A Lima hay que llegar ajenos y perdidos

A Lima hay que conocerla en invierno, sin abrigo en plena garúa o apretujado en el interior de una cúster: sofocado durante el recorrido de una de sus largas y ruidosas avenidas, perdido entre el flujo de la multitud y la neblina. Solo así puede enterarse un foráneo de lo que realmente le espera si de casualidad llega a la capital con poco dinero, joven y esperanzado en su independencia. Lo contrario es ilusión, idealismo de catequista, pasto para una inútil sublimación.

Llegué a Lima hace un puñado de años para estudiar los últimos dos ciclos de mi carrera universitaria. Antes la había visitado de manera esporádica, casi siempre para encontrarme con Gabi y mis amigos, y en algunas ocasiones para vacaciones o reuniones familiares. Estancias de fines de semana, a lo mucho de cuatro días, marcadas por las salidas nocturnas y los paseos en centros comerciales, el centro y un par de distritos más: jornadas de turismo burgués, de las que siempre salía asombrado como niño en parque de diversiones. Mis regresos a Chiclayo, por tanto, solía padecerlos (pasa lo contrario ahora), inoculado ya por esa sensación de apatía que nos genera el lugar natal cuando se conoce un sitio que consideramos superior en varios sentidos. 

Por eso, ni bien vi la posibilidad de marcharme, convencí a mis papás de que hicieran el esfuerzo de pagarme el tramo final de la carrera en Lima, y como saben todos los provincianos que han corrido esa suerte, al monto de los estudios se sumaron los de una pensión medianamente digna, además de la comida y el transporte. Todavía recuerdo esa semana ansiosa, llena de incertidumbres, en que la economía de mi familia decidía mi futuro, aplazándolo como si fuese un trámite burocrático. También recuerdo el día en que por fin vine a Lima para quedarme lo que dura un ciclo. Durante un par de días, busqué con mi mamá y Gabi una habitación para mí. Recorrimos Lince y Jesús María: en el primer distrito, cerca de Petit Thouars, encontramos un cuarto ubicado en la azotea de un edificio cenizo, construido con madera prefabricada y empapelado de avisos publicitarios, con un foco colgante que se balanceaba solitario del techo de calamina. Si lo ocupaba, compartiría baño con cinco inquilinos más. Al salir de allí, mi mamá dijo:

—No vas a vivir aquí. Vayas a llegar deprimido un día y te cuelgas.

Al día siguiente, hallamos una habitación en una quinta de Jesús María, entre la avenida Cuba y Mariátegui. Era espaciosa, ventilada, amarilla como la de Van Gogh (así me agradaba romantizarla), con un baño compartido en el que, junto a dos muchachos, nos turnábamos la ducha durante las tardes. Quedaba a tres cuadras del departamento de Gabi y quizá por eso fue un periodo feliz y convulso, con todos los ingredientes que la vitalidad veinteañera precisa. Por las mañanas, antes de ir a mis clases, caminaba el barrio y fui conociendo poco a poco las panaderías donde hacían buen pan, el mercado con las caseras más afables, las líneas de micro que me convenía tomar, el menú más barato.

En Lima, lo supe entonces, es necesario perderse. Memorizar rutas es un imperativo. Confundirlas también. Lima, la laberíntica, donde los recién llegados somos arrojados a sus calles como un Teseo sin madeja, enfrentados no a uno sino a miles de minotauros en quienes, por ósmosis, terminamos convertidos. Existen muchas formas de llegar a un sitio, sin duda, pero esos caminos pueden resultar confusos si uno no se informa previamente con amigos o con los dateros que recogen céntimos en cada paradero. No era gratuito, por ello, que a veces me sintiera presa de esa fábula del provinciano al que todo le fue bien hasta que asomó la cabeza en la gran ciudad y fue engullido por ella. Sin embargo, a esa sensación de extravío le seguía un deseo de aventura que aún perdura.

