Matute

Cuando un lugar tiene una entrada definida y una salida reconocible al otro extremo, el núcleo parece estéril, inservible, un simple espacio que se debe recorrer por defecto, sin astucia y hasta de forma utilitaria. Mi barrio, como la vida, está plagado de principios y finales, de jale y empuje, de subida y bajada. A veces importa el centro, a veces no, aunque no siempre sea lógico o justo. En un laberinto, claro, la cosa es igual; sin embargo, los que cambiamos somos nosotros. Nos enfrentamos no solo al miedo de no saber qué camino tomar o hacia dónde doblar, sino al temor de saber si alguna vez podremos salir. Casi todos, incluido Teseo, lograron salir de esas marañas de concreto, pero aún así los laberintos seguirán siendo, quizá, el concepto espacial más enigmático entre los seres humanos. Y eso, desde afuera, sin asidero, con más de prejuicio que de exotismo, es Matute. Pero ¿es realmente así la unidad vecinal donde crecí? 

Sin contexto e interpretación, un número es un símbolo inanimado y mediocre, evidencia de un intento inútil por ordenar el mundo, controlarlo y hacerlo menos tenebroso. Es por ello que, aunque me haya enterado de grande que Matute es un rectángulo de 230 000 m2, la cifra no tendría mayor valor si no hubiese recorrido metro a metro, solo o llevado por algún tipo del barrio, para explorar aquel espacio que ha logrado sobrevivir a las variaciones que imponen el tiempo y las ordenanzas vecinales.  

Así fue como, un día, el espacio de liberación de varias generaciones se empezó a convertir en una cárcel al aire libre por la imposición de las rejas. Como el resto de Lima, Matute se contagió del virus que alentaba a cercar tu vecindario para que los malos no entrasen, para que las barras no rompieran lunas camino al estadio y para que la segregación fuese evidente: los de allá viven allá y los de acá vivimos acá. Lógicamente, yo no vi eso sino cuando fui grande y luego de años de cuestionamiento, pues en ese momento las rejas solo servían «por seguridad, para que los choros no entren, ¿o quiere usted llegar a las tres de la mañana de una reunión o a las diez de la noche del trabajo y ser asaltada o asaltado por un tipo que vive en las sombras y se parece más a un monstruo mitológico? No quiere, ¿verdad? Entonces, ¡pum! Bien puestas las rejas.»

Nos dijeron que así sería y así sucedió, más o menos, cuando entramos al nuevo siglo. Matute era entonces uno de los conjuntos habitacionales más grandes de Lima junto con la unidad vecinal N° 3, frente a la Universidad de San Marcos, y a la unidad vecinal Mirones, no muy lejos, allí en la avenida Oscar R. Benavides (ex Colonial). Este texto, claro, no es un documento cartográfico de mi sitio, sino, más bien, un ejercicio de reconstrucción de la memoria o mi propio museo quimérico de formas inconstantes.

De Matute se ha dicho mucho, pero se ha escrito poco. Hablar del lugar donde crecí  es discriminar información, contar un pedazo de la historia, reconstruir puntillosamente sin llegar a la precisión del cirujano, comprender las simpatías y las antipatías de la gente, pero, sobre todo, tener claro que nada de lo que se mencione va a ser suficiente o, incluso, justo. 

Lección uno: el estereotipo y el prejuicio deforman la realidad pero, además, la moldean. En Matute, no todos son hinchas de Alianza Lima, aunque vivamos al lado del estadio. Matute no es un foco infeccioso de ladrones y prostitutas, como me dijeron mis primos cuando era chico y hablar así no estaba socialmente condenado. En Matute, no viven los pitucos venidos a menos que adulteraron documentos para que el gobierno de Odría les dejase comprar casas baratas. En Matute, no venden droga. O, sí, pero cada vez menos y de manera más sofisticada, como también pasa en La Planicie. En Matute, no todos se conocen. Es más, cada vez las personas tienen menor contacto y no solo por un fenómeno que se replica en todos sitios, sino porque la gente se va, se va y no mira para atrás, no voltea y regresa presa de la nostalgia a decir «allí jugué mi primer campeonato de fútbol o, en esas escaleras, me metí mis primeras cervezas.» La gente simplemente se va y los que llegan, foráneos o nacionales, saludan poco. Cuando me preguntan si siempre viví allí, respondo que sí, que no es solo mi casa, la de mis padres y la de mis abuelos, sino que compartir ese sitio implica tener que aprender a pelear, jugar pelota o bailar; si son las tres juntas, mejor. 

