A qué le tememos los limeños: apunte breve sobre la arquitectura emocional de la ciudad

En el número 6 de la revista 3 (1941), Luis Fabio Xammar publicó un inquieto artículo sobre la relación entre Lima y sus acostumbrados sismos. El ensayo se titula «El terremoto en la literatura peruana», y reseña cómo prosistas y poetas de la Colonia y la República ficcionan sobre el nervio que el terremoto dispara en el espíritu de los limeños. Xammar apunta: «El limeño posee una riquísima y envidiable variedad de formas de asustarse que las ensaya con esa misma convicción que pone en todos sus actos. Pero lo más interesante son las consecuencias espirituales, ya sea bajo el aspecto de un fervoroso y transitorio deseo de resolver los problemas arquitectónicos, o -muy especialmente- en ese noble afán de relato y de proeza literaria con que se esfuerza por embellecer el sismo.» Xammar escapa del terreno del comentario literario y, lo desee o no, esboza algunas características de la psicología limeña: su riquísima variedad de formas de asustarse. Y es verdad: esa continua afirmación del temor al terremoto es una constante en Lima que bien puede mudarse a otros miedos inconscientes y muy antiguos de nuestra gente: el miedo a los aparecidos, el miedo al sismo, el miedo al otro, el miedo a nosotros mismos, el miedo al ladrón, el miedo que resulta útil, y hasta el miedo estéril, ese miedo que solo vive de sí mismo y no ayuda a disolver los problemas reales de la vida.

Desde los años de fundación, Lima temía al otro. Los nuevos colonos vivían atemorizados por una posible sublevación indígena que asomara por los cerros de la ciudad. Los indios, de acuerdo con la particular visión de la época, eran otros e indeseables, por lo que se les recluyó en la famosa reducción conocida como «El cercado». Por supuesto, el miedo también se dibujaba en la posibilidad del saqueo y el pillaje de los piratas. Por eso, durante gran parte de la Colonia y las primeras décadas de la República, Lima vivió amurallada, encerrada en su aroma de ciudad virreinal. Casi con ironía, Raúl Porras Barrenechea menciona que «sus muros de adobe no habrían resistido la artillería de los piratas, que nunca la atacaron. Riva-Agüero dice que solo sirvieron para fines de seguridad policial y tributaria y para detener algunas de las montoneras republicanas, hasta que se derrumbaron, vírgenes de pólvora, en el período renovador de Meiggs, para dar lugar a las avenidas de circunvalación». El que hayan perecido «vírgenes de pólvora» nos advierte que Lima vivió con miedo durante toda la Colonia: solo eso podríamos pensar de un elemento de seguridad que no llega a usarse del todo. Considero que ese miedo que la ciudad ha vivido desde hace siglos erige una arquitectura emocional que nos arropa. Las murallas desaparecieron en la década de 1860 (casi doscientos años después de su construcción), pero sobrevino a poco el terror que sintió Lima los primeros días de enero de 1881, cuando las tropas chilenas diezmaban e incendiaban Chorrillos y Barranco. El siguiente botín de guerra (acaso el más codiciado) era Lima. Afortunadamente, lo que se esperaba no sucedió. Y todo gracias a un almirante francés llamado Abel Bergasse du Petit-Thouars. El miedo, sin embargo, se reanudó durante la ocupación chilena, que duró tres años más. Estos casos, por supuesto, solo son ejemplos de escenas históricas trágicas de Lima, pero esconden, en los silencios y gestos de todos, una constante de miedo que no se va. 

