Soy limeña collicana

Hay quienes creen que Collique no es parte de Lima, que es Canta o que no existe, pero allí, donde está una casita en un cerro, aparecerá otra y otra más.

Collique es una localidad que tiene un nombre prehispánico, mítico, y esto es lo poco que nos queda de una cultura que habitó los cerros pelados de Comas. Nadie, ninguna de las miles de personas que habitan esta zona, es descendiente de los colli. Todos somos intrusos. Hace más de 50 años, cuando la migración desbordó Lima, a Don Ricardo Aliaga, de treinta y tantos, le contaron de una tierra baldía, en verdad, un cerro áspero y gris donde se podía plantar la estera. Podía resistir para quedarse y, algún día, tener una casa.  Los huancas, como él, vivían en el Rímac o en Surquillo, en cuartos alquilados o callejones. «Pero la tierra es todos, niña», y Ricardo le habló a su esposa, Santosa Munive, su paisana, y se animaron a invadir. 

Esa pareja que llegó a Collique en los 60 son mis abuelos maternos. 

La tierra que tomaron y que repartieron era de la comunidad campesina de Jicamarca, que siempre tuvo conflictos de titulación y tráfico de terrenos. 

La ocupación fue diferente en la zona baja de Comas: Santa Luzmila, San Felipe, El Parral. Esas tierras eran chacras o haciendas, luego, fueron lotizadas, vendidas, convertidas en urbanizaciones. Los nuevos ocupantes recibieron un plano, un parque, conexiones de agua y proyectos de electrificación. Nosotros, en los cerros, no. Ricardo peleó por todo, por cada servicio básico, por la luz, por el agua, que nos llegaba con microbios. Solo el parque no pudo tenerlo, porque el terrenito designado, que miraba desde su ventana, lo vendieron dos dirigentes corruptos. 

Y Ricardo se quedó sin la vista al parque.

Así creció Collique: primero con cuatro etapas, que se duplicaron a ocho. Aunque los hijos de esos migrantes ya eran limeños, un conflicto, un desencuentro de identidad siempre ocurría. En casa, mi madre decía: «Alístate, niña, para ir a Lima», y salíamos a Lima, al Centro, bien bañados, peinados, con ropa nueva. Íbamos ver los escaparates y comer helado en la esquina del jirón de la Unión. A veces no comprábamos nada, solo caminábamos por la plaza de Armas. 

La identidad limeña es extraña. Podemos pensar en la historia, en los 500 años de colonialismo, en una ciudad pensada para ser el damero de Pizarro, en el tráfico, en el caos, en los bares de Quilca, en las plazas, en los bohemios, en los centros de comercio informal, y todo eso no termina de ser Lima. Porque la Lima en la que me crié era mágica, con barrio, entre el polvo y las pandillas. 

Esa Lima siempre tuvo una huella andina y rural. Cuando mis tías, hijas de Ricardo y Santosa, tenían entre 11 y 13 años, decidieron criar un carnero blanco en casa. Se turnaban para alimentarlo y luego para pasearlo. Así, como esa oveja, otros animales de campo vivían en las casas de madera, estera y concreto: cuyes, patos, pollos, pavos. La ruralidad y la ciudad se mezclan. Con Ricardo y Santosa, yo aprendí a cocer la pata herida a los pollos, a ayudar a empollar a las patas y socorrer a las gallinas cuando les daba aire, una enfermedad parecida a la depresión y al susto. La Lima que construyeron los migrantes en el norte es una mezcla variopinta: trajeron sus costumbres, comidas, formas, y las adaptaron como pudieron. 

Matos Mar, en su libro Desborde popular y crisis del Estado, menciona las motivaciones que emergen en los migrantes para tomar la Ciudad de los Reyes. La necesidad de mano de obra, el conflicto armado interno, la pobreza del campo empujaron a la gran ocupación y las olas migratorias. Desde entonces, los polos de desarrollo han crecido con el capitalismo y, con la acumulación del comercio, se han creado nuevas dinámicas en las zonas periféricas de la ciudad. 

Collique

Cuando construyeron el MegaPlaza en Los Olivos, mi familia se emocionó. Ya no viajaríamos una hora y media para llegar a la avenida Alfonso Ugarte, al Metro. Bastarían 35 minutos y llegaríamos al supermercado, la promesa de desarrollo. Muy pocos alcanzaron el sueño capitalista, la mayoría, en Collique, solo aprendió a trabajar para vivir. 

Mi tío el Huancaíno es el típico comerciante que triunfó en medio de la invasión. Es el primer dueño de una ferretería, y su esposa, mi tía Felicita, la fundadora de la primera agrupación de Huaylas en Collique. Todos le compraban cemento, piedra chancada, clavos, esteras. A la par iban a sus fiestas, pachamancadas, concursos. Tuvieron tanto poder que cerraban las calles dos veces al año para celebrar el carnaval huanca y la conmemoración al Sagrado Corazón de Jesús, al que le ofrecían treinta cajas de cerveza y dos chanchos, solo para iniciar. 

Algunas cantantes folclóricas conocidas cantaron para el tío huancaíno en su cumpleaños. Una noche, incluso, corrió la voz en el barrio que una vedette de la televisión había llegado. Un paradero fue renombrado en su honor y otras historias e intrigas se tejieron a su alrededor. Su esposa Felicita se mantuvo firme. Pagó los estudios de sus hijos y le siguió rezando a la virgen del Carmen. Con más de 70 años, el Huancaíno sigue bailando con las canciones del Picaflor de los Andes. 

