EN LIMA HABITAN LOS FANTASMAS

En Lima habitan los fantasmas. Y no me refiero exactamente a aquellos que mueven objetos, y que aparecen de vez en cuando y alcanzamos a ver con el rabillo del ojo. Estas apariciones también tienen forma de lugares, de casas, de bancas en los parques que ya no están. En muchos casos, se trata hasta de esculturas que existieron en un espacio de la ciudad y hoy han desaparecido de forma física. 

1.

Tenía 8 años y mi padre me dijo que me llevaría a conocer una banca que funcionaba como un teléfono. Hasta ese momento, el único artefacto de comunicación que me servía para entretenerme era un artilugio formado por dos latas vacías de leche Gloria y una pita de algunos metros de largo que había visto hacer en algún programa de televisión, y que llevaba al colegio para experimentar esa comunicación con mis amigos. Caminamos hasta la avenida Tacna, hacia un paradero cercano a la iglesia de las Nazarenas. Yo le pedía a mi padre caminar una cuadra más, pues quería ver qué película proyectaban en el cine Tacna. Estaba muy interesado en saber si Superman 2 ya estaba en cartelera. Accedió y cruzamos la avenida Emancipación rumbo a la siguiente esquina, donde tomaríamos el carro hacia esa extraña banca telefónica. Por ahora, mi interés estaba enfocado en ver la marquesina del cine, debajo de la brillante palabra Tacna en aluminio plateado. Nada, aún no la estrenan, así que seguimos caminando.

Tomamos la línea 13. Estaba medio vacía y pronto encontramos dos asientos. Yo me senté al lado de la ventana. En la esquina siguiente, estaba el restaurante Mario y, pasando la avenida La Colmena, la Casa Dei Capelleti, donde ya había ido a comer lasaña en mi cumpleaños ese mismo año. Mis ojos siempre se abrían cuando, un poco más allá, en la avenida Wilson, me quedaba contemplando la extraña figura de hierro de un monstruo que devoraba personas, en un lugar llamado Mokambo. Algún estímulo del entorno me distraía siempre, y volvía a concentrarme en la ruta cuando mi padre me señalaba una cruz de madera en la plazuela Elguera, y cuando pasábamos por ahí, me contaba por enésima vez la misma historia: ahí un patriota había sido fusilado por los chilenos y esa cruz había sido colocada en su memoria.

Siempre recuerdo la avenida Arequipa 340, solamente por esos tres grandes números en la fachada, que significaba para mí que muy cerca estaba el paradero del Estadio Nacional, donde los domingos iba con mis amigos a jugar pelota en las canchas de la explanada, en la tribuna sur del estadio. «Vamos a bajar», dice mi padre, y caminamos hacia la puerta. Solo falta la esquina siguiente y bajamos. Mi curiosidad es grande. Quiero conocer esa banca telefónica que captura las voces y las lleva de un lado a otro. Es un parque en cuyo centro efectivamente hay una banca grande de granito, de figura semicircular, y al medio del semicírculo, la escultura de un personaje que figura con nombre latino y apellido norteamericano: Jorge Washington.

Corro hacia un extremo de la banca circular, mi papá va al otro. Ya posicionados, él habla desde su lado. Yo pego el oído, pero no escucho nada de lo que él dice. ¡Esta banca telefónica es un fraude! No lo escucho. Él sigue hablando, pero yo no oigo nada. Me doy cuenta de que hay ruido en el parque. Otros niños corren, otras personas conversan sentadas en la banca, y yo solo quiero escuchar qué me está diciendo mi padre. Lo miro molesto. Él sigue hablando con la boca pegada al granito. Yo vuelvo a pegar el oído, y lo escucho. ¡Sí, ahora lo escucho! Es verdad, esa banca, por alguna extraña razón, conduce nuestras voces. Yo aprovecho y le digo, por medio del frío granito parlante, que quiero ir a comer una salchipapa a La Ballena. Lo miro y él asiente. ¡Esta banca es un éxito!

2.

Esa tarde de jueves los cursos son aburridos. Nos toca Religión, Educación por el Arte, y Literatura, además de dos horas de OBE. Converso con dos compañeros en la puerta de nuestro colegio, exactamente en el patio de cuarto año de secundaria, que está en la esquina de la avenida Uruguay y el jirón Chota. «No hay que entrar. Si hacen clase, yo me presto a la salida el cuaderno de Literatura de alguno de mis chacales y le sacamos copia», me convence uno de mis compañeros. No entraremos, nos iremos a caminar: nos tiraremos la pera esa tarde.

Lo primero que hacemos es sacarnos la chompa celeste que nos identifica como guadalupanos, guardarla en la mochila y ponernos alguna otra que siempre llevamos por si acaso. Yo me quedo solo en camisa. Quitarnos la chompa tiene un doble motivo: evitar ser identificados por algún profesor que esté también caminando por alguna de las calles donde estaremos, además, y por prevención, evitar ser identificados por algún grupo de melgarinos que también decidieron tirarse la pera. Al final, ellos también suelen hacer lo mismo. Igual, siempre hay manera de identificarnos: por aquellos años, a los guadalupanos nos obligaban a tener el cabello corto; los del Melgar lo usaban largo, a la moda, y no les decían nada en su colegio. ¡Qué suerte, ¿no?!

