Una mirada personal de la ciudad

Hace unas semanas, subí al piso catorce del nuevo edificio de una universidad, ubicado en la segunda cuadra de la avenida Arequipa, a unos pocos metros de la antigua embajada argentina. Casi tan joven como la institución a la que cobija, su irrupción en esa zona tradicional recuerda a los trenes que, según un viajero austríaco, lanzaban pitidos de espanto al llegar a una estación en medio de la nada. Como aún tenía tiempo antes de asistir a la reunión que me había llevado hasta allí, decidí deambular por los pasillos para distraerme. Uno de estos conducía a un enorme rectángulo desprovisto de vidrios que cumplía las funciones de un tragaluz. Avancé en esa dirección y me detuve a contemplar el espectáculo de la ciudad: una reunión de edificios desiguales, distintos no solo en la altura o el diseño, sino también en su resistencia al paso del tiempo y en su capacidad para imponerse a la neblina que volatiliza todo lo que toca. No pude frenar, entonces, una serie de ideas que se agolparon en mi cabeza y pensé en que el paisaje que tenía a la vista intentaba comunicarse conmigo. Cada paisaje, continué para aclararme la cuestión, establece con nosotros, quienes los contemplamos, una relación bidireccional: nos transmite sensaciones y estímulos que modifican un espacio indefinible en nuestro interior y nos impulsa, de forma imperceptible, a observarlo de un modo distinto, como si compartiéramos un mismo espíritu o, al menos, un fragmento de él. Llegué a la conclusión, muy personal y por lo mismo muy contingente, de que la contemplación de ese paisaje me permitiría acceder a una verdad sobre mí y, al mismo tiempo, sobre la propia ciudad.

Cansado de especular y sin ninguna certeza –salvo, quizá, la de estar convencido de que esa verdad se me escurriría cada vez que intentara acercarme a ella–, me entretuve observando a la gente que, desde mi ubicación, se veía pequeña, casi insignificante. Algunos caminaban cansinamente, como si contaran cada paso que daban; otros sorteaban lo que se les pusiera al frente para avanzar lo más rápido posible. Puede considerarse extraño, pero me parece muy divertido intentar adivinar a dónde se dirige una persona de acuerdo a la velocidad de su desplazamiento, la postura de su cuerpo o lo que lleva consigo. Mamá me enseñó esto cuando estuvo en el hospital. Llegó, como suele suceder, por un accidente fortuito. Se resbaló en la ducha mientras la limpiaba a conciencia, todo lo contrario a como –según ella– lo hacíamos sus hijos, y el peso de su cuerpo recayó sobre sus manos, que apoyó en la baldosa en un gesto reflejo. El codo derecho se le dislocó y dejó una astilla que le impedía estirar el brazo. Los médicos dijeron que debían operar y la internaron. Le asignaron una habitación en el séptimo piso del hospital Rebagliati y, en ella, se quedó hasta recibir el alta. Al principio, los días pasaban lentos, y eso aburría y desesperaba a mi mamá. Tenía unos irrefrenables deseos de arrancarse el cabestrillo y el yeso provisional que le habían puesto para inmovilizarle el brazo, pero el dolor la obligaba a renunciar apenas intentaba algún movimiento audaz. Una tarde, mi hermano y yo la encontramos sentada junto a su ventana y mirando hacia la calle. Apenas nos vio, nos pidió que nos acercáramos y observásemos a un hombre que caminaba con prisa a las afueras del hospital. Va a entrar, dijo, estoy segura. En su cartapacio debe llevar documentos, la referencia tal vez, para que trasladen a algún familiar, a su mamá o a su esposa, a alguien muy cercano, hasta aquí. Si no, no estaría tan apurado, ¿no creen? Por supuesto, ni mi hermano ni yo vimos nunca al sujeto, pero nos quedamos adivinando la suerte y las intenciones de la gente hasta casi el final de la tarde o hasta que le trajeron la cena. Ya no recuerdo esos detalles tan claramente. Lo que sí recuerdo, en cambio, es que ese día me llamó la atención la silueta de los edificios que se recortaban contra el cielo cruzado de rayas anaranjadas y violetas del atardecer.

