Al final del arcoiris

Ya en la entrada a Huachipa, las nubes se transforman. Dejan atrás el extenso colchón, típico de la ciudad, plano y melancólico, y asoman formas animalescas: caballos agigantados que se adentran en manada hacia los cerros, hacia el remoto inicio de la cordillera. Estamos en los márgenes de Lima, en un centro poblado incrustado en el extremo este de la ciudad, a medio camino entre la urbe y la zona agrícola, donde en la Colonia pululaban las haciendas de esclavos traídos de África. De pronto, un huracán de papeles y bolsas sucias empieza a sobrevolar el bus y se apoderan del paisaje tras los vidrios turbios. Parece que los desperdicios desparramados tuvieran vida propia. ¿O es el viento que traza una corriente y los arrastra como peces migratorios? Es extraño verlos a tanta altura. Por lo general, no vuelan más de un metro, y ahora se aferran a las ventanas, a las llantas del bus como bestias dentadas, como controlados por diosas violentas que no están dispuestas a dejar volver a los parroquianos. No hay marcha atrás. 

Al final de la autopista Ramiro Prialé, antes de llegar al zoológico y los restaurantes turísticos, un bloque de concreto va asomando su perfil: un cuadrante un poco indefinido. Apenas se distingue un cubo blancuzco que muestra unos ladrillos a los costados como vísceras expuestas. Sobre la ribera del Rímac, entre una constelación de casas precarias y dispersas, como forrado por un trozo de tela percudida, se vislumbra un cubo de cemento cerrado sobre sí mismo, cuyo cuerpo muestra el número 100 tatuado con aerosol. Apenas deja una minúscula abertura por donde puede entrar solo un hombre a la vez, una ranura estrecha y cálida, una vulva a gran escala. Los parroquianos, entonces, debemos turnarnos para entrar y salir. Si uno se para en la acera de enfrente, es como ver una cuadrilla de insectos obreros pugnando por ingresar a su avispero. No es gratuito que estemos cerca al zoológico. 

El área, además de este enclave de distracción animalesca, era zona de haciendas. Se cuenta que, en agosto de 1713, había aquí un palenque, una comunidad fortificada de negros libertos, organizada y controlada por alcaldes, generales y capitanes de la misma comunidad. Los hacendados quisieron aniquilar este bastión de rebeldes y organizaron un ejército al mando del corregidor de Huarochirí, Martín Zamudio de las Infantas, quien, junto a García Mogollón, arrasaron con todo el palenque. Se dice que la batalla duró 12 furiosas horas. Finalmente, los negros rebeldes sucumbieron, masacrados o apresados.

Huachipa, tiempos violentos solapándose en un mismo espacio: campos de cultivo, esclavitud, comercio de la carne… Una constelación de locales (El oasis, La rica miel, Cassanova, Las palmeras VIP, del que Las conejas -hoy Las condesas- es quizá el más emblemático, y a los que se se puede llegar en los motataxis que se estacionan en la entrada a Huachipa) dan vida nocturna al lugar, articulados alrededor de Carapongo: bares, restaurantes salpicados con locales de música folclórica, panorama al que a veces se incorpora como una santa anomalía una iglesia evangélica, carwashes o restaurantes turísticos que de noche se convierten en prostibares. ¿Pero cuándo se empezó a dibujar esta zona rosa crecida como por generación espontánea?

La fama prostibularia de Huachipa se remonta quizá a los años 70. Walter, un asiduo cliente de Amazonas, me cuenta sus primera incursiones adolescentes. A mediados de esa década (74 o 75, tal vez), en pleno gobierno revolucionario del General Juan Velasco Alvarado, solía tomar un bus desde el centro de Lima hacia Huachipa, que, en esos años, estaba separada del casco urbano. Con uniforme escolar, una bandada de muchachos entre 14 y 16 años, se bajaban al vuelo en lo que hoy es la entrada a Huachipa y, enterrando los zapatos en el polvo, se deslizaban por la carretera hacia la ribera del río. Entre matorrales y una extensa vegetación, los esperaban unas cinco o seis mujeres que atendían a los muchachos en improvisados cuartuchos hechos con sábanas atadas a los arbustos para regalarles, por unas pocas monedas, en muchos casos, una primera lección sexual. En su memoria, las ve como mujeres ya maduras, de entre 30 y 40 años, que jamás iban vestidas con ningún atuendo provocativo. Según cuenta, parecían más bien tías o primas mayores, o madres de familia de cualquier familia. Solo se trataba de acercarse, saludarla y atenderse. Pasar esa sábana hacia ese cuarto improvisado era, recuerda, la consumación de la madurez, el fin de una ansiedad acumulada toda la semana. Si ya eras casero, las caricias y besos eran parte del servicio. Pero jamás se desnudaban. Apenas se levantaban la falda y se tendían sobre la hierba olorosa.