La nueva Lima que mis abuelos y mis tíos construyeron en esos cerros se forjó de formas muy desiguales, a espaldas del Estado, de la policía, con leyes paralelas. Primero, llegaron las casas y luego la Municipalidad. Pusieron su cementerio y, veinte años después, recién el terreno se legalizó. Así, a la fuerza, se hizo una ciudad.  

La violencia estuvo presente de muchas formas. Solo entre el 2002 y el 2005, las pandillas se dividieron la localidad. Eran adolescentes, seguidores de equipos conocidos de fútbol, que se enfrentaban con palos y piedras. En medio de venganzas, algunas vidas se perdieron. La delincuencia también golpeó la zona. Tan grande es Collique que ya no se sabe quiénes son los vecinos. Las drogas son otra historia. 

A veces Collique desconoce las leyes y eso asusta. 

La localidad ha cambiado mucho en poco tiempo. Don Ricardo es quechuablante y ahora tiene 92 años. Si alguien le pregunta, dirá que tiene 110, porque le gusta pensar que ha vivido más. Tiene un jardín pequeño donde intenta plantar papas y ortiga, una planta típica por sus espinas pequeñas, pero medicinal. Sabe tres tipos de quechua y ahora es viudo. La vida le ha quitado de a pocos a sus hermanos, a su mamá y a su esposa. Le dio, a cambio, una memoria increíble y nietas al por mayor. Él dice que no somos sus nietas, somos todas sus hijas.

Los hijos de Ricardo y Santosa no aprendieron quechua. Fueron a la escuela secundaria en Comas, estudiaron carreras técnicas y formaron familias. Estuvieron alejados de los acontecimientos políticos, sobreviviendo los múltiples problemas de pobreza y escasez. También, Collique tuvo sus propias crisis, como la epidemia de fiebre tifoidea en los 90 o el dengue que llegó en los 2000. Los gobiernos llegaron, los regímenes cayeron y ellos continuaron en Collique. Solo una de ellas fue a probar suerte a Argentina, pero volvió. 

Algunos hijos ilustres de Collique han empezado a surgir, como el Grupo Néctar, Deyvis Orosco, El futbolista Orejas Edison Flores y la promesa de lucha libre, Víctor Luis Borda. Hay otras artistas como la escultora Daniela Zambrano. Alguna intelectual tendrá que destacar también entre tanto deportista y cantante. 

Para nosotros, los nietos huancas, nuestro mundo fue Collique por muchos años. Alguna vez, me quedó chico el barrio y me fui, cargando el retrato de Santosa y toda esta historia.

Solo en Junín, en el distrito de Chongos Bajo, a los 9 años, mis primos me dijeron que era limeñita porque no pude subir el cerro a 3 800 m s. n. m. y porque jamás había matado un cuy. Entonces, la identidad limeña vino a mí como un sello de fábrica. La ciudad nos marca de muchas formas. 

Gloria Alvitres

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

Canta Provincia perteneciente a la región Lima, limita por el noreste con la capital. Su territorio, extendido a lo largo del cauce del río Chillón, se ubica por completo en la sierra. En la ciudad del mismo nombre que es su capital, los limeños encuentran un sitio de solaz rodeado de campo y con una temperatura usualmente agradable. La ciudad de Canta también es conocida por haber albergado alguna vez a figuras como José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro.

Comas Distrito perteneciente al área norte de Lima metropolitana. Como se sitúa al pie de los cerros pertenecientes a las últimas estribaciones andinas, se trata de uno de los distritos limeños que alcanzan mayor altitud, llegando hasta los 800 metros sobre el nivel del mar. Comas es el cuarto distrito más poblado del Perú, superando los 500 mil habitantes. La zona, ocupada por migrantes andinos desde principios de los sesenta, también es escenario de uno de los poemas más conocidos de José María Arguedas: “A nuestro padre creador Túpac Amaru”.

Colli Fue el grupo étnico que habitó el valle del Chillón desde el 900 d. C. hasta antes de la llegada de los incas a la región, en el siglo XV.

Huancas Expresión para referirse a los originarios de Huancayo que alude al grupo étnico que habitó la región y que enfrentó encarnizadamente a los incas.

Rimac / Surquillo Distritos tradicionales de Lima que fueron ocupados por las clases populares durante la primera mitad del siglo XX.

José Matos Mar Antropólogo peruano (1921-2015), fue uno de los fundadores del Instituto de Estudios Peruanos. En su especialidad, fue uno de los pioneros en estudiar el fenómeno de las migraciones del campo a la ciudad. Es así como surge uno de los libros clásicos de las ciencias sociales peruanas: Desborde popular y crisis del Estado.

Los Olivos Distrito del norte de Lima surgido de la conjunción de diferentes urbanizaciones adyacentes a la carretera Panamericana, establecidas desde los años setenta. A principios del siglo XXI se consolidó, precisamente con la apertura del centro comercial Mega Plaza, como el foco económico más importante de la zona.

Pachamancada Celebración social, sea familiar, barrial o de cualquier otro orden colectivo, en la que se prepara la célebre pachamanca, plato tradicional andino. En la pachamanca, distintos productos (verduras, tubérculos y carnes) son cocidos con el calor de las piedras enormes y la tierra con las que los cubren.

 

 

2 comentarios sobre “Soy limeña collicana

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