Desde entonces aprovechábamos el horario de visita para pasear. Si bien teníamos prohibido bajar a mi mamá a los patios del hospital –nunca entendí por qué– todo el piso quedaba a nuestra disposición. Avanzábamos por el pasillo hasta llegar a una enorme sala amoblada con unas butacas celestes y un par de chifleras bien instaladas en sus macetas blancas. Era un lugar limpio y bien iluminado. Tenía dos ventanales que permitían contemplar la ciudad hacia el norte y el sur. Pacientes y visitantes se sentaban a conversar sobre cómo continuaba la vida en su ausencia, a leer el periódico hasta quedarse dormidos o a esperar Dios sabría qué. Nosotros preferíamos ver hacia la calle como los perros confinados en una azotea. El paisaje que encontrábamos cambiaba de acuerdo con el lado que eligiéramos, algo que hacíamos de manera bastante antojadiza. Hacia el sur, después de los negocios funerarios y de comida que proliferaban en Lince, aparecían las relucientes copas de los árboles, ordenadas en hileras y orientadas en diferentes direcciones, que apuntaban al cielo despejado y diáfano. A su alrededor, se levantaban edificios de ventanas enormes y terrazas elegantes que prometían una vida relajada, como en un constante fin de semana. Con un poco más de esfuerzo, podíamos identificar, a la izquierda, las torres de los bancos que parecían controlar la urbe desde su altitud, y a la derecha, una línea blanca en el horizonte que anunciaba los dominios del mar. En contraste, el norte, esa zona limítrofe entre Jesús María y Lima Cercado, mostraba un panorama más difícil de describir, en gran medida, por su heterogeneidad. Edificios viejos, algunos aún en uso y otros ya abandonados, convivían con nuevos bloques de departamentos u oficinas que intentaban dinamizar el entorno, aunque con resultados muy disímiles. Intercalados entre estos, construcciones más antiguas, en su mayoría casonas republicanas, luchaban por sobrevivir convertidas en bodegas, restaurantes u otros negocios pequeños. Más allá del tiempo que distanciaba a cada edificación, una delgada capa de smog que cubría sus fachadas y sus costados hermanaba todo el conjunto, y le proporcionaba cierta unidad. Y todo esto se veía flanqueado por ficus y poncianas, algunos escuálidos, otros frondosos, que corrían a lo largo de calles y avenidas hacia el centro de la ciudad. En su camino, desaparecían por un instante para luego reaparecer formando dos grandes manchas verdes que ponían en pausa el caos y la contaminación: el Campo de Marte y el Parque de la Reserva.

Durante todo el tiempo que permanecimos en el Rebagliati, ese pasatiempo nos permitió sobrevivir a la rutina agobiante del internamiento.  Cuando alguien ingresa a un hospital, no lo hace solo. Se lleva consigo a toda la familia y, en cierta manera, esta experimenta los mismos dolores, la misma angustia y el mismo cansancio hasta que, sea cual sea el resultado, todo termina. Ninguno de nosotros, ni los hijos ni mi mamá, hubiera podido sobrellevar esas interminables semanas sin ese observatorio improvisado que nos permitía imaginar paseos, recordar viejas historias y pensar en tantas posibles vidas que hubiéramos querido tener o que, esperábamos, tendríamos en algún momento. Ninguno de nosotros fue completamente consciente de todo esto sino hasta mucho después, cuando, al analizar el pasado, hicimos el balance de ese periodo y le asignamos el valor que creíamos que se merecía. Sin embargo, incluso en ese examen, algo se nos escapó de aquella estadía en el hospital, algo parecido a una verdad (tal vez mínima e insignificante, pero verdad, al fin y al cabo). Mientras observaba el vértigo de la vida limeña desde el luminoso piso catorce de un edificio universitario, creí estar cerca de descifrarla, pero mi probada incapacidad me lo impidió. Quizá ahora, a medida que escribo este texto cuya forma va emergiendo, pueda articularla, aunque sea de forma rudimentaria y torpe.