Hoy ese paisaje casi bucólico es absolutamente inexistente. El verdor de la ribera del Rímac ha sido reemplazado por casas, bares y negocios. En esa zona cargada de energía sexual, después de mirar en todas direcciones (mis amigos son de la zona y temen por su reputación), como aquellos colegiales cuarenta años atrás, decidimos entrar. Apenas uno se interna en el avispero, se despliega la escalera sin tarrajear. En la cima, nos recibe un gato dorado de la suerte puesto como una deidad sobre una columna improvisada, un guiño oriental que contrasta con la atmósfera puteril (focos ahorradores cubiertos con celofán rojo), y un olor a orina y humor rancio que bracea en el ambiente. Un portero ebrio, encarnación de Marmeladov (ese demonio alcoholizado del universo de Dostoyevski), nos cierra el paso. Apesta a alcohol industrial, que se mece, flojo, en una botella de gaseosa:

—Dos soles —nos dice tambaléandose, y nos señala una olla vacía puesta en el suelo, donde se deposita el monto de la entrada. Me es inevitable pensar en la olla de oro de las leyendas irlandesas. Más que el pago por el ingreso, parece una ofrenda báquica.

En el descanso de la escalera, una robusta matrona nos da la bienvenida:

—Adelante, escojan sus chicas. Acá, todas somos cien por ciento peruanas.

De inmediato, baja las escaleras con un ramo de ruda. Empieza a sacudir los peldaños repitiendo una letanía, entre la que distingo apenas algunas mentadas de madre. Es como si quisiera espantar las mala vibras o desaparecer nuestros pasos, como si lo caminado allá afuera tuviese que ser borrado para empezar aquí de nuevo. Ingresar al panal es como subir a un infierno invertido y empezar a jugar bajo otras leyes.

De golpe de vista, el panal tiene una arquitectura imposible. Sin embargo, el principio sobre el que está hecho este burdel es el más elemental y antiguo del mundo. Sigue la arquitectura primitiva de las cuevas. Los expertos la llaman arquitectura estereotómica, una construcción que se sostiene por el apilamiento de sus partes, que se presionan entre sí y se clavan en la tierra para generar estabilidad. Las cuatro paredes se sostienen entre ellas para no caer, quizá por un secreto sentido de cofradía. No hay más orificios que la entrada. La base se asienta en las entrañas de la ribera del río como si de ella emergiera. El panal es lo telúrico y también oscuridad, un hueco cerrado sobre sí mismo. La única luz que succiona con dificultad del mundo exterior es la que se logra colar por algunos orificios, pequeñas fallas de diseño, rastros de miel que se chorrean por un panal imperfecto.

Al lado de un estrecho corredor, están los cuartos, más o menos unos diez, madrigueras abiertas en las paredes como boquetes, heridas expuestas en un gran cuerpo deforme, hechas sin la menor planificación, como a combazos, cuchitriles abiertos a puñetazos por un gigante a sueldo. No tienen marcos ni dinteles definidos, y las puertas son enormes bolsas negras de basura, despanzurradas de par en par y sujetas a cables, puertas corredizas y endebles que se repliegan cuando alguien va a atenderse.

Me acerco a una de las chicas y le pregunto por el servicio:

—32. Completito, y con amor. Las viejas lo hacemos más rico. Te chupo tu pinga rosadita. Con todo y bolas.

