Maqueta imaginaria / Mundo órfico

En esta oportunidad, el escritor, músico y ensayista Alejandro Susti discurre sobre dos lugares específicos de Lima, que no solo guardan la dimensión física del espacio que habitan, sino sobre todo la memoria propia del sujeto que observa: para empezar a ser comprendida, toda ciudad precisa de la subjetividad. Del libro Staccatos (2014), compartimos las prosas “Maqueta imaginaria” y “Mundo órfico”, especialmente cedidas por el autor para Río Hablador.

MAQUETA IMAGINARIA

ESTACIÓN Desamparados, seis de la mañana. Compro un boleto y desciendo por la escalera centenaria hacia la sala de embarque. Desde el andén, a lo lejos, el cerro San Cristóbal se eleva sobre la ciudad ya despierta. En el estribo del vagón, el cochero anuncia la partida con un silbato urgente. Una hora más tarde, acompañado por el traqueteo de la poderosa máquina, el tren abandona los barrios pobres que rodean la ciudad, el cementerio, las fábricas, los basurales descolgados como telarañas. Uno que otro chiquillo se detiene a admirar el pesado aliento de la locomotora y se cubre los oídos. El vagón y su recia armadura se balancean con el rítmico compás voceado por los rieles. Tiempo después, ascendemos juntos dibujando zetas sobre precipicios con el cauce de las aguas dibujadas río abajo: allí, entre la fatiga de camiones y de buses resuella la neblina. El valle va angostando su cintura y la vía férrea y la carretera se entrecruzan de a compases en un concierto de chirridos. Surge entonces en la memoria la maqueta del tren eléctrico de mi padre instalado en un cuarto de la casa: puentes, túneles, semáforos, intercambios, casetas de cartón y una estación de múltiples andenes simulando la miniatura de un juego en el viaje hacia el presente.

El tren eléctrico llegó una tarde, ya ensamblado sobre una plancha de madera. Levantado en vilo, ingresó por el balcón a una habitación del segundo piso que daba al patio interior de la casa. Atornillados a la superficie, los rieles y el resto de los accesorios cobraron pronto vida en las manos de mi padre: ése era su juguete—decía mi madre—. La maqueta, que ocupaba las tres cuartas partes de la habitación, se convirtió en el centro de una sala de juego cuyo principal actor era él. A pesar de que a veces mi padre se empeñaba en decir que lo había comprado para que lo gozaran sus hijos, lo cierto es que nosotros veíamos con poco interés el despliegue que se armaba cada vez que él encendía los transformadores. Quizás al comienzo nos llamaran la atención las maniobras de las locomotoras que se enganchaban con los vagones y luego se detenían en los semáforos de los cruces; las casitas que se iluminaban desde adentro y mostraban la miniatura de sus flores y habitantes, o el paso a desnivel que debían, en algún crucial momento, trasponer el ómnibus o el camión cisterna.

La gran maqueta simulaba un mundo que no nos pertenecía: un mundo imaginario situado en algún cantón suizo o provincia alemana, a los pies de unos Alpes indescifrables, en donde reinaba un absoluto orden y limpieza que resultaban imposibles en nuestro mundo. Las locomotoras de distintos tipos y tamaños—la eléctrica con su trole en el techo, la de vapor en cuyo frente sobresalían las orejas laterales—recorrían paisajes que nunca llegaríamos a conocer más que a través de las postales o fotografías que aparecían en las enciclopedias o vendían en la oficina de correos. El tren era, pues, un asunto que solo concernía a mi padre. Y así se le veía sacrificando sus domingos tendido bajo la maqueta, haciendo conexiones, serruchando la madera para darle nuevas formas con su sierra eléctrica o enderezando las vías después de algún choque involuntario de locomotoras y celebrando de ese modo una parte de su vida que a nosotros nos resultaba muy remota.

Visto a la distancia, presumo que aquel viaje a la Sierra que emprendí yo solo, a bordo de aquel tren soberano y poderoso, sirvió para trazar un límite entre mi padre y yo: él, que sólo se había atrevido a recorrer imaginariamente las distancias del mundo en su maqueta, de ahí en adelante permanecería estático en ella mientras yo me arriesgaría a conocer aquellos otros paisajes de abismos y quebradas habitados por los verdaderos peligros de la vida.

MUNDO ÓRFICO

para A., G. y R.

BODEGA de la esquina: los anaqueles de cristal rebosaban de botellas, detergentes, jabones y todo tipo de abastos. No había nada que no pudiese encontrarse en esos almacenes gigantescos regentados por los chinos. Reinas de las cuadras, barrios y manzanas, las bodegas proveían generosamente el cauce del comercio doméstico e, incluso, el de la música. Uno decía un juego de cuerdas y la mano del chino—con la larguísima uña de su meñique—le alcanzaba a uno el paquetito forrado en papel blanquísimo. Adentro, formando un círculo incipiente, las cuerdas dormían el placentero sueño del silencio ignorando la existencia del juego más vasto y perfecto de la música que apenas comenzaba cuando las encordaba en mi guitarra.

Yo tocaba en una banda. Ensayábamos en casa del pianista, una vieja casona por el malecón Balta, de techos altos diseñados para la canícula. Allí, en la sala coronada por una claraboya que se iluminaba por las tardes dejando caer reflejos ámbares y añiles, dormía un piano apolillado con sus teclas amarillas y gastadas. Rodeados por el penetrante olor que rezumaban las columnas de madera que sostenían el techo, nos instalábamos con nuestros instrumentos, amplificadores y micrófonos, listos para ejecutar la partitura de una pieza cuya forma y modo ni siquiera conocíamos. Fue allí que descubrimos los poderes de la música: en las lentas ceremonias de la improvisación, bajo el ritmo ondulante y simulado de un río, en las melodías que tejían a intervalos las guitarras y el piano. En esos rituales extendidos a lo largo de la tarde, concertábamos un pacto de sangre en torno a un fuego imaginario que alimentábamos con saltos acrobáticos, malabares y súbitas contorsiones hechas de sonido. 

La música se escabullía por las habitaciones de la casa, inundando los armarios o abriendo con su llave maestra y secreta los cerrojos del mundo. Se posaba en las lámparas como una equilibrista virtuosa mientras su reflejo ensayaba caprichos en los espejos y, al atardecer, intermitente como el compás de los grillos y luciérnagas que iba ascendiendo por el jardín, se detenía a descansar en una tina agujereada y clueca convertida en hornacina de las plantas.

Al día siguiente, cuando nos volvíamos a encontrar a unos cuantos pasos de la casa, bajábamos por el malecón camino a la playa y el acantilado. Por esas veredas, el rumor cadencioso de la música seguía trotando en nuestros cuerpos y, luego, sobre las rocas cubiertas de percebes de los rompeolas. La ciudad para nosotros era una partitura improvisada, un camino hecho de corcheas y silencios diagramados para los placeres del oído. El resto no importaba o simplemente no existía, al menos hasta el día en que, muchos años después, descubrí el terreno ya baldío sobre el que alguna vez se había erguido nuestra casa, arrasada por el peso de las grúas y camiones, despojada de sus claraboyas y columnas y del mundo alucinante y órfico del que alguna vez nosotros fuimos mensajeros.

Alejandro Susti

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

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