La contemplación de la ciudad desde dos perspectivas distintas ,a pesar de su contigüidad, me permitió establecer un nuevo vínculo con ella. Día tras día, descubrí aspectos y ángulos del paisaje urbano que me eran desconocidos, y construí con ellos una nueva imagen de Lima (o al menos de una parte de ella), una que concentrara su esencia y, al mismo tiempo, se ajustara a mí y a mis particularidades. Durante mucho tiempo, pensé en cómo podía nacer esta comunión entre objeto y sujeto en este caso específico. Decía Simmel, y creo recordar esto muy oportunamente, que un paisaje es, en rigor, un recorte de la naturaleza. Contrariamente a lo que muchos pensarían, este fragmento no se convierte en una pieza muerta digna de un museo. Por el contrario, su valor radica en contener, en potencia, las características de la realidad de la que fue separada y en anunciar esa totalidad. Dicho más claramente: el paisaje resume el espíritu de ese todo del que surge. Pero como se trata de una construcción no natural, continúa Simmel, hay un principio ordenador que lo delimita y que define los elementos que lo conforman. Ese es el sujeto que contempla. A partir de su sensibilidad, este decide qué incluye y qué elimina de su mirada. En ese sentido, el paisaje es el resultado del cruce, siempre conflictivo pero creador, entre lo que se observa y la manera en que lo percibe el observador. Esto supone que cada persona está en capacidad de armar una imagen particular de su ciudad o pueblo a partir de sus recuerdos, y de las emociones y experiencias vinculadas a estos. Creo que esto explica casi a la perfección lo que estoy intentando plantear. Cada tarde que pasé tras los cristales de esa sala de espera reconvertida en mirador familiar (para beneplácito de los arquitectos que creen que el uso siempre supera al diseño) fortaleció en mí la idea de que la visión del barrio de Santa Beatriz representaba la esencia y la voluntad de esta ciudad tan contradictoria y heterogénea, decadente y todavía vital, caótica y sucia, a pesar de sus tristes espacios públicos y su ya gastada planificación, tan repleta de futuro pero tan anclada aún a su pasado, un pasado que insiste en sobrevivir y ser útil, así sea bajo otras formas y otros usos. Esa y no otra es la ciudad que reconozco como mía. Es la que me hace ser quien soy. Y es también la ciudad que recordaré y llevaré conmigo, como una postal mental, el día que la abandone.

Rómulo Torre Toro

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo (elaborados por el autor)

Avenida Arequipa En el contexto de los preparativos para conmemorar el Centenario de la Independencia, el gobierno del presidente Augusto B. Leguía inició la construcción de diversas obras que modernizarían el aspecto urbano de Lima. Una de estas fue el pavimentado de la avenida que conectaba el centro de la ciudad con la zona sur de la misma y que recibió el nombre –en un gesto que podría calificarse de egocéntrico– de su creador: avenida Leguía. Derrocado por Sánchez Cerro, militar con tendencias fascistas, la vía cambió de nombre y pasó a llamarse Arequipa, que conserva hasta la actualidad. En sus inicios, el ingreso a la avenida se realizaba a través del arco morisco que, casi a fines de la década del 30, fue demolida por orden de Benavides (sus bases, que quedaban como un recordatorio de su presencia y de tiempos mejores, fueron destruidas durante la construcción del bypass hecho por Castañeda). A lo largo de sus cincuenta y dos cuadras, la ciudad muestra todas sus facetas, desde la estudiantil hasta la residencial, incluyendo la de la vida nocturna, y se reúnen casi todos sus sectores sociales. Por eso, se ha constituido como una de las avenidas más emblemáticas de Lima.

Hospital Edgardo Rebagliati Martins Como suele ocurrir en la construcción de edificios públicos en el Perú, también el Rebagliati tuvo dos fechas de inauguración. La primera ocurrió en 1956, en las postrimerías de la dictadura de Manuel Odría –general que dio un golpe de Estado en 1948–, pero el hospital no pudo empezar a funcionar debido a problemas de equipamiento y a escasez de personal, según información del propio portal de EsSalud (2018). Dos años después, en noviembre de 1958, ya durante el mandato de Manuel Prado, se realizó la segunda. Ocho horas después de esta nueva apertura, se reportó el primer nacimiento en sus instalaciones. Su nombre original fue Hospital Central del Empleado, pues su construcción respondía a la creación del seguro social dirigido a este sector. Anteriormente, en la década del 30, se había creado el Seguro Social Obrero, cuyo establecimiento principal fue el Hospital Obrero, hoy Almenara. La organización de ambos sistemas estuvo a cargo del médico y periodista Edgardo Rebagliati Martins. Eso explica que, en 1973, como una forma de homenaje, el hospital reciba ese nuevo nombre (Orrego, 2009).