Sigo internándome en el panal. La primera no me ofrece ningún atractivo. En general, y contra mi amplio espectro estético, no veo ninguna chica medianamente atractiva. Al rato, encuentro una que está encerrada en su cuartucho, tapada con una manta rosada con personajes de dibujos infantiles, y chateando en su celular:

—¿Cuánto, amiga?

—¿Eres ciego? Estoy ocupada, vete. Afuera hay más mujeres—. Me da ganas de mandarla a volar, pero recuerdo que estoy en su territorio. Me trago mi orgullo y sigo mi camino. Debe haber tenido un día duro.

Veo que mis amigos, después de dar una rápida inspección, se han entornillado en la entrada, esperando agazapados, escrutando mis movimientos, esperando el instante exacto en que me zambulla en alguna de estas covachas.

Al fondo, veo una muchacha rescatable. Una larga cabellera y caderas amplias, una matriz muy espaciosa en la que podría alojarse una cría de mula. Sus ojos despiden un relumbrón violento, como un objeto a punto de explotar en mil pedazos. Su mirada casi huele a gasolina. Sin pensarlo, entro, y escucho las risas de mis compañeros, un gesto mudo de complicidad e incredulidad que esconden cierto rechazo. Adentro, hay espacio apenas para un catre y una canasta rebosante de papeles y preservativos, estirados y todavía tibios, agazapados en un rincón. Las sábanas lucen plomizas y espolvoreadas con uno que otro vello ondulado y opaco, muestran una inmovilidad amenazante, como insectos minúsculos a punto de saltarte al cuerpo. La chica se desnuda. Tiene un tajo irregular que le atraviesa el vientre, quizá una cesárea mal practicada. Me saco la ropa y me recuesto con tanta fuerza que siento los fierros del catre traspasar los cartones y el pedazo de espuma que sirve de colchón.

—¿Nuevo por aquí, no?

—Nuevecito.

—Habrá que sacarte el taco, pues.

Una mata negruzca se abre en flor y me arrastra hacia sus labios gruesos y amoratados. Yo prefiero ponerla en perro de frente para salir lo más rápido posible. Me perturba un poco ver su rostro impasible, cierta actitud mecánica. Además, la chica del cuarto contiguo comienza a conversar a gritos a través de las paredes de triplay, llamando a la chica que está conmigo y riéndose a carcajadas:

—Kelly… Este huevas no saber cachar.

—El mío suda mucho. Lo boto rápido y vamos por un caldo.

Ese diálogo me desconcentra, y la verdad es que a esas alturas ya se me quitaron las ganas. La portentosa erección empieza a declinar con los últimos rayos de sol de la tarde, calculo. Empiezo a renegar por la plata echada al agua. Me tiendo y la muchacha intenta masturbarme. Le digo que lo deje ahí, recriminándole que no sepa hacer bien su trabajo: al menos, mantener la ficción en un nivel aceptable.

—¡¿O sea, a ti, huevón, se te muere el muñeco y a mí me echas la culpa?!

Es inútil. Por más voluntad de mi parte y esfuerzos suyos, no hay nada que hacer para recuperar los bríos, así que me cambio y salgo. Hay muchas cosas en el mundo para las que la simple voluntad no sirve. Es solo una palabra hueca para no sentirse peor. A pesar de todo, la rabia no se esfumaba, la certeza sorda de haber sido estafado.

Mis amigos esperan debajo del gato de la suerte. El felino ese me mira sonriente y entonces entiendo la señal. Voy corriendo hacia la olla, cojo las monedas que puedo y salimos disparados escalera abajo, descendiendo del infierno invertido hacia el mundo de los vivos.

—¿Qué hiciste, puta mare, Caminante? Nos van a cagar.

—Nada, sigan corriendo.

Subimos a todo pulmón el puente que cruza hacia el zoológico. Nos subimos al primer bus que corea la ruta hacia el centro de Lima. Nos alejamos desde la otra Lima, esa zona periférica de la capital a la que algunos se asoman uno que otro fin de semana a comer platos típicos o ver animales enjaulados, la que parte de la ciudad percibe solo como un espacio de recreo. No miramos hacia atrás. La combi se interna en la Ramiro Prialé. Veo pasar veloces las vallas de cemento de la atarjea. Me hubiera llevado toda la olla, pienso. Pero acaricio en silencio el puñado de monedas de mi bolsillo, mi preciado y deshonesto botín, mi forma de alcanzar el final del arcoíris.

