «Sacachispas»? ¿Quién duda de que la gastronomía nikkei es componente importante de la cocina peruana? Creo que una sentencia del poeta Watanabe cae como anillo al dedo aquí: «Más allá de la raza, los nisseis (ahora nikkei) estamos incluidos en las contradicciones de una nacionalidad peruana que aún está en formación». Para mí, Japón estaba en la comida que preparaba mi abuela, en las frases hechas que expresan saberes cotidianos que ella se empeñaba en enseñarme, en los cánticos budistas que cantaba mientras dejaba incienso en el butsudan (altar budista). Sin embargo, soy consciente de que esos sabores tenían ingredientes peruanos, que las frases me las traducía al español y que nuestro butsudan estaba lleno de estampitas de santos locales.  

Yuri y Víctor Sakata (bisnietos de Saku, Kotaro, Asano y Shiro) en casa de Chorrillos, Santa Leonor, 1998

Los descendientes de aquellos pioneros y pioneras somos peruanos. Parafraseando al narrador urbano Augusto Higa: ni mitad peruanos ni mitad japoneses, sino peruanos que no reniegan de sus raíces japonesas. Finalmente, yo lo veo así: los nikkei somos los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de los aventureros llenos de coraje que se atrevieron a explorar lo desconocido para brindarle una vida más digna a sus seres queridos. Entonces, pienso que  los nikkei no descendemos de un país asiático. Los nikkei descendemos de un barco.

*La principales fuentes de consulta para este ensayo fueron el libro Hacia un nuevo sol de Mary Fukumoto y el Museo de la Inmigración Japonesa al Perú “Carlos Chiyoteru Hiraoka”.

Yuri Sakata

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

Clemente Palma (Lima, 1872) Hijo del reconocido escritor Ricardo Palma, fue periodista y escritor peruano. Fue director de la revista Variedades y se graduó en Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con la tesis El porvenir de las razas en el Perú.

El Comercio Este diario fue fundado en el año 1839, lo cual lo convierte en el diario más antiguo del Perú. Sus primeros dueños fueron Manuel Arrunátegui y Alejandro Villeta. A partir de 1875, pasa a ser propiedad de la familia Miró Quesada, situación que se mantiene hasta la actualidad.

Piscina Nippon Fue donada por la Sociedad Central Japonesa al Estado peruano al conmemorarse 400 años de la independencia del Perú. Se construyó en 1936 y fue la primera piscina olímpica del país. Ocupó parte del terreno del Estadio Nacional de Lima durante 15 años.

Colegio Teresa González de Fanning Lleva el nombre de una representativa escritora, educadora y precursora del feminismo en el Perú. Esta gran unidad escolar fue fundada en 1952, 10 años después de que se llevara a cabo la expropiación del terreno que pertenecía a la escuela Lima Nikko. 

Escuela Lima Nikko Fue fundada en 1920 y llegó a congregar a 1800 alumnos y más de 50 docentes. Esta entidad estaba reconocida por el Ministerio de Educación del Japón, y sus clases eran dictadas en español y japonés. En palabras de la investigadora Mary Fukumoto, este colegio «constituyó, sin lugar a dudas, el más importante centro de instrucción para descendientes japoneses no solo en Perú sino en el mundo entero» (Fukumoto, 1997: 211). 

Mercado Central Se ubica en el Cercado de Lima, muy cerca del barrio chino. Se terminó de construir en 1854 y, desde entonces, se convirtió en un importante centro de comercio. Muchos inmigrantes japoneses vendieron sus productos allí, ya sea en puestos o de manera ambulatoria. 

Parque Universitario. Se encuentra en la avenida Nicolás de Piérola, más conocida como La Colmena. Su construcción se llevó a cabo en los años veinte. Allí se ubica una sede antigua de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), la cual fue muy frecuentada por los nisei del grupo Generación del 64, fundado en 1960 por estudiantes nikkei de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNMSM, a quienes luego se unieron alumnos de otras universidades.

Avenida Abancay. Es una de las más importantes y congestionadas de la capital. Atraviesa el centro de Lima hasta el río Rímac hacia el norte y hasta la avenida Grau hacia el sur. Por la avenida Manco Cápac, con la cual forma una línea recta, se conecta con el distrito de La Victoria. Sobre ella, se encuentran importantes edificios públicos como el local del Congreso de la República, la Corte Suprema de Justicia (ex Ministerio de Educación), el Poder Judicial y la Biblioteca Nacional del Perú. Anteriormente, allí se podía encontrar más oficinas y sedes de instituciones estatales. En la actualidad, predominan diversos tipos de locales como restaurantes, almacenes y depósitos. Esta zona albergó a muchas familias de inmigrantes japoneses.

Rachi. Es una palabra de origen quechua para denominar al libro, una parte del estómago de la vaca. Este ingrediente se consume en sopa, frito o a la parrilla. Los platos elaborados a base de este producto son muy populares y de precios muy accesibles. El restaurante Tsukayama ofrece este platillo acompañado con yucas fritas. Además, se ofrece mochi, dulces japoneses elaborados a base de arroz.

La sopa udon. Es un platillo japonés que emplea en su preparación fideos de tipo udon: elaborados a base de harina de trigo y de contextura gruesa. El caldo contiene pollo, chancho, salsa de soya, entre otros ingredientes. Es un plato muy popular de la culinaria japonesa y el restaurante Tsukayama lo vende acompañado de yucas fritas.

José Watanabe (Trujillo, 1945-Lima, 2007). Es uno de los poetas contemporáneos más reconocidos del Perú. Además de la poesía, incursionó en la elaboración de letras musicales, la escritura de guiones, la creación de cuentos infantiles, entre otras actividades artísticas. Su padre fue un inmigrante japonés llamado Harumi Watanabe Kawano, quien escribía haikus (un tipo de poesía japonesa). En el año 1999, junto a Amelia Morimoto y Óscar Chambi, publica La memoria del ojo: Cien años de presencia japonesa en el Perú. Este autor cuenta con un artículo muy interesante sobre la identidad nikkei en el libro Los imperios del sol. Una historia de japoneses en el Perú de Guillermo Thorndike, publicado por la editorial Brasa en el año de 1996.


Augusto Higa (Lima, 1946). Es un narrador limeño considerado parte de la generación del 70. Se sabe que integró el Grupo Narración por un breve lapso. Es conocido por su narrativa de corte urbano y por su más reciente producción, que incluye personajes japoneses y de ascendencia japonesa, a través de los cuales plantea los conflictos de identidad de un sector de esta comunidad. Algunos de sus libros más conocidos son Que te coma el tigre (1978), Final del Porvenir (1992), Japón no da dos oportunidades (1994), La iluminación de Katzuo Nakamatsu (2008), Okinawa existe (2013) y Gaijin (2014). Formó parte de la revista peruana Puente, dirigida por los hermanos Tamashiro, la cual constituyó un espacio importante para la reflexión sobre la identidad del descendiente de japoneses.

3 comentarios sobre “Nikkei limeña

  1. Muy interesante su articulo , muy orgullosa de ser mestiza. 50% japonesa. Mi herencia viene de Yamaguchi y/o Hiroshima. Lamentablemente mi vida siempre fue un misterio. Me apellido Silva y Lopez por mi parte materna que se by un mi ADN. Viene mi herencia japonesa. Yo pensaba que era china, no era asi. Yo ahora tengo casi 71 anos naci el 13 de Marzo de 1949 en Bellavista Callao.Si hay alguien que tenga informe de mi existencia japonesa se lo agradeceria en grande.

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