Un león en la ciudad

Nunca he dejado de recordar que, cuando era pequeño, y el auto aguardaba el cambio de semáforo de La Marina y Universitaria, yo solo giraba el rostro y, a un par de metros de mí, estaba recostado un león de mirada triste, en continuo descanso, y con la piel sucia y pringosa. Eran los primeros años de 1990 y Plaza San Miguel no había devorado aún todos los suelos a su alrededor. La verdad es que, incluso ahora, el encuentro de ambas avenidas (La Marina y Universitaria) no es precisamente brusco o agresivo, sino más bien sereno y generoso, porque abundan las áreas llanas, verdes y, una vez ahí, nuestra mirada descansa del exceso de edificios y cemento. En ese entonces, aquellos espacios vacíos ya estaban ahí y, entre los meses de julio y agosto, eran colonizados por compañías de circo que venían a Lima a quedarse y conceder algunas sonrisas a pesar de las angustias del país. Estos circos tomaban todos los terrenos imaginables y, en algunos casos, las jaulas de los animales (porque en esa época un circo sin animales no era buen circo) eran asentadas entre las enormes tiendas del show y la vía vehicular. Leones, tigres, monos. Todos, tras las rejas. Esos animales cobijaban, por supuesto, dos vidas diferentes: la diversión del espectáculo y la fantasía, y luego la miseria de una vida en prisión, exhibida sin pudor a toda la ciudad, como revelando que Lima estaba tan habituada a guardar, una tras otra, escenas de fugaz felicidad e inevitables momentos de perversión.

Aquellas escenas, desiguales entre sí, son parte, siempre, de la misma obra teatral que es la ciudad, obra que estudiamos sin consciencia, pero que, desde la infancia primera, vamos entendiendo verdaderamente bien de una manera sensorial: observando, escuchando, oliendo, y guardando en nuestra memoria los cuadros que la calle nos arroja con crueldad o nos brinda con indolencia. Estas escenas serán, poco a poco, las primeras imágenes de la ciudad, del mundo, de la vida, que compendiaremos en el archivo espiritual, especulativo, de nuestro ser. 

Desde pequeños, damos los primeros pasos y adquirimos cada día un amasijo nuevo de palabras. Con ellas preparamos las primeras frases, verbalizamos nuestros deseos y articulamos miedos y ocultas esperanzas. Del mismo modo vamos, desde esa edad, adquiriendo un conocimiento (básico y borroso primero, definido y general después) de nuestras calles y distritos. Nuestros ojos van tragando la geometría espacial de la ciudad y cada casa y avenida que vemos ingresa, ordenada y gradualmente, a nuestra mente. Vamos así formando una gramática urbana que será, después, la tablilla de medidas que nos ayude a definir y ponderar una calle, una urbanización, un distrito. Como niños que somos, podemos ya entender que la ciudad guarda lugares peligrosos, barrios prohibidos, calles hartas de gente, monumentos antiguos que no entendemos, lugares más fríos de lo habitual, áreas donde conocemos la ruindad y la pobreza, así como sectores aparentemente más felices, más verdes y logradamente bellos. El conocimiento de la ciudad (de sus múltiples caras o escenas) es, así, una de las primeras formas del conocimiento social: cómo funciona el mundo, cómo quisiéramos que sea, cómo realmente es. Nuestra calle o zona urbana termina por ser, aunque así no lo deseemos, una brújula, un poderoso instrumento de análisis que nos permitirá estudiar espontáneamente los lugares que después visitaremos. El loco que vemos en la calle, el matrimonio entre el mendigo y su limosna, el niño que pasea en cochecito, la tienda de la esquina, los parques que no son parques, la mujer de mirada altiva, los autos que duermen años en el mismo lugar y se burlan de ese espacio que era nuestro. Todas estas escenas nos aguardan desde que nacemos, nos esperan con avidez conforme los años escalan y nos hacen más grandes y rápidos observadores de los dramas y comedias de la ciudad.

