Una epifanía (en las calles de Lima)

Según las diversas emociones que experimentamos en el espacio, este adquiere una consistencia de otra dimensión dentro de la memoria. Es así como ciertos lugares, sin importar su volumen, nos parecen de mayor o menor densidad, de mucha o poca profundidad, de alta o baja temperatura e, incluso, en algunos casos, de gran o nula luminosidad. Alguien, a causa de los recuerdos generados por el espacio, ya sean propios o prestados, puede, ante un sitio determinado, hundirse sin moverse, sentirse estrujado por la nada, comenzar a diluirse en silencio o quedarse enceguecido por la nostalgia, entre otros posibles estados. Para que la emoción reencarne en el espacio, se requiere haber acumulado la mayor cantidad de sensaciones físicas del instante en el que se manifestó la emoción en todo su esplendor. Con más información sensorial resguardada en la memoria, lo ausente parecerá regresar a donde sea que se halle uno, más aún si las mismas sensaciones permanecen allí presentes. Cabe decir, por lo tanto, que existe una representación sensorial única de la ciudad —o de cualquier otra área— por cada ser que la habite, la recorra o la atraviese. Esta cartografía de las sensaciones, las emociones y las experiencias, que cada uno carga, es la que proyectamos sobre el presente y que muchas veces no coincide —no encaja ya— con lo que existe.

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En ciertos rincones de Lima, fui testigo de escenas aparentemente insignificantes que, pese a esa misma nimiedad, no dejaban de conmoverme y hasta de estremecerme. A veces eran un gesto; otras veces, una disposición de objetos, y, algunas veces más, no eran más que fruto del ángulo desde el que veía tales escenas. En la actualidad, todavía no he descifrado todos los mensajes que me fueron transmitidos por estas, en la interminable fugacidad que las caracterizaba. Solo sé que, en su momento, esos instantes me cautivaron con algún atributo que no sabía reconocer. Ahora, apenas me conformo con atesorar —cada vez con menor nitidez— algunos de sus detalles. En mi cartografía personal, estos rincones se comportan como lugares muy luminosos, aún perceptibles por ello, en la siempre creciente distancia de los años. Sin embargo, también soy consciente de que no son reales para nadie más. El día que yo me olvide de ellos o fallezca, jamás volverán a ser invocados. Cuando vuelvo a toparme con alguno de ellos, me sumerjo en el pozo de la memoria para llegar hasta esa sensación física a partir de la cual las demás vendrán en cadena. No debe extrañar que, en el intento de describir todo este proceso los vocablos «rincón», «escena» e «instante» terminen convirtiéndose en referencias de un único fenómeno: el de la epifanía. 

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Una de estas escenas ocurrió en el cruce de las avenidas Arenales y Canevaro, en Lince, un frío domingo por la mañana, hace ya más de diez años atrás. En una esquina, frente a un poste que sujeta los letreros con los nombres de ambas calles, un anciano se mantiene de pie sobre un banco. Unos pocos centímetros debajo de dichos letreros está instalada una placa de aluminio dorado. El anciano remueve el hollín acumulado sobre las inscripciones de la placa con un pequeño trapo de franela. La combi que me traslada hacia el trabajo se ha detenido porque el semáforo ha marcado la luz roja. Dado que ocupa el carril más cercano a la vereda, el trabajo de limpieza realizado por el anciano es observado por todos los pasajeros. Yo me hallo en la cabina de la combi, en el asiento del copiloto, con la ventana abierta y la figura del anciano a menos de un metro de mí. Por ese motivo, puedo contemplarlo con cuidado y sin apuro. Hasta aquí apenas he registrado la información que recogí con solo unas miradas, en menos de un par de segundos, esa mañana. La epifanía, el instante de deslumbramiento que se apoderó de mí, comienza cuando advierto que la placa es en homenaje a un joven soldado caído en el conflicto con Ecuador.

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En un lado de la placa había sido impreso el retrato del muchacho, mientras que en el otro extremo aparecía el escudo del Ejército peruano. Una reducida porción de color negro permite reconocer que en esa imagen él estaba vistiendo uniforme. Su nombre completo, sus años de nacimiento y de fallecimiento, su grado, todo esto aparece inscrito en letras que también son de color negro. Se le llama «Héroe del Cenepa» . Aquí el color de las letras había cambiado a rojo, y se indica que él había vivido en esa cuadra de la avenida Canevaro, aquí habían vuelto a negro. El anciano debe ser familiar suyo, recuerdo que pensé. Y por su edad, hasta podría tratarse de su padre. No hay nada que me lo asegure, pero es lo que infiero de inmediato. ¿Acaso, si no fuera por la existencia de un genuino lazo afectivo, como lo suele ser el consanguíneo, alguien saldría un domingo por la mañana —debían ser las nueve recién— a realizar esta tristísima labor? Es en este momento de incertidumbre, es imposible de satisfacer mi curiosidad, que mi imaginación comienza a moldear una historia en mi mente. Creo ver el dolor de ese hombre —de esa familia, de ese barrio— por el hijo perdido. Creo estar junto a ellos el día que deciden colocar la placa en ese poste.