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Cruzamos la pista, hacia Scala Gigante en la esquina de la avenida Venezuela. Entramos a buscar el stand de Disco Centro a ver los últimos LP que han llegado. En su vitrina, Iron Maiden y Quiet Riot; en sus parlantes, Rick Astley y luego Wham! «¿Puede probar este disco de Iron Maiden?», pregunta uno de mis compañeros con voz seria, como si de verdad fuera a comprar ese LP. La chica que atiende le cree y prueba el disco, ahora por los parlantes suena «The Number of the beast» con la guitarra acelerada de Dave Murray. Muchas personas voltean a mirar. El sonido no parece ser del agrado de la mayoría. La chica baja un poco el volumen. Nosotros protestamos: «¡Nuestro amigo va a comprar el LP! «Una canción más por favor», insiste mi amigo. Ahora suena «The Trooper». Sacudimos la cabeza al ritmo de la música y cuando la chica nos dice «¿van a llevarlo?», nosotros sencillamente salimos caminando hacia la puerta.

Nuestro siguiente destino: el pinball que está cerca a la plaza Bolognesi, en la misma avenida Alfonso Ugarte. El encargado no nos quiere vender fichas: dos estamos con uniforme, pero uno está con chompa de calle, y a él sí le vende. Luego nos las entrega. El lugar está lleno. Yo con mi ficha voy al juego que me gusta, uno que se llama Gyrus Arcade. Empiezo a jugar vigilando que no me vea el encargado. Es casi seguro que vendrá a pedirme que me vaya, porque estoy con camisa de colegio. No importa, igual ya perdí. Voy a buscar a mi amigo que está en otro juego. Mucha gente lo rodea: los mirones que nunca faltan, parados atrás de él viendo cómo pasa uno tras otro los niveles del juego, uno llamado Vanguard. Nos aburrimos de esperarlo. Él no pierde y, con su única moneda, ya va jugando casi media hora. Le desconectamos la máquina y salimos corriendo de ahí mientras él nos persigue molesto. Corremos algunas calles muriendo de risa y cuando nos alcanza, estamos tan cansados que se le olvida reclamarnos. Nos sentamos a descansar en una de las bancas de mármol del Paseo Colón. 

Las horas pasan. Caminamos por el Parque Neptuno, cruzamos al Paseo de los Héroes Navales. Es hora de regresar para ver si hicieron clase en Literatura. Entramos por los abandonados corredores del Centro Cívico buscando salir a la avenida Wilson. Llegamos al colegio. Es hora de salida. Por suerte, no hicieron clases. Algunos amigos nos dicen que se arrepienten de haber entrado. Ahora nos vamos al paradero de Alfonso Ugarte a ver a nuestras amigas del Rosa de Santa María. 

3.

Reviso nuevamente la lista de compras que mi padre me dio. Sigo las indicaciones de cómo llegar a uno y otro punto donde tengo que comprar los productos que él necesita. Me gusta la independencia que me da, me gusta caminar solo por las calles de Lima, me gusta el atardecer, porque veo cómo se encienden poco a poco las luces de neón de los negocios del centro de la ciudad. Me gusta ir también a la plaza San Martín y ver a los cómicos que echan fuego por la boca. Me gusta caminar. Mi padre confía en mí al dejarme salir solo, y yo solo puedo corresponder esa confianza no perdiéndome. Tengo 11 años, pero no me intimida adentrarme a esas calles del centro desde mi barrio de Monserrate, porque siempre hay algo nuevo que ver.

Primera parada: café Monarca, en la antigua calle Mantas, primera cuadra del jirón Callao. Comprar una bolsa de café de Chanchamayo. Inconfundible ese lugar: media cuadra antes el aroma a café se siente por la calle. Espero mi turno. Atienden unas señoras. Pago lo que corresponde. Escucho el sonido de esa caja registradora que se abre cuando la señora aprieta un botón, recibo mi ticket y mi vuelto, además de la bolsa de papel del café solicitado. Guardo el vuelto y salgo de la tienda oliendo la bolsa. Volteo por el jirón de la Unión a mi siguiente punto, una librería donde compraré cinta para la máquina de escribir.

Paso mirando la marquesina del cine Bijou, nada que me interese. Me gusta el cine, me gusta ver las imágenes en tamaño gigante, me gusta el piso alfombrado de las salas y las butacas más cómodas que las sillas de mi casa. Y me gusta también la canchita azucarada.

