Dos navidades

En dos barrios de Lima, la Navidad es ese momento en que sus habitantes no solo arreglan sus casas, sino el momento en que también se apropian del espacio público para llenarlo de adornos y figuras luminosas, de manera que resultan ineludibles para los ojos de todos los que circulan por ambos rincones. Hay marañas de pequeñas lámparas que invaden los árboles, mientras que criaturas y personajes de luz proliferan a cada paso que se dé.

Compartiremos con ustedes un ensayo visual preparado por Javier Arnao Pastor y Cintya Malpartida, a propósito de las celebraciones de finales de año, que hurgará en el sentido oculto detrás de esta afición colectiva. ¿Cuáles son las concepciones de Navidad que revelan ambos lugares? ¿Cuánto los separa y cuánto comparten?


Primera parada: parque Cáceres, El Arenal, San Juan de Miraflores (por Cintya Malpartida)

Siempre pensé en los cerros de Lima como árboles de navidad, vestidos por luces que alumbran ilusiones de quienes habitan una sobrecogedora ciudad donde casi nada es certero. Fue esa mirada la que nos empujó hasta San Juan de Miraflores, como primer punto de un recorrido que buscaba aproximarse a las distintas navidades que se viven en la ciudad de los contrastes. Las pampas de este distrito fueron de las primeras en acoger a poblaciones migrantes que, a partir de los años cincuenta, tomaron como suya la capital. En sus arenales, crecieron poetas como Domingo de Ramos y Roxana Crisólogo. Hasta acá llegó Hora Zero en su intento democratizador de una poesía cuya característica transgresora coincidió con el espíritu desafiante de los nuevos vecinos limeños.  

Llegamos en uno de los transportes más modernos de la ciudad: el tren eléctrico. El impulso andariego sugirió que la estación San Juan era propicia para el aterrizaje. La luz que todavía iluminaba la tarde nos ofreció explorar el lugar, que, aún desconocido, resultaba familiar. Casas modernas y algunas con cierto estilo sesentero. Criaturas de las calles alimentadas por todos. Vendedores que ofrecen aguas frescas a un sol. Avenidas bulliciosas como en todas partes. Estamos en Lima Sur, donde -decía Matos Mar- sus primeros habitantes lo invadieron todo para luego hacerlo legítimamente suyo.

A poco de iniciado el recorrido, dimos con un espacio que gritaba esfuerzo colectivo y vida en comunidad. Su nombre: parque Cáceres. La tranquilidad de quienes sentados veían pasar la tarde, me llevó de inmediato al sosiego de las plazas de pueblos como el mío, en Cajamarca. Resulta un tanto maravilloso que, en algún rincón de una ciudad tan ajetreada como Lima, sus habitantes todavía disfruten de la presencia de los otros, con cierto nivel de camaradería.

Ahí, fuimos recibidos por el ímpetu de unos niños que ensayaban alguna coreografía. Junto a ellos, estaba su perrito Chocolate, experto en reventar pelotas. La maestra del baile es una vecina nueva. Vino hace dos años de Ferreñafe, Chiclayo, al norte del Perú, y a pesar de no vivir aquí (viene de un barrio aledaño a El Arenal), de inmediato estableció vínculos con los vecinos de El Arenal. Dice sentirse feliz de contribuir con las actividades colectivas del barrio, que realiza de forma absolutamente voluntaria, por cierto. Acá, organizar una chocolatada, preparar números artísticos o montar un nacimiento no son eventos extraordinarios, sino pequeñas actividades que forman parte de una organización mucho más compleja que define la identidad del lugar: el barrio, esa patria chica.

Carteles con nombres colgados en los arbustos llaman nuestra atención, más aún por la brillante decoración con papeles, esferas y guirnaldas navideñas que atiborran cada espacio del parque. Marañas de cables que prometen iluminarlo todo esperan a que den las siete campanadas. Muñecos pequeños que nadie toma como suyos cuelgan de las ramas. En uno de los letreros leemos “familia venezolana”. Solo eso. Mientras los demás arbustos responden a nombres de personas o clanes familiares, este anuncia la nacionalidad, incluso antes que los seres en sí.

Miss Karina, quien muestra los pasos de baile que los pequeños debe seguir, nos explica que cada familia adopta un árbol para decorarlo a su antojo. Desde la quincena de noviembre, ellos alistan lo que será esta puesta en escena por el nacimiento del niño Dios, que se realiza el domingo previa a la Noche Buena. El comité del parque convoca a los vecinos interesados y facilita parte de los insumos que han ido acopiando con los años, como los cables y enchufes donde cada padrino conectará sus lucecitas. He ahí la razón de los motivos variopintos que son determinados por representaciones individuales y lo que el bolsillo dé. Una estética disgregada que sostiene su unidad en la voluntad de la gente y su entusiasmo por compartir.

