Yo fui mendigo, Isaac Felipe Montoro

El 11 de noviembre de 1961, casi diez años antes de que Hunter Thompson publicara en el Scalan’s Monthly «El Derby de Kentucky es decadente y depravado», con lo que se marca oficialmente el nacimiento del periodismo gonzo, Isaac Felipe Montoro publicaba, en el diario Expreso, «Yo fui mendigo en la gran Lima». Sin saberlo, con este reportaje (el primero de cuatro que se publicaron entre el 11 y 14 de noviembre del 61), se inauguraba en el Perú una entonces novedosa forma de recoger y escribir historias: sumergirse en la noticia para contar, desde la experiencia directa y la subjetividad del yo, no solo los hechos, sino las sensaciones que genera, en el cronista, el microcosmos que está investigando. Mediante este método, la venerada objetividad del observador se resquebraja y el reportero deja por un momento la mesa de redacción, y con esto las técnicas tradicionales del periodismo, las notas actuales por textos inactuales, más frescos y vivenciales.

Montoro, abogado de profesión, periodista de oficio, autor y editor de decenas de libros que él mismo distribuía, entre crónicas, cuentos y novelas (poco menos de media centena), dentro de los que destacan Las ratas del castillo, El comandante pintado, Los demonios del rock, La sombra de Avelino, Hoguera en la nieve, Las dos caras de una rosa, El secuestro de Anastasia, Luz en el puerto y Los peces de oro (premiada por el Instituto Nacional de Cultura), vestido con harapos y un raído gorro de paja, se introdujo en el mundo de la mendicidad limeña. Raúl Villarán, director de Expreso, le encomendaba esta tarea para ganarse un puesto en el matutino de su periódico. 

Y es que, a principios del 61, Manuel Mujica Gallo, acaudalado hombre de negocios, había asumido el desafío de armar un diario que sirviera de plataforma, desde la cual se impulsaría, con el apoyo de un sector de la derecha, la candidatura, en el 62, de Fernando Belaúnde Terry (exitoso arquitecto, fundador de la revista El arquitecto peruano, dos veces presidente del Perú [1963-1968, 1980-1985]), quien había ingresado a la política ya a fines de los 50. Lo primero que hizo fue buscar un espacio para instalar la redacción: así, alquiló, en el Jr. Ica, el local de una imprenta en franca quiebra. Necesitaba ahora personal y un hombre punta que se hiciera cargo del proyecto. Es entonces cuando coloca como jefe de redacción a Villarán, viejo zorro del periodismo, que venía de trabajar en Última hora, tabloide que, con su lenguaje y estilo populares, había revolucionado la forma de hacer periodismo en el Perú. Con total carta abierta de hacer lo que fuera necesario para lograr los objetivos del diario, Villarán convoca, entre sus jales más talentosos, a Jorge Cumpa Donayre. Como jefe de Locales, comienza un proceso de cambios y propuestas audaces, entre las cuales estaban los reportajes o notas inactuales, de interés e impacto en el público, pues marcaban un giro a la monotonía de las planas y tradicionales notas diarias. Pero, para redondear este proyecto, necesitaban de un anzuelo. Donayre, jefe de Locales, había asignado a otro hombre fuerte a un departamento estratégico del diario, Carlos Ney Barrionuevo, flamante jefe de la sección Policiales (Carlitos de Conversación en La catedral). Con una intuición de veterano, Donayre no tardó en captar, entre la multitud de redactores, a uno que destacaba precisamente por su aspecto casi anodino: flacuchento, trigueño, de cabello azambado y revuelto, que, impávido y silencioso en su rincón, acribillaba sin parar su máquina de escribir dejando caer de cuando en cuando sobre las teclas volutas de ceniza de un cigarro a medio fumar. Era él: Isaac Felipe Montoro. Qué mejor tipo que él para mimetizarse entre los indigentes y sumergirse en la mugre y el lumpen de esta megalópolis caótica.

En aquellos años, Montoro aún era alumno de Derecho en San Marcos. Enterado de la misión que le encomendaron, hizo algunos cambios en su apariencia natural. Influido tal vez por el histrionismo de su hermano Jorge (actor de teatro apodado El poeta hippie), dejó que el cabello y la barba crecieran de modo desbocado, y se apertrechó de ropa y zapatos viejos, intuyendo acaso que, en la mente del ciudadano, para este negocio (inspirar lástima por una monedas), hay que estar sucio. Provisto de aquel disfraz de pordiosero, se presentó a la redacción, tan bien caracterizado que hasta le impidieron el ingreso. Adentro lo esperaban Donayre y el fotógrafo que iría con él para registrar esa aventura periodístico-literaria que duraría cinco días (a su esposa le había dicho que iría por unos días a una comisión por provincia). Metido ya en su facha de mendigo, le dieron dinero para que pagara un hostalucho del centro y ahí pasara la noche. A primera hora del día siguiente, saldría con sus harapos y un puñado de intuiciones sobre la mendicidad que debía comprobar o rechazar in situ: ¿Qué significa vivir de la caridad, en plena calle? ¿Es verdad que se trafica con menores para limosnear? ¿Ser mendigo en Lima resulta un gran negocio? Provisto de un lápiz y unas cuantas hojas para tomar apuntes, comenzaría la hazaña, de cuyo resultado (o éxito) nadie tenía la más mínima idea.