A Lima hay que vivirla desde los veinte años. Si no, es ciudad tediosa, rutinaria, en la que un trabajo oficinesco puede amurallar en dos distritos cualquier alternativa de exploración. Cerca de la treintena, algunos empezamos a movernos menos, nos atornillamos en el estoicismo y las obligaciones domésticas, evitamos el vagabundeo. Y Lima, precisamente, es un territorio propicio para la fuga. No se acaba nunca. Un arquitecto me dijo hace poco que el término metrópolis le quedaba literalmente chico a Lima. Hoy ya es una megalópolis, una ciudad hecha de ciudades. Solo San Juan de Lurigancho tiene más de un millón de habitantes, es decir, más vecinos que un departamento vasto como San Martín, que cuenta con una población de poco más de 800 mil personas. En Lima conviven al menos cinco Limas. Y la Lima que actualmente habito es burguesa, hipster, frívola, culturosa, políticamente correcta, sofisticada, aspiracional, irremediablemente capitalista. Es la Lima miraflorina a la que me mudé después de ese primer ciclo, cuando volví de Chiclayo para culminar mi carrera y conseguí un trabajo, en Miraflores, que financió mi total independencia.

Estuve cerca de la avenida Angamos, primero, en el tercer piso de una casa donde compartía baño con un tipo de casi cincuenta años, calvo, flacucho e insoportable, que jamás limpiaba el baño y todos los domingos a las nueve de la mañana subía al máximo el volumen de su música para incomodarme. Luego, me marché al departamento de un amigo del trabajo, que residía a una cuadra de la avenida Pardo y tenía una gata con la que tuve una relación difícil. Y, por último, a un cuarto minúsculo e independiente en el «barrio alegre», como lo llamaría Vargas Llosa, en la calle Ocharán.

Que no quepa duda de que Miraflores adolece de lo mismo que otros distritos de clase media —«semifrívolo, semiesnob, semitonto, semimimético», diría nuevamente Vargas Llosa—, pero su aspecto apacible convoca una vaga nostalgia que se ha mantenido indemne al paso del tiempo. Para comprobarlo, basta con leer el testimonio del novelista inglés Christopher Isherwood, quien, en su paso por Lima en 1947, se dio cuenta de que en Miraflores «el clima es más bien melancólico y neutral», con un invierno tan húmedo que «el aire casi gotea». «Cuando se observa el mar desde allí», escribió en El cóndor y las vacas, «se siente la tristeza suave y sobrecogedora del océano Pacífico, más o menos la misma tristeza que caracteriza a Hong Kong, San Francisco y las islas japonesas».

Con todo lo dicho, mi estadía en Lima podría resumirse como un continuo traslado. La mudanza es mi divisa. Y parece probable que cualquier migrante —si cabe esta palabra entre nosotros— comparte conmigo esta condición de nómade. Pero esto no es un lamento. Situación similar he pasado en mi tierra, donde mi familia y yo debemos haber cambiado de hogar un promedio de siete veces a lo largo de mi niñez y adolescencia. «Todo lo que vivimos lo vivimos / ya a los diez años intensamente», poetizó Enrique Lihn. De allí que estas movilizaciones limeñas no me sorprendan en absoluto ni me generen ningún tipo de revuelta emocional. Debido al trabajo, mi relación con la capital se ha vuelto, en parte, utilitaria, banal, de una dependencia mercantil similar a la de un cazador de ballenas antediluviano que debe combatir al gran leviatán para extraer réditos de su espermaceti. Sin embargo, nadie entiende sus propios caprichos: antes veía en Chiclayo una ciudad asfixiante y ahora, cada vez que regreso, oxigena mi vida misteriosamente. De preconizar a Lima he pasado a deplorarla. De denostar a Chiclayo he pasado a extrañarlo. Lima: mi más grande anhelo, mi peor posibilidad.

A menudo vuelvo a un poema de Cavafis. Se titula «La ciudad», y al inicio habla un yo que decide marcharse sin esperanzas de su sitio, «pues cada esfuerzo mío está aquí condenado». Pero en la siguiente estrofa, otro yo lo interpela. Con un tono profético, le dice: «No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre. Volverás / a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez; / en la misma casa encanecerás. / Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques —no la hay— / ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra». Cada que termino de leer estos versos, mi memoria pasea las calles de Chiclayo. En varios aspectos se hermanan con las limeñas (después de todo, esto es el Perú costeño, no un principado suizo), pero las chiclayanas guardan otro fulgor. Ese aire fresco, polvoriento, esas cuadras hendidas, esas bancas marchitas, esa plazoleta bordeada de ficus, esas avenidas sin árboles, ese parque de musas griegas, ese cielo tan alto y celeste: todo eso ha quedado en mí, en el sujeto del acto.

A Lima hay que llegar ajenos y perdidos. Solo así puede uno reconciliarse con quien fuimos, aprender a reconocer el amor detrás de su sombra.

Marco Zanelli

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

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