Campo de Marte Este parque es uno de los pulmones de la zona central de Lima. El lugar que ocupa tuvo varios usos, desde hipódromo (cuyo nombre, Santa Beatriz, compartía con el de la vieja hacienda que le dio origen) hasta pista de aterrizaje, la primera que se instaló en el país. En su centro, se ubica el Monumento a los Caídos del 41, un homenaje a los combatientes peruanos que perecieron en el conflicto con Ecuador. En el lado más cercano a la avenida Salaverry, se encuentra el Ojo que llora, monumento que recuerda y dignifica a las víctimas civiles del conflicto armado interno. La gran extensión del parque atrae a muchos visitantes que realizan distintas actividades, desde las inocuas, como el baile y los deportes, hasta las menos santas, como el fumado de marihuana. Hasta hace algunos años, en la avenida De la Peruanidad, se realizaban los desfiles escolares en por fiestas patrias.

Parque de la Reserva En 1881, en el momento más crítico de la guerra con Chile, el gobierno de Nicolás de Piérola –dictador civil que aprovechó el vacío de poder generado por la élite limeña ante el conflicto para autoproclamarse jefe del Estado– decretó la formación de un ejército de reserva que defendiera la ciudad ante el inminente ataque del invasor. Este grupo de soldados, compuesto por personas que fluctuaban entre los 10 y los 60 años, fue reunido en el bosque de la antigua hacienda Santa Beatriz y participó en las batallas de Miraflores y San Juan. Años después, en 1926, uno de esos reservistas, Augusto B. Leguía, ordenó la construcción de un parque que recordara la inmolación del Batallón de Reserva. El diseño original intentó reunir las influencias neoclásicas y neoperuanas, las que se concretaron en la construcción de una fuente incaica, además de otras piletas que se dispusieron en todo el parque, una huaca ornamental y un pabellón central que servía como el núcleo del conjunto. Artistas como José Sabogal, Cristina Gálvez o Daniel Vásquez Paz participaron en este proyecto, que estuvo a cargo del ingeniero Alberto Jochamowitz y el arquitecto francés Claude Sahut. Sin embargo, el Parque de la Reserva se fue deteriorando con el paso de los años y nadie dio con la clave de su recuperación. En la década de los 80, fue declarado como Ambiente Urbano Monumental (Orrego, 2009), pero eso no impidió su decadencia. En el año 2000, Alberto Andrade lo recuperó en su totalidad, pero, en el 2007, la gestión de Luis Castañeda no tuvo mejor idea que construir dentro un sistema de fuentes de agua, conocido como el Circuito Mágico del Agua, nombre paradójico para una ciudad asentada sobre un desierto y con serios problemas de potabilización. Actualmente, está cerrado para el ciudadano común y es necesario pagar para poder ingresar.

Georg Simmel Filósofo y sociólogo alemán nacido en Berlín en 1858 y muerto en Estrasburgo en 1918, después de la Primera Guerra Mundial. Entre sus principales libros, figuran Problemas de la Filosofía de la Historia (1892) y Filosofía del dinero (1907). En el presente texto, se ha consultado el texto Filosofía del paisaje, en la edición de Casimiro (2016).

Santa Beatriz Algunas páginas inmobiliarias detallan que, en los últimos años, el barrio de Santa Beatriz (urbanización del Cercado de Lima) se ha convertido en una de las zonas más atractivas para vivir. Resaltan, entre otros atributos, su accesibilidad vías medulares y medios de transporte, la existencia de espacios públicos como el Parque de la Reserva, o su proximidad a otros como el Campo de Marte o el Parque de la Exposición, y la disponibilidad de espacios gracias a las facilidades para demoler viejas casonas abandonadas cuyo valor arquitectónico casi se ignora. Santa Beatriz ha cumplido un rol fundamental en el desarrollo urbano de Lima, porque permitió el crecimiento de la ciudad, de manera más o menos planificada y ordenada, hacia el sur. De esta manera, se conectó la zona tradicional con los barrios de Miraflores y Barranco. El impulso urbanizador, como suele ocurrir en la historia moderna de la ciudad y del país, lo inició Leguía, quien construyó una serie de obras de infraestructura que lo hicieron posible, como el tendido de avenidas y la apertura de espacios públicos. En cierta forma, las páginas inmobiliarias no mienten cuando dicen que Santa Beatriz es el centro no declarado de la ciudad, aunque lo es por razones muy diferentes a las que mencionan.

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