Allá por el 2011, tampoco yo tenía la mínima idea de la existencia del libro de Montoro, hasta que un día en que deambulaba por Camaná buceando entre libros viejos llegué al puesto del tío Lito. Por entonces, su librería quedaba en la cuadra 8 de Camaná, a media cuadra de La Colmena (hoy está frente a la plaza Francia, hacia el final de la cuadra 9). En esos años, en que el trabajo me aplastaba y había perdido un poco la brújula, . En un hangar de Santa Anita, cambiaba mi tiempo por menos de 500 soles mientras transcribía, cuatro horas sin parar, mensajes de voz para un service de Movistar Chile, los cuales llegaban como un mensaje de texto al cliente como parte de un servicio especial (no, no se trataba de máquinas, éramos unos jóvenes subempleados que lo hacíamos por menos de 500 soles). Aquellos años nada verdes, venir a diario por el centro de Lima a vagabundear (a ver libros, a los cineclubs o solo a andar erráticamente) se había convertido en mi salvación, y una estrategia de fuga ante una existencia gris y mecánica: el esquema despertar-trabajar-comer-llegar a casa-dormir me resultaba absolutamente insoportable (volver a casa, contrariamente a lo usual, no era lo que más ansiaba al final del día: hubiera significado explotar contra quien nada tenía que ver). Fue entonces, en una de esas tantas derivas urbanas en que trataba de escapar de mis demonios, cuando llegué donde Lito. Entré por un pasillo largo a cuyos lados se apostaban toda clase de vendedores de objetos de segunda mano: monedas antiguas, juguetes, taps y cards fuera de circulación y, por supuesto, libros. Al fondo del pasillo, vi estantes repletos de libros, pero fue otra imagen la que llamó más mi atención. Estaba un señor, sentado en una silla giratoria cubierto por una capa blanca, y dos jóvenes con tijeras lo estaban acicalando, con un cuidado que rozaba la devoción: uno le perfilaba el bigote mientras el otro le cortaba las puntas del cabello, al tiempo que él sostenía uno de esos teléfonos antiguos de disco y vociferaba. Lo primero que oí salir de su boca, con voz su voz entre aguardentosa y cavernosa que rozaba el grito, fue esto: «¡Qué tal Alan, hermano!». Al terminar de hablar con el entonces (vivo) presidente Alan García (no sé si se trató de una performance o la llamada fue real), se me acercó y me dijo: «¿Qué buscas, hijo?» No le dije que me buscaba a mí evidentemente, pues, además que me hubiera mirado con desprecio, creo que ni yo mismo lo sabía del todo (con el tiempo, uno descubre que debajo de ese rastreo libresco uno se está buscando a gritos a sí mismo). Le dije que me interesaba Lima en general, aunque buscaba en concreto un libro sobre La Parada, de un sociólogo americano. Me dijo que lo había tenido muchas veces, pero estaba agotado. «Pero tengo este. Revísalo te va a interesar. Es un cojudo que se metió de mendigo para contar esa Lima que los ratones de biblioteca y pituquitos de mierda no conocen. «Seguro también sueñas con escribir. Léelo para que no escribas como ellos». Le pregunté cuánto estaba, esperando un precio alto, que incluiría las lecciones de vida. Para mi sorpresa y salud de mis bolsillos, me dijo: «Te lo dejo en diez soles, mira; me gusta apoyar la cultura y a los jóvenes como tú», dijo escupiéndome casi en la cara el humo de su cigarro. Mientras revisaba el libro, me preguntó qué estudiaba. «Lingüística, respondí.» Recuerdo su rostro de perplejidad. «¿Lingüística? Y, dime, hijo, para qué chucha sirve la lingüística?. ¿Por qué no historia o economía o derecho?» Ya para entonces, él estaba en la fase pedagógica en que te atenaza con sus manazas: «Y por qué te interesa La Parada a ti?» Traté de explicarle mi interés por Lima y todos los fenómenos culturales relacionados con ella, sobre todo los lugares y personajes marginales. Vi que la discusión se iba a alargar más de lo habitual y que se iba a convertir en un monólogo y una cátedra callejera que no quería oír, así que, apenas se distrajo con un cliente, aproveché para emprender el escape. Me despedí y mientras estaba en plena retirada me dijo: «Léelo. Y si quieres, vuelves y te lo cambio por otro del mismo valor. Yo mismo selecciono todos los libros que ves aquí. Lito, para servirte». 

