Extravíos por la FM limeña

La FM limeña comenzó a colmarse, una vez iniciado el siglo XXI, de música del recuerdo. Los géneros podían variar, pero el público solía estar conformado por los mismos sujetos, aquellos que alcanzaban, o sobrepasaban, las cuatro décadas. También había casos excepcionales de oyentes curiosos por un pasado que no vivieron, pero que tal vez conocían remotamente por alguien más. Al principio, la música del recuerdo se restringía a unos segmentos que se emitían una vez a la semana y solo por determinadas radios. No era extraño, por ello, encontrarse, mientras se recorría el dial un domingo por la mañana, con boleros o éxitos de la Nueva Ola, o, quizás, un sábado por la tarde, con un poco de rock en español de los ochenta. Unos cuantos años después, surgió más de una emisora dedicada a difundir de manera exclusiva canciones de un periodo específico. La programación consistía en un conjunto de canciones que, en un primer momento, parecía interminable, pero que tarde o temprano, si se escuchaba con atención y regularidad, se advertía limitado y repetitivo. La tendencia a escarbar en la memoria de los consumidores, con el fin de fidelizarlos y así continuar obteniendo ganancias a costa de su nostalgia, no era solo de la FM. En otros rubros, de lo más diversos —pienso en los productores de películas, pero también en los fabricantes de máquinas de escribir o de vehículos ya descontinuados, así como en los diseñadores de moda o en los desarrolladores de aplicaciones—, se había apelado al mismo recurso. Uno se rendía con gusto ante el encanto de cualquiera de estos sucedáneos porque su aparición removía los sentimientos que habían permanecido tanto tiempo sometidos por el insaciable e impasible presente.

Durante la última década, cuatro corporaciones se han mantenido como las poseedoras de la mayoría de estaciones de la FM local. Con excepción de una de ellas (Corporación Universal), que llegó después, tras haber crecido y haberse consolidado en el mercado de diferentes regiones del Perú, las demás (Grupo RPP, Corporación Radial del Perú y Panamericana) son las mismas que, por las emisoras que agrupan, han ocupado los puestos de arriba en la preferencia de la audiencia limeña a lo largo de todos estos primeros años del siglo XXI. De hecho, las diez estaciones más oídas, según lo que se ha recogido en encuestas recientes, pertenecen a esas cuatro corporaciones. Varias de esas estaciones son las radios musicales que —quiérase o no— se oyen en el interior de una custer, en una oficina del Estado, en más de un taxi, en una panadería de barrio, en una casa cercana, en una playa concurrida, en la caseta del vigilante o entre los puestos de un mercado. No hay que dejar de indicar que estas no son las únicas corporaciones existentes en el espectro nacional, ya que también habría que considerar a una de corte religioso y a otra de origen público, las que cuentan, a su vez, cada una, con más de cien estaciones a nivel nacional. De las veintiocho emisoras de la FM limeña, veintiuno forman parte de dichos conglomerados, dos al Instituto Nacional de Radio y Televisión, y cinco, a cinco empresas distintas. En las cuatro corporaciones nombradas, se ha segmentado a la audiencia de acuerdo con sus gustos musicales, pero también por sus edades y capacidad adquisitiva, de modo que hay estaciones que compiten directamente entre sí por un tipo de público similar. 

Las radios musicales limeñas son de dos clases: las que actualizan su programación y las que no. Esta es una afirmación avalada por la observación de mi momento. No obstante, soy consciente de que este preciso instante es momentáneo. Las emisoras de hoy, así como los edificios en torno a uno, no necesariamente seguirán presentes o iguales en el futuro. Así ha ocurrido con otras y así ocurrirá de nuevo con las actuales. La FM es una dimensión de la realidad que, así como sucede con la ciudad, no habrá de detener su transformación. A lo sumo podrá retrasarla, pero siempre, por una u otra circunstancia, terminará cediendo ante el cambio. Por eso, nada me permitirá saber por cuánto más estará vigente y será verdadera aquella sencilla afirmación. La FM, por otra parte, se emparenta con la ciudad en el hecho de que ambas son territorios por los que circula la conciencia, territorios a merced del tiempo —de los tiempos— en que fluyen. La ciudad física y la corriente de sonidos que llega a través de la radio se emparentan en que la sensibilidad del oyente puede ser estimulada hasta el grado de cautivarlo, de hundirlo o de absorberlo por dentro, sin que ello implique anular el contacto con su entorno. Por el contrario, la imagen, que por la tecnología es cada vez más invasiva, involucra a la vista de su usuario, por lo que lo sustrae de su lugar, lo distrae de su película mental, lo obliga a habitar una realidad autónoma, aislada. Cada una de las emisoras, sin importar su naturaleza, es, para quien la escucha/la recorre, un rincón, un barrio, de esa especie de gran ciudad sónica que es la FM. 