La construcción de las murallas de Lima significó aunar arquitectura, planeamiento urbano y miedo en un mismo proceso histórico. Algo similar sucede ahora con las interminables calles enrejadas que transforman a la ciudad en un conjunto de guetos e incontables Limas que respiran aires diferentes: seguridad por dentro y peligro por fuera, como acechando (¿buscando?) ese pasado histórico colonial en que había Lima de intramuros y Lima de extramuros. Al respecto, la sociología contemporánea ya ha estudiado el fenómeno de la inseguridad y la llamada arquitectura del miedo en las ciudades latinoamericanas. Las calles enrejadas no son una rúbrica personal y única de Lima, por supuesto, pero suponen «fragmentos de un lenguaje defensivo muy explícito» (Verónica Livier, Alfredo Ortiz) que cimenta la psicología del miedo en una ciudad (una sociedad) que, temor tras temor, ha sabido construir su historia. En algunos casos, necesitamos ese miedo; en otros, lo ocultamos. Basta un ejemplo: desde 1980 en adelante, Lima conoció el terrorismo en las radios, los televisores y la prensa. Su miedo aún no era fundado, como tampoco era necesario sentirlo y expresarlo. Pero cuando la ferocidad de la violencia senderista tocó las puertas de las antiguas murallas y se empezó a derramar en toda la ciudad, Lima conoció el terror. Y regresó al estado natural de siglos anteriores. 

El miedo de nuestra arquitectura emocional no es gratuito, en efecto: es un miedo contractual, que solo es activado -que solo ejercemos- cuando nuestra realidad (individual, familiar, social o próxima) es golpeada, mas no cuando la realidad del otro es interrumpida por la adversidad, la tragedia o la muerte. Es el miedo que sobreviene cuando la víctima soy yo, pero no cuando eres tú. Los millares de rejas en calles de Lima solo responden al miedo de quienes viven en ellas; el resto (los otros) no importa. Como tampoco importan los temblores que no llegan, y nuestras risas y bromas durante los simulacros de sismo que solo cumplimos por ordenación o tarea. Pero cuando el terremoto empiece de verdad, temblarán las calles. Y el nervio del limeño, también.

Como toda reflexión, estas líneas solo son una apertura a una discusión mayor. De alguna forma, nuestro miedo es un gesto más, una seña poco visible, pero latente de lo que hemos sido y del todavía que nos aguarda. Es un miedo que solo es, después de todo, una manifestación morosa, perenne del individualismo que ha abrazado, desde hace siglos, nuestra identidad. 

Zandor Emerson Zarria

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

3 Revista cultural que se publicó en Lima entre 1939 y 1941. Sus directores fueron Arturo Jiménez Borja, Luis Fabio Xammar y José A. Hernández. 

Luis Fabio Xammar (1911 – 1947) Escritor, ensayista y crítico literario peruano. El ensayo de Xammar citado en este texto se titula «El terremoto en la literatura peruana»y fue publicado en el número 6 de la revista 3 en septiembre de 1940.

El Cercado Zona urbana de Lima conocida como Barrio del Cercado, que fue inicialmente una reducción de indios implementada durante la segunda mitad del siglo XVI. El Cercado de indios de Lima se ubicó en una parte de los Barrios Altos que actualmente colinda con el distrito de El Agustino. 

Raúl Porras Barrenechea (1897-1960) Historiador, ensayista, diplomático y político peruano. Miembro insigne de la denominada Generación del Centenario, destacó por su trabajo como diplomático, historiador del periodo colonial y limeñista confeso. El fragmento de Porras que es citado en este texto pertenece al ensayo «El río, el puente y la alameda», inserto en la última edición de su libro Pequeña antología de Lima (2010). 

Abel Bergasse du Petit-Thouars (1832-1890) Marino francés que ostentó el cargo de Comandante en jefe de la escuadra francesa durante la Guerra del Pacífico. Gracias a su intervención, el ejército chileno de ocupación no se entregó al saqueo y la destrucción de Lima. En honor a su participación en el conflicto, una avenida muy importante de la ciudad lleva su nombre. 

Verónica Livier Díaz Núñez & Alfredo Ortiz Alvis son los autores del estudio «La ciudad y la arquitectura del miedo. Estudio conceptual comparativo entre el fraccionamiento habitacional cerrado de lujo contemporáneo y la bastida medieval», publicado en la revista Nodo en 2014.

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