Agradecí y me sacudí casi a la vez que la capa de cabellos que agitaban sus jóvenes discípulos y peluqueros improvisados. Mientras caminaba por la calle empecé a hojearlo. Lo primero que me sorprendió fue que traía un prólogo del poeta Juan Gonzalo Rose, quien anota: «Por primera vez un reportero dejaba su escritorio de la sala de redacción para vivir él mismo las experiencias del personaje objeto de la noticia». Más que una novela, Yo fui mendigo es un extenso reportaje compuesto por crónicas que narran las peripecias y vicisitudes de Montoro por las calles, muladares y lugares más lumpenescos de Lima, espacios de la ciudad vetados para el común de los lectores del periódico. En ellos conoce, de primera mano, la realidad de los mendigos y la delincuencia ligada al bajo mundo. Es testigo de muertes, traiciones, asesinatos, pero, también, de gestos de humanidad en medio de la decadencia y el vicio. Además de convivir con mendigos, camina codo a codo con una amplia galería de personajes callejeros: ladrones, alcohólicos, pequeños rateros, prostitutas, orates, recicladores, golosineros, cantantes ambulantes, y nos cuenta sus dramas y las impresiones que le despierta esa galería de personajes del submundo. En esa mendicidad elegida, limosnea, pasa hambre, toma ron de quemar, duerme en covachas, en las cuevas de Cantagallo, aledañas al río Rímac. Los lectores del periódico, impactados por sus trágicos testimonios, insatisfechos con esa información, exigieron más. Montoro, que conservaba sus ajados y mugrientos apuntes, amplió su repertorio de relatos y compuso este libro, agregando detalles considerados entonces sórdidos e impublicables en un periódico «serio» de circulación nacional.

El libro fue todo un éxito de ventas (cuenta con cuatro ediciones), aunque, al parecer, sus novelas no corrieron la misma suerte. Si bien no exhibe grandes virtudes artísticas y tiene ciertos defectos narrativos y de edición —fallas ortográficas, de estilo, cierto efectismo (por momentos se torna un tanto melodramático y miserabilista) e interpola en el relato ciertos juicios morales—, constituye un interesantísimo documento periodístico, sociológico, incluso para la historia urbana de la ciudad, pues se nombran tiendas y lugares hoy desaparecidos, por ejemplo, el restaurante-bar Cuneo y Bandirola, ubicado en el cruce del actual Jirón de la Unión y la Av. Emancipación. La prosa fluye sin trabas y alcanza picos de tensión dramática. Uno de los capítulos acaso más intensos y emotivos es «Le apodaban La rata», donde ve morir a uno de sus compinches y participa de la colecta para el funeral, donde cada uno, a pesar de su miseria, aporta con lo que tiene a la mano: una moneda o un viejo trozo de madera para el improvisado cajón. La humanidad brota en los espacios más precarios y decadentes. 

Otro episodio clave es «Mi maestro el Rengo me dicta una lección». En él, Montoro relata su encuentro con un mendigo apodado el Rengo, profesor huaracino atrapado por el licor, y que capitaneaba a un grupo de mendigos (los roneros) en la alameda de Los Descalzos. Este será fundamental para su investigación, que narra en el segundo de los cuatro reportajes, pues le enseña los tipos de mendigos que existen (ropavejeros, avaros, roneros, los que trabajan en grupo, los visitadores de tiendas y casas, los que se sientan afuera de iglesias y cines, y hasta prestamistas y usureros), los lugares estratégicos y horarios para pedir limosnas (tiendas, y templos de órdenes caritativas y mendicantes), así como las técnicas para recolectar más monedas limosneando. Una frase del Rengo, a quien no volverá a ver nunca más, marcará para siempre a Isaac, el periodista mendicante: «Pedir es un arte, es una ciencia práctica o si usted quiere, un oficio como cualquier otro. Lo difícil es empezar». 

En suma, el gran mérito de Montoro es habernos narrado esa ciudad que nadie quiere ver, la miseria de la ciudad desde sus entrañas, y recorrido estos escenarios subterráneos y marginales de Lima, lejanos en tiempo y espacio para la inmensa mayoría de lectores, y sobre todo haber sido un intuitivo precursor, al menos en el Perú, del subgénero gonzo, considerado hoy tan gratuitamente «audaz y desenfadado» en nuestro sorprendible, esnob y blando circuito literario.

Javier Alejandro Arnao Pastor

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Un comentario sobre “Yo fui mendigo, Isaac Felipe Montoro

  1. Gracias por la crónica y el rescate de ese libro, Javier. Yo lo leí hace varios años, cuando adolescente, y fue uno de esos libros que no olvidas por su realismo, crudeza y radiografía de la Lima de hace medio siglo. Recuerdo la escena donde el protagonista y otro mendigo consiguen cocinar en un lata alguna comida que consiguieron. La dejan en el fogón improvisado para volver luego. Cuando regresan, ya no encuentran lo que habían dejado, en su lugar alguien había puesto un par de ratas muertas que se sancochaban en la lata. El compañero del protagonista, presa del hambre y la humillación, se arrodilla y come una de las ratas así como estaba. Tremenda escena sigue en mi memoria. Saludos y que sigan las crónicas.

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