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La epifanía se asoma desde el momento en que se comienza a imaginar, de modo que el otro —en este caso, aquel anciano— se vuelve en un personaje de una historia sobre la que no se tiene control alguno. Sin embargo, la epifanía solo se descubre sin miramientos cuando uno deja de ser uno mismo y trata de sentir lo que el otro podría sentir en esa historia imaginada que —maravillosamente— se concreta frente a uno. En la epifanía, durante ese instante, se es testigo y protagonista al unísono, a causa de este afán de entender por completo —ya no con la razón, sino con la intuición— lo que está ocurriendo. Lo que sentí fue pena. Yo también percibía el vacío de ese hijo ajeno. Aunque la placa, con su mensaje, con su sola existencia, servía como consuelo. El dolor cedía ante el orgullo. El orgullo era una forma de sana resignación por lo perdido. Por ello, por lo perdido y por el orgullo había que mantener la placa sin hollín. Por más que solo unos cuantos estuvieran enterados de su valor, de su simbolismo. Por supuesto, ese domingo por la mañana yo no era consciente de que esto era lo que sucedía dentro de mí mientras ese anciano limpiaba la placa. Solo me quedé mirándolo fijamente, sin ninguna de estas palabras rondándome. 

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¿Por cuánto tiempo estuvo la combi detenida? Debió ser menos de un minuto. La presencia del anciano es un recuerdo fugaz. Si ahora fui capaz de mencionar muchos detalles, es porque luego tuve más de una oportunidad para mirar la placa. Sé que durante algunos años más continuó fijada a ese poste. Ahora no está. Las últimas veces que transité por ese cruce no se me ocurrió buscarla. Fue recién hace unas semanas atrás, quizás ya sean dos o tres meses de ello, que caí en cuenta de su ausencia. En esa esquina, que el día de la epifanía era ocupada por un inmueble de un piso, construido, evidentemente, con adobe, hoy es un edificio de oficinas de más de diez pisos. En la esquina del frente se ha construido uno similar. El poste es otro, es nuevo. El hecho de no vivir cerca ha impedido que permanezca pendiente de las variaciones que se han llevado a cabo en estos años. ¿Se habrá enterado el anciano de la desaparición de la placa? ¿Por qué no se la volvió a restituir? ¿Alguien más, así como yo, habrá extrañado su presencia, pero, sobre todo, la historia (imaginada) o el simbolismo (real) que encerraba? ¿Cuántos otros rincones de esta ciudad, hinchados de emociones vividas por otros en el pasado, se están extinguiendo en este preciso instante? 

Paulo César Peña

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

Conflicto con Ecuador (“Guerra del Cenepa”) Entre enero y febrero de 1995, patrullas militares de Ecuador y del Perú protagonizaron algunos enfrentamientos armados en la cuenca del río Cenepa, en la zona conocida como Cordillera del Cóndor. Ecuador desconoció el acuerdo diplomático vigente y movilizó sus tropas a la frontera con el Perú, al segmento que faltaba demarcar con hitos. Debido a los ataques mutuos, ambos ejércitos presentaron un número considerable de bajas, si bien las cifras exactas varían para los dos países. El acuerdo diplomático impulsados por los países garantes (Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos) permitió el cese de las hostilidades, así como la ratificación por ambas naciones de los límites propuestos. Fue el último conflicto militar que se registró en América del Sur.

Av. Arenales Es una importante vía, en el eje norte-sur, entre la urbanización Santa Beatriz, que forma parte del Cercado de Lima, y la avenida Javier Prado, en San Isidro. Acompaña en paralelo a la avenida Arequipa a lo largo de una veintena de cuadras, atravesando los distritos de Jesús María y Lince. En su trayectoria aún es posible observar inmuebles de indudable valor histórico-arquitectónico, así como los terrenos del Museo de Historia Natural o del Seguro Social del Empleado. Asimismo, alberga a los centros comerciales Arenales y Risso, que configuran alrededor de ellos a una tupida red de negocios de diversos rubros. El general patriota Juan Antonio Álvarez de Arenales, quien da nombre a la avenida, nació en España (aunque según algunos investigadores es de origen argentino), en 1770, y murió en Bolivia, en 1831. Estuvo a cargo de la dirección de la primera campaña que las huestes del general José de San Martín llevaron a cabo por los andes peruanos, como parte de la expedición libertadora del sur.

Av. Canevaro Es una de las avenidas más emblemáticas de Lince. Recorre el distrito en el eje este-oeste y comunica a la avenida Salaverry, en San Isidro, con la avenida Juan Pardo de Zela, en el cruce con Arenales. En su extremo oeste se encuentra el Parque del Bombero, uno de los sitios más conocidos del distrito. En el último lustro, el boom inmobiliario ha promovido la desaparición del perfil más tradicional que mostraba la avenida, con hogares y terrenos que muchas veces no pasaban de uno o dos pisos. César Canevaro fue un empresario peruano de origen italiano que durante la guerra del Pacífico dispuso parte de su fortuna en bien del ejército y, más aún, del batallón que él comandaba. Ocupó diferentes cargos públicos (alcalde de Lima, diputado, senador, vicepresidente de la República) luego del conflicto. Falleció en Lima, en 1922, a la edad de 76 años.

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