Matute es percibido desde adentro como un barrio en todas las acepciones sociológicas que pueda tener la palabra: sentido de pertenencia, estrato social medio bajo, peligrosidad, proyección de escala social, en aquel palo encebado al que se refería Salazar Bondy, y tu patria chica, lo que llevas contigo vayas donde vayas. ¿Por qué sigues empeñado en vivir allí?, me interrogan a veces algunos con cierto cinismo. Razón real: dinero y costumbre. Razón romantizada: «Es una inquietud que comparto con dos millones de vecinos», parafraseando a Fontanarrosa cuando se refería a Rosario. Acá no somos tantos, pero me gusta pensar que aún hay cariño.

Con tres niños pequeños y un esposo que de vez en cuando se jugaba el sueldo en el hipódromo, mi abuela se mudó a Matute a los treinta y cinco años. Para 1965, la unidad vecinal Matute ya había sido terminada por el arquitecto Enrique Ciriani, luego de que ya se había empezado su planteamiento y construcción desde los cuarenta hasta hacerse realidad en 1952, durante el gobierno del general Manuel Odría. Si uno revisa Internet, puede ver propaganda y residuos ideológicos de quienes hasta hoy le agradecen la construcción. Aunque mi abuela no entre al ciberespacio, probablemente es una de ellas. 

Esta organización de viviendas tuvo diferentes etapas y arquitectos encargados, de los que quizá Santiago Agurto fue el proyectista más trascendente. A diferencia de la unidad vecinal N°3, por ejemplo, Matute tiene una influencia lecorbusiana que tan de moda se había puesto en Europa y había cruzado el charco para irrumpir por acá con fachadas y plantas libres, conjunción y sostenimiento del enorme bloque sobre pilares, y terrazas que complementasen la composición artística. Para mi abuela, era la casa que podía comprar luego de aprobar la evaluación al ser trabajadora de un estanco de tabaco, estando casada con mi abuelo, un camionero/obrero/guitarrista criollo. La casa propia en Matute fue para ellos lo que para mi generación es el posgrado, la vida de viajes o el reconocimiento burgués y despreocupado: realización. 

Con más o menos realismo que otros, los autores, cineastas y deportistas han retratado y explorado los espacios que habitan y le han dado una vuelta histórica para que sea este, finalmente, el que los habite a ellos. Así, es imposible concebir Macondo (Aracataca) sin García Márquez, Manhattan sin Woody Allen o el Callao sin Carlos Kukín Flores. Entonces, sin llegar mínimamente al grado de los mencionados, de cierta forma trato de reflejar Matute, mi propio Matute, lleno de leyendas, miedos, inseguridades, épocas e incluso colores, porque, claro, los momentos y los lugares tienen colores diferentes como las fotografías.

Lima es gris pero, así como tiene un sinfín de sobrenombres, tiene también muchos colores. Matute, una época fue rojizo, casi carmesí, y estaba revestido de todo lo que evoca un pequeño Hades. Viviendo allí, logré sentir miedo, pero después se fue, desapareció y se volvió azul. Se convirtió en mi propia trinchera, a la que volvía fuese a la hora que fuese, trayendo conmigo el aprendizaje del mundo de afuera donde todo era más normal. Los viajes donde nos terminábamos perdiendo de chicos, en soledad o en una suerte de convoys militares, fungían de simulacros de vida. Luego volvíamos al barrio, y mi barrio era el correo. Le decíamos así porque funcionaba allí una antigua oficina de correos del Perú y, posteriormente, un Serpost. Al lado había un patio largo y abierto donde jugábamos a la pelota, al matagente y al kiwi. Se ubicaba casi entre la esquina del jirón Andahuaylas y la avenida México, y estaba cercado por el bloque 64, el 23, 19 y el 24. En ese cuadrante, nos hicimos grandes y aprendimos, quizá, todo lo que sabemos de la vida, los vicios y las buenas costumbres. 

Cuando hace treinta y un años llegué a mi casa, sin pelo, sin poder hablar y en las manos de una mujer negra que es mi mamá, la vida era otra, Lima era otra, no tenía ni la mitad de habitantes que hoy. Muchos distritos no tenían nombre y la referencia más próxima para ubicarlos era decir «lejos». Hoy, ese lugar al lado del Cercado y rodeado de sitios que se conocen más por reportajes televisivos que por experiencia directa, sobrevive, sigue con rejas, tiene más gente que en otros años y existe, aunque mi Matute no estoy seguro. 

Leonardo Ledesma Watson

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

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