Entre las emisoras que actualizan su programación, que son dieciséis de las veintiocho, es posible distinguir la predilección de los limeños por determinados géneros, hecho que también es ratificado por encuestas e investigaciones previas. Aquí se hermanan los gustos de unos con las ganancias de otros. Estas radios apuestan, por ello, por la salsa, la cumbia, la balada romántica, el reguetón y otros ritmos urbanos. Necesitan renovar su contenido continuamente para no perder el interés de sus amplias audiencias. Las estaciones que las cuatro corporaciones mantienen con música reciente, renovándose conforme transcurren las semanas, son las que se enfocan en géneros innegablemente populares. En cambio, en la FM limeña actual —salvo un par de excepciones, por supuesto—, son las estaciones de rock y pop, de Nueva Ola y de música criolla, cuyas canciones forman parte de un conjunto cerrado y definitivo. No deja de ser curioso que los géneros musicales que alguna vez fueron asociados a la clase media limeña, y que, en ciertos discursos —en la imaginación de muchas personas—, se los había concebido, por ese mero vínculo, como los géneros más representativos a nivel nacional, hoy apenas subsisten convertidos en reliquias para una dispersada minoría. Estas radios que no actualizan su programación, que son seis, son a las que cabría considerar como emisoras de música del recuerdo. Estas son Mágica (88.3), Felicidad (88.9), La Inolvidable (93.7), La Kalle (96.1), Oasis (100.1) y Oxígeno (102.1). Si bien cada una de ellas se ajusta a un público específico, de acuerdo con la segmentación propuesta por las corporaciones, todas operan bajo el mismo patrón: un repertorio fijo de canciones cuyo orden de rotación es lo único imprevisible para sus oyentes.

Cuando uno escucha cualquiera de esas radios —y ya las disfrutó años atrás, hasta agotar sus canciones, de modo que ninguna de las que se reproducen resulta extraña— es como si regresara a un barrio detenido en el tiempo, a un país intacto, idéntico a como se lo dejó la última vez que se lo visitó. Ese súbito sueño de sosiego que es la nostalgia tiñe a estos territorios sonoros con una calidez que la conciencia procura rastrear en cada nota, ya que le hace sentirse simplemente bien. El cerebro se hunde en la satisfacción cuando coincide con una canción que le hace evocar aquellos episodios que hoy, en la distancia, son apreciados con añoranza. Aunque también es cierto que puede ocurrir lo opuesto, que en vez de paz afloren la pena, el dolor, el vacío, por lo que el cerebro —y con él cualquier otro órgano— se diluya unos segundos en sí mismo. El tránsito por la FM resulta una ruleta después de todo, sea con la música del recuerdo o la actual. Cuando las que se escuchan son, más bien, las radios de programación actualizada, se percibe algo distinto. Conforme transcurren los días, inevitablemente se nota que hay un grupo de canciones que suenan a diario, pero que también hay otras que dejan de reproducirse, porque en su lugar han de entrar las nuevas. Uno se percata de esto cuando la permutación ya ha sido realizada y echa de menos a esa canción que hasta hacía poco tocaban tanto. Un fenómeno similar se vive con la ciudad. Se extingue parte de ella ante uno, pero si no se está suficientemente atento, recién cae en cuenta de su ausencia cuando ya no queda nada. 

La ciudad, cualquier ciudad, es una FM en vivo y en directo, pero en tres dimensiones y con mayores estímulos. Si bien algunas de sus melodías habrán de repetirse de cuando en cuando, lo usual es que haya una avalancha incesante de descubrimientos y nuevas versiones. Se mantiene activa todo el tiempo, incluso cuando uno sueña o se muere. Y así como hay barrios, también hay avenidas o sectores de la ciudad con un ritmo propio. La experiencia del paseante —que es una suerte de ejecución, que puede ser tan timorata como virtuosista— es única en cada sitio. La luz, la temperatura, la disponibilidad de tiempo, la disposición física, la seguridad, la comodidad, la compañía, entre otros, son alguno de los factores que influyen en uno cuando hay que captar el ritmo que nos circunda. La FM de la ciudad recoge lo que suena en el mundo exterior, de la misma manera que tiene en consideración a los procesos internos de su oyente/paseante. El ritmo de una calle en la mañana no será el mismo que su ritmo de la noche o de la madrugada. El ritmo de una avenida abarrotada de personas se distinguirá obviamente de esa misma avenida vacía. El ritmo de una plaza desolada y a oscuras será otro cuando llegue el amanecer. En ciertos sectores, la respiración, el corazón y los pasos propios serán los únicos instrumentos reconocibles. En otros lugares, por el contrario, el estruendo o la intensidad del territorio acallará a todo lo que le rodee. Sin más espectadores que uno mismo, la improvisación y lo ensayado se confundirán sin cuidado. Según nuestro estado de ánimo, la música del caminar abordará al espíritu para calmarlo o para liberarlo. 