Miss Karina cae en cuenta de que son casi las siete de la noche y ya oscureció. Alarmada, se pregunta por qué nadie ha encendido las luces que cuelgan en todo el parque. “Bueno, esta vez lo haré yo”, dice antes de correr para levantar una llave al interior de la capilla de la Virgen de Chapi. “Estén moscas para la foto”, nos reitera cuando, en un pestañeo, la noche se ilumina de todos los colores posibles. Horror al vacío. Un intento de melodía es reproducido decenas de veces en un mismo instante, pero nunca sincronizado. El ruido que retumba y lo aplasta todo pronto es opacado por la fosforescencia. “Miente la nube / la luz miente / los ojos / los engañados de siempre / no se cansan de tanta fábula”, dice Blanca Varela. Tampoco sonaba tan mal, creo.

No es casualidad que los esfuerzos aquí apunten hacia el espacio público y no tanto a la propiedad privada. Si bien algunas casas muestran decorado navideño en sus fachadas, el interés principal de los vecinos es su parque. Queremos saber por qué y Miss Karina nos contacta con quienes lideran la iniciativa. “Nosotras hemos nacido acá. Nuestros padres fueron fundadores y los primeros en luchar”, dicen las señoras Ruth y Jacqueline, dirigentes del comité del parque. Lo que se hereda no se hurta, reza el refrán. Quizá por eso, ellas y otros vecinos continúan la práctica iniciada por sus progenitores, quienes trabajaron lo que alguna vez fue un arenal y lo convirtieron en un espacio público digno. El secreto: la organización y unidad. “Todo es vecinal, ya quisiéramos tener el apoyo de la municipalidad o alguna institución”, remarca otro residente del lugar. Nos cuentan que las donaciones llegan, incluso, de exvecinos que ahora viven en el extranjero, pero cuyo sentido de pertenencia al barrio continúa intacto. “Este parque es el más concurrido de la zona, y nosotros queremos que todos los que lleguen disfruten con lo que preparamos. Sobre todo, los niños y las familias, porque de ellos es la Navidad”, aclaran.

En el parque Cáceres, no hay rejas, muros, barandas o cualquier otro obstáculo que impida el uso a discreción de las áreas verdes. Los niños corren por los jardines mientras las mamás conversan en las bancas alrededor de un patio que se asemeja a una plazuela. Una enorme palmera cuya copa no alcanzamos a ver proclama ser el primer árbol en habitar el lugar. Otros chicos se divierten en los juegos destinados estrictamente a ellos, según se lee en los únicos carteles con restricciones que pudimos encontrar. En los postes de luz, cámaras de seguridad lo registran todo, porque, dice otro refrán, más vale ser precavidos que lamentar. También, hay megáfonos que, según los vecinos, son utilizados para invitar a retirarse a quienes osen alterar la tranquilidad que tanto cuesta mantener. “¿Y esta zona es movida?”, preguntamos de manera sutil, solo para conocer que esta organización comunal también permitió rescatar el parque que en algún momento estuvo tomado por delincuentes y gente con malas costumbres. “Ahora, con tantos vecinos acá, con tanta iluminación y movimiento, los choros se paltean y se van”, nos dice otra vecina que llega a tomar el aire de la noche. Por supuesto, desconocidos como nosotros serán mirados con recelo hasta tener la certeza de sus intenciones meramente recreativas.

Son más de las ocho de la noche y nuestro recorrido debe continuar. Antes de irnos, Ruth y Jacqueline nos señalan un detalle que ahora también es parte de la identidad del parque Cáceres. “Esta es la segunda Navidad que compartiremos con varios niños y familias venezolanas”, nos dicen mientras señalan una rotonda decorada exclusivamente por los vecinos extranjeros. Esto nos recuerda que entre los primeros niños que vimos preparando su show había algunos que migraron desde el llano. “Desde que se enteraron de las actividades que preparamos en el barrio, ellos buscaron ser parte y colaborar. Y acá están ahora, pasando la Navidad con nosotros”, cuentan con auténtica sinceridad. Ellos ahora también son parte del barrio.

Es hora de irnos y para eso volvemos a usar el tren. Desde lo alto de la estación, vemos los cerros que, con las luces de las casas encendidas, ahora sí parecen árboles de navidad. Infinitos, se pierden ante nuestros ojos. Lima vive todo el año con una decoración que marca sus límites en lo alto. Hasta donde se ven las luces, hay ciudad y limeños.

Siguiente parada: Monte Umbroso, Chacarilla del Estanque, Surco (por Javier Arnao Pastor)

Son casi las nueve de la noche. En diez minutos, Cinthya, Selva y yo estamos en Angamos. Cinco minutos más en carro y llegamos a Chacarrilla. Bajamos en la cuadra 13 de Velasco Astete, cruce con Monte Umbroso. En tan solo quince minutos de viaje, el espacio se transforma de manera radical. Parece una calle norteamericana (más que una calle real, quizá, es la imagen que el cine de masas nos ha vendido de una calle estadounidense en plena efervescencia de la Navidad). Lo primero que sorprende es el derroche de luz y ornamentación: venados móviles, papanoeles, nacimientos con siluetas de la sagrada familia, burros y vacas, ángeles con trompetas, coronas de adviento, lazos, botas rojas, muñecos de nieve, estrellas de Belén, decenas de imágenes copando jardines y fachadas, ventanales, árboles y arbustos rebosando de luces.