Javier Arnao Pastor

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes


Datos de apoyo

Amazonas. Es el nombre común con el que se le conoce a la Cámara Popular de Libreros, Alameda de la Cultura, la feria de libros de viejo más grande de Lima. Está ubicada a la altura de la última cuadra de la Av. Abancay, en la cuadra 4 del jirón Amazonas, sobre la ribera del río Rímac.

Carapongo. Es el nombre de una localidad que pertenece al distrito de Lurigancho-Chosica. Está ubicada a 200 m s. n. m., sobre el margen derecho de la cuenca del río Rímac. También, es el nombre de una importante avenida que conecta Huachipa con la zona de Ñaña. A lo largo de sus cuadras, se ubican restaurantes y recreos, donde se vende pachamanca y comida típica de la sierra central, y se realizan conciertos de música andina.

Ramiro Prialé. Es el nombre una autopista de la ciudad que recorre la ciudad de manera paralela al río Rímac. Inicia en la confluencia con la Vía Evitamiento y concluye en el intercambio vial de Cajamarquilla. Actualmente, está en proceso de ampliación, y llegaría hasta Huarochirí. Esta autopista es una importante vía de acceso, pues conecta el Cercado de Lima y El Agustino con distritos de Lima este como Huachipa y Chosica. Además, constituye una ruta alterna a la Carretera Central. Lleva su nombre en honor a Ramiro Prialé Prialé (1904-1988), abogado, educador y político peruano, secretario del partido aprista de 1956 a 1968.

Huachipa. Santa María de Huachipa es un centro poblado menor perteneciente al distrito de Lurigancho-Chosica. Comprende cinco sectores: la urbanización El Club (primera y segunda etapa), La Capitana, Santa Rosa, Huachipa Norte y Los Huertos de Huachipa. Esta zona siempre perteneció al distrito de Lurigancho, creado en 1825 por Simón Bolívar. En la colonia, se ubicaba aquí la hacienda de Nievería, también llamada el corral de nieves, donde se almacenaban los bloques de hielo que se traían de la cordillera, y que luego eran enviados a Lima. En este lugar, también había varias haciendas, donde se producían los alimentos que abastecían a la ciudad. Además, durante la Colonia, Huachipa era un lugar de tránsito obligado a la sierra central del país. Ya casi al final del siglo XX, debido al gran tamaño del distrito y después de un largo proceso, Lurigancho se divide y se forma el distrito de San Juan de Lurigancho, por lo cual Huachipa queda dentro de los límites del actual distrito de Lurigancho-Chosica. En 1992, el Concejo Metropolitano de Lima, durante la gestión del entonces alcalde Ricardo Belmont Cassinelli, acordó crear la Municipalidad del Centro Poblado de Santa María de Huachipa, en el distrito de Lurigancho.Actualmente, los residentes buscan consolidarse como un nuevo distrito. Por lo general, los limeños de otros distritos más céntricos dejan atrás su endogamia para viajar una hora y media al menos y acercarse a la zona con dos fines: mortuorios (enterrar sus muertos en el gran cementerio Mapfre) y recreativo-alimenticios (al zoológico y los restaurantes campestres).

Zoológico de Huachipa. Su nombre oficial es Centro Ecológico Recreacional Huachipa. Es manejado por la empresa Sedapal, por lo que tiene una exposición que muestra el tratamiento del agua del río Rímac.

Rímac. Es un río que atraviesa Lima y el Callao, conjuntamente con el río Chillón por el norte y el río Lurín por el sur. Su nombre proviene del quechua, donde significa hablador. Por ello, también es conocido por los limeños como el Río Hablador. Existe un distrito que lleva el mismo nombre, uno de los más antiguos de la ciudad.

Un comentario sobre “Al final del arcoiris

  1. Muy buena crónica, entretenida narrativa con los toques históricos necesarios.
    Me quedo con mucha curiosidad sobre la hacienda Nieveria la cual mencionas en los datos de apoyo, debo reconocer que no había escuchado nunca sobre ella.

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