Aunque su composición es resultado de trámites y negociaciones con el Estado, de transacciones y jugadas entre unos pocos, la FM no deja de ser por eso una significativa y representativa extensión de la ciudad en que se origina. Cuando se visite una ciudad, su FM es uno de los lugares que, siquiera alguna vez, hay que recorrer, del mismo modo que se busca sus plazas, sus mercados o sus cementerios. En la FM, por más que sus propietarios hayan previsto ciertas acciones, siempre se filtra parte del carácter de la ciudad, sean de sus mayorías o minorías; se develan sus presencias y ausencias; se comparten los deseos y vacíos de sus habitantes. En Lima, la FM muestra unos rasgos particulares que resultan útiles para descifrar a la capital. La mayoría de radios son musicales. Las de noticias son un puñado. Por cada una de noticias, hay seis de música aproximadamente. Cabría pensar que la necesidad de entretenimiento es mayor a la de información entre los limeños. No obstante, no hay que olvidar que tres cuartas partes de las estaciones pertenecen, en conjunto, a los cuatro conglomerados. El cuarto restante reúne a las radios de menor sintonía, que, entre otros contenidos, alberga a algunos de los géneros musicales menos masivos. Sin duda, la incesante competencia de las corporaciones, establecida desde hace años, y que se evidenció en la adquisición de diferentes emisoras —algunas de ellas tradicionales, pero, por distintas razones, venidas a menos— para adecuar sus sintonías a sus necesidades de ingresos, derivó en la reducción de la diversidad. Gran parte de la FM limeña está bajo el control —y para el beneficio— de unos pocos, una dinámica que también ocurre en la ciudad física.

Más allá de la división llevada a cabo por las corporaciones, a partir de la época, los estilos y el idioma, es posible apreciar una continuidad de la música popular (la que lo fue por estos lares, al menos) que se extiende desde la década del cincuenta del siglo XX hasta la primera década del XXI. En radios como Felicidad (Grupo RPP) y La Inolvidable (CRP), se toca bolero, música criolla, Nueva Ola y baladas en español, es decir, desde los cincuenta hasta principio de los ochenta. En Mágica (CRP), se programa solo rock y pop en inglés de los sesenta hasta parte de los ochenta. En La Kalle (Universal), también se reproduce Nueva Ola, pero incluye, además, salsa y cumbia, y otros ritmos tropicales, de los setenta y ochenta. En el caso de Oasis (Grupo RPP) y Oxígeno (CRP), el inglés y el español coinciden para abarcar al rock y pop de los ochenta, noventa y dos mil. Por supuesto, no a todos estos géneros les corresponde la misma difusión. Aquellos cuyos oyentes superan los setenta años, es decir, personas que habrían nacido en la década de los cuarenta, han perdido bastante espacio. Es probable que en unos lustros más ya no figuren en la FM. En cambio, los que cuentan con un público masivo aún son los que vivieron la movida de los setenta y los ochenta. Por otra parte, estas emisoras casi retratan la historia de Lima. Los gustos de los sectores altos, medios y populares, hasta antes de la llegada de los ochenta, parecen muy definidos. Después de los ochenta, se mezclan los gustos, así como del mismo modo —también a partir de esos años— se mezclaron las gentes de Lima.

¿Qué dice de los limeños de hoy que haya seis emisoras de música del recuerdo en su FM? ¿Qué se puede interpretar del hecho de que casi en una misma proporción (cinco emisoras) existan radios dedicadas a un solo género (la cumbia)? ¿Cuánto representa el peso de lo moldeado por las corporaciones, a lo largo de todos estos años, en la formación de los gustos de la audiencia limeña? ¿Cuánto han sido empujados a buscar otras alternativas, como Spotify, YouTube o SoundCloud, a causa de ese mismo peso? Es difícil saber las respuestas. Sin embargo, ¿qué pasaría si existiera una tecnología que nos permitiera ejecutar una cartografía instantánea y en simultáneo de la FM limeña? Se podría —hay que imaginar— identificar todos los puntos en la ciudad donde hubiera un terminal activado, ya fuera un equipo de radio o un celular, o la web, que estuviera enlazado por la señal con una estación determinada. No importaría que la conexión durase apenas unos segundos. De todas maneras, sería rastreado en el mapa. En Lima, la mayoría de radios envían la señal desde sus estudios hacia sus antenas en el Morro Solar, en Chorrillos. Desde este punto, la señal se habría de dispersar hacia los distintos rincones donde pudiera encontrarse algún oyente. Se podría advertir, con esta tecnología, cómo cada una de las antenas son haladas por una multitud de hilos: los oyentes que han sintonizado la radio que habrá de acompañarlos. Por un instante, aquellas antenas serían semejantes a los dientes de león cuando exhiben sus oblongos y capilares frutos al viento. ¿Cuáles serían las veintiocho figuras, correspondientes a las veintiocho estaciones en funcionamiento, que trazarían los invisibles hilos de la radio en este preciso instante? 

Paulo César Peña

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

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