Empezamos a explorar la zona. Nos topamos con las primeras familias, gente de otras zonas de Lima que llega a hacer turismo urbano. Queremos conversar con algún vecino, pero nadie aparece. Y, en las casas, menos amuralladas que los edificios donde parece no habitar nadie, apenas una que otra camioneta entra por el camino en media luna y se esconde veloz en su garaje. Lo vemos por el lado amable: ante el pánico del extraño que registra sus casas con intereses desconocidos, es mejor ponerse a salvo. Pero también es inevitable sentir cierta hostilidad y evocar, con cierto humor, una escena de Mi pobre angelito. Su mutismo fulminante parece decirnos en tono tragicómico: “Oye, voy a darte hasta la cuenta de 10, para que saques… tu feo,… cobarde… e inútil rostro de mi propiedad,… antes de que te llene los intestinos de plomo. Uno, dos, … ¡¡¡diez!!! Feliz Navidad… Y próspero Año Nuevo”.

Seguimos avanzando a lo largo de las siete cuadras de departamentos atiborradas de adornos. Algunos de los edificios nuevos tienen las ventanas pavonadas y, además, cortinas, cápsulas aisladas del entorno. ¿Cómo pueden disfrutar de su propio paisaje decorado? Tal vez, todo este esfuerzo estético es solo un ritual dirigido hacia los otros, los foráneos, los que viajan hasta aquí en autos desde diversas zonas de la ciudad para formar largas filas, parejas de novios, amigos, familias enteras que bajan de sus autos o taxis, y hasta servicios turísticos, para posar frente a un trozo de Norteamérica, retratarse y subir la foto en sus redes sociales. En un día pico, se dicen que llegan entre 500 y 1000 visitantes. 

¿Para quién se adorna así toda una calle? Existen lugares para ser habitados, para apropiarse de ellos; otros, para atrincherarse, para ser exhibidos y admirados, paisajes urbanos de postal por los que se puede caminar como contemplando escaparates. Al parecer, la exhibición del espacio es más importante que su uso. Recorrer esta zona (que no podríamos llamar barrio, pues la actividad en las calles y esquinas es nula) es casi como ir de compras: las casas y edificios se miran como a un centro comercial, las calles se convierten en pasillos de tiendas y las fachadas, en escaparates donde uno se atraganta la mirada de imágenes, luces, adornos, el ejercicio imaginario de extender mentalmente las dimensiones de la casa propia, embellecerla, encarecerla. Pase y disfrute, al menos hasta que sea gratis. 

¿Pero quién asume el trabajo de adornar todo esto? Un joven vigilante (vecino de otro distrito sureño, Villa El Salvador) nos comenta que la decoración externa está a cargo de técnicos, conserjes, vigilantes, y que, sobre todo para la instalación de las luces, se contrata a personal especializado. Involucrarse en la actividad no es costumbre del “vecindario”. No es extraño entonces que los parques, hermosos y bien cuidados, luzcan adornados (uno que otro tronco está cubierto de luces), pero vacíos de gente y niños. Tampoco, se ven bancas y gente retozando y charlando. Prima la estética del shopping, de la puesta en escena, de lo controlado al milímetro que deja muy poco a la espontaneidad. En el parque Cáceres de San Juan, en cambio, el espacio público es más que una vitrina: es un lugar de encuentro, de vida de barrio, de vecindad. Todo lo opuesto a esta zona, donde la vida privada, el anonimato, la falta de contacto y calidez, las barreras y la distancia son los valores que predominan, requisitos para una felicidad postiza. 

Llegamos casi al fondo de la calle. Hay un par de casas que llaman nuestra atención por su disidencia, dos casas en medio de torreones de edificios impersonales. Están habitadas, pero no tienen ni un solo adorno, al menos por fuera. ¿Serán tal vez las únicas que no han sido arrastradas por el estridentismo visual, ese ejercicio de vanidad? Un muchacho rubio, muy alto y delgado, cruza desde el parque en ropa de deporte. Toca el timbre de uno de los condominios; mientras espera, aprovecha para estirarse luego del footing. El portero automático abre la puerta y pasa tan rápido que parece succionado desde el interior.

Los autos van desapareciendo; la gente vuelve a casa. Es hora de partir también. Doblamos por la av. Velasco Astete rumbo a Primavera. Dejamos atrás ese despliegue de barroquismo marmóreo; sin turistas merodeando, las casas parecen muertas, inhabitadas, una maqueta de cuadras salpicadas por una que otra caseta de vigilancia, islas solitarias y distantes, parte del “barrio” y ajenas a la vez. Mientras nos alejamos, no podemos dejar de preguntarnos: ¿y qué clima habrá dentro de esos hogares? ¿Cómo será el interior de esas casas debajo de toda esa gruesa costra luminosa y multicolor? ¿Qué imagen de la vasta y diversa Lima podrán tener sus habitantes? ¿Despertarán en ellos ese asombro y deleite, las emociones humanas que pretende evocar toda esa industria de formas y colores? Vaciada de gente, a Monte Umbroso, aunque siga brillando, parecen haberle extirpado ese chispazo de vida que tenía.

Fotografías: Cintya Malpartida / Selva Vargas

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