Llego a la librería Colville, en la primera cuadra del jirón Ucayali. En mi papel, dice Plateros de San Pedro y, entre paréntesis, Ucayali. ¿No debería ser al revés? Mi padre aún llama a las calles por sus nombres antiguos, y por alguna razón quiere que yo me los aprenda. Ingreso a la librería. Me sorprenden sus altas vitrinas de madera pegadas a la pared, llegan hasta el techo. Le pido al dependiente, un señor mayor con mameluco azul, la cinta Remington de dos colores para nuestra máquina de escribir. Él hace correr una escalera con ruedas hasta una de las vitrinas, sube y, desde un alto compartimento, saca la cajita que contiene la cinta. Baja y regresa la escalera a su lugar. Parece todo un ritual. Le pago y me da una factura tamaño oficio, donde lo más llamativo es el logo del negocio. Me gusta coleccionar los recibos que tienen bonitos logos. Este también irá a mi colección, si es que mi padre no decide depositarlo en un sobre para el sorteo de un carro que promueve la Compañía de Recaudación.

Salgo de allí y cruzo al frente, a la esquina del pasaje Olaya. Es inconfundible el olor de la jabonería española ubicada allí, distribuidora exclusiva de productos de la marca Maja. Pero eso no me interesa en realidad. El verdadero motivo por el que voy a esa esquina es mirar los soldaditos de plomo que un señor vende y que, con parte del vuelto, voy a comprar, previa autorización de mi padre. Escojo dos, pintados con los uniformes de los Húsares de Junín, que se sumarán a los otros seis que ya tengo en casa. Es hora de regresar, la noche cae y las luces de neón de las tiendas ahora iluminan las calles que tendré que recorrer rumbo a mi querido barrio de Monserrate.

Epílogo

Fantasmas, eso son en mis recuerdos. Ya no existe la banca telefónica, tampoco La Ballena que curiosamente tenía en su estómago unos acuarios donde me gustaba ver a la anguila eléctrica. Tampoco existe más el ídolo de fierro devorapersonas de ese antro llamado Mokambo. Don Mario también se fue junto al Capelleti y sus ricos platillos. No hay bancas en el Paseo Colón, y tampoco Gyrus ni Vanguard. La gente ya no escucha a Iron Maiden, ahora escucha a un tal Justin Bieber. Las sombras del sótano del Centro Cívico han desaparecido y hoy una muchedumbre escoge qué comer en los múltiples y pequeños restaurantes de comida rápida que existen en su patio de comidas. La esquina del pasaje Olaya ya no huele a perfumes españoles y las vitrinas de la librería han sido reemplazadas por máquinas que se tragan tus monedas. Ya no hay luces de neón ni marquesinas de cine. Pero existe un bien que atesoramos y que nunca desaparecerá: nuestra memoria alimentada por esos amables fantasmas llamados recuerdos.

David Pino

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

Plaza Elguera Antiguamente llamada Plaza de la Salud (por referirse a la estación homónima del ferrocarril Lima y Callao), es una pequeña plaza en forma triangular ubicada en el cruce de la avenida Garcilaso de la Vega (ex Wilson) y los jirones Rufino Torrico y Quilca en el Centro histórico de Lima. Su nombre actual se lo debe al alcalde que gobernó la ciudad entre los años 1901 y 1908. En una esquina de la plazuela, se puede ver aún una cruz de madera, que evoca a los limeños fusilados durante la ocupación chilena.

Mokambo Antigua discoteca ubicada en la esquina de las avenidas Wilson y La Colmena en la década de 1980. En su entrada, el lugar mostraba una característica y singular escultura metálica que representaba un ser demoniaco que engullía a un hombre.

El Acuarium Desaparecido restaurante limeño ubicado en la urbanización Santa Beatriz. Debido a su construcción y diseño exterior, se le conocía popularmente como “La ballena”. El lugar contaba, además, con un acuario.

Guadalupano Nombre que designa a todo estudiante o egresado del colegio Nuestra Señora de Guadalupe, emblemática e histórica institución educativa fundada en Lima en 1840. Aunque su primera sede se ubicó en la calle Chacarilla del barrio de Guadalupe, en 1909 se trasladó a su actual edificio en la avenida Alfonso Ugarte en el Centro de Lima.

Scala Gigante fue una cadena de supermercados e hipermercados que operó en Lima desde fines de la década de 1950. Se trató de la primera empresa en abrir un hipermercado en el Perú. Su primera tienda apareció en la Plaza Mayor de Lima en 1958.

Disco Centro Desaparecida cadena de tiendas dedicada a la venta de discos en Lima. Fue fundada en la década de 1950 y llegó a tener cerca de treinta locales en la ciudad.

Colegio Nacional de Mujeres Rosa de Santa María es una emblemática institución educativa femenina fundada en 1927 bajo el gobierno de Augusto Bernardino Leguía. Se ubica en el distrito de Breña y constituye un colegio histórico, por cuanto se trata del primer “Colegio Nacional de Mujeres de Lima”. 

Cine Bijou Antiguo cine ubicado en el Jirón de la Unión (Centro de Lima). 

Monserrate Antiguo barrio de la ciudad ubicado entre las avenidas Tacna, La Colmena y Alfonso Ugarte. Es uno de los espacios urbanos más antiguos de Lima y, al mismo tiempo, más olvidados por las autoridades. Se le conoce también como Barrio de Santa Rosa, debido a que en él se encuentra el Santuario de Santa Rosa de Lima. 

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