Y así fue cómo, desde niño, fue dibujándose en mi mente un entramado de ríos grises y calles que se hablaban mutuamente y que eran, es verdad, los caminos –demasiados– de una Lima que se descubría como una obra teatral, escena por escena, cuadro a cuadro. Y creo que así, como yo, muchos niños guardan, de a pocos, los rostros que la ciudad les va ofreciendo. Y construyen entonces una Lima de diversiones, o asperjada de violencia, o muerta de dolor, o también de ilusiones y cegueras. Porque la ciudad (o debería decir esta ciudad) es muchas cosas y a la vez muy pocas: la ciudad que no conoces y es agreste para ti bien puede ser el hogar caluroso que arrulla y mece la vida, la infancia de otro ser humano. 

Un rasgo distintivo de Lima es que sus variados cuadros (o escenas) corresponden a regiones desiguales –y a veces opuestas- de la experiencia humana. La ciudad tiene un poco de sí para todos: desde grandes edificios y calles asépticas y floreadas, hasta reinos sin ley ni autoridad definida, donde el mundo es literalmente volteado, a veces con violencia o sencillamente con la anuencia y nuestro silencio. Porque la ciudad es precisamente eso: el gran teatro de la humanidad en escala reducida. Y es así cómo el león del que ya he hablado antes era, para mí, la fuente de algunas tristezas. Porque no solo se trataba de un león, sino de tigres y otras bestias (aparentemente salvajes) que, arropados con sus jaulas, vivían detrás del telón, sin la solemnidad del show circense (donde participaban quizá solo algunas horas de la tarde hacia la noche), al margen de las alegrías de los niños y la felicidad aparente que se dibuja solo al interior del circo. Una ciudad que deja a su suerte a miles de animales, que entrega azoteas y terrazas a palomas, gatos y gallinazos y que proclama al perro como zar indiscutible de la calle, exponía, ahora, el encierro cotidiano de unas fieras y me decía a mí, como niño, que la ruindad era parte de la vida humana y que las risas y el placer de un circo no solo se construyen con payasos, bromas, puntales y una tienda, sino con escenas de presidio, como esa que yo veía cada tanto cuando viajaba en el auto de mi padre. Y el semáforo daba rojo y nuevamente los ojos de ese león caían morosamente en mi rostro que no entendía el cautiverio habitual del animal. Porque, es preciso decirlo, esta escena era sancionada por el silencio y la indiferencia de todos, como si anduvieran ciegos y sordos a la vez, rápidos y voraces consumidores del circo y las fiestas de veintiocho, pero incapaces de alojar, por un momento, sus ojos en los ojos tristes del león, o del mono, o de los tigres ahí tendidos. Los circos de la felicidad sustraían toda la atención y no quedaban más que pocas orejas y algunos ojos que tocasen la verdadera realidad de esos animales. 

Probablemente muchos niños como yo (que ya no son niños, como yo) guarden una memoria similar sobre esa época. Estas palabras, por supuesto, no son un juicio negativo de los circos de esos años, pero sí una evocación que, desde hace dos décadas o más, me ha acosado fugazmente por momentos, un recuerdo que permanecía junto a mí incentivándome a pensar en esos animales y el destino irónico que los envolvió, pues si bien durante la función ellos eran las estrellas del show, en la vida real (a solo unos metros y horas de distancia) su luminosidad palidecía hasta volverse invisible a los ojos del ser humano.Quizá estas palabras, de ser leídas, humedezcan el recuerdo de esos niños que, en esa época, amaban el circo y también se preguntaban por esos animales recluidos que, estatuas vivas en una ciudad, formaban parte de su paisaje y nos enseñaban que la crueldad es parte de la vida misma.

Zandor Emerson Zarria

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Un comentario sobre “Un león en la ciudad

  1. Toda una realidad, vivida en tu tierna infancia y evocada hoy en forma tan especial. Me encantó. También reviví todo lo relacionado a ese tiempo y sentí gran emoción por ser participe de esas experiencias.

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