El paisaje que se fue, o una interpretación del amor al edificio

I. Por las azoteas

Todos hemos querido siempre la azotea. Como niños, nos entregábamos al gobierno de ese lugar solitario, interesados en los trastos como juguetes y las posibles odiseas de la imaginación. Después Ribeyro nos enseñó que, además de baluarte solitario, las azoteas pueden ser también lugar de encuentro para los seres despreocupados y los amantes del ocio. «Por las azoteas» es un cuento que encarna una amistad así, entre un niño inquieto y noble, y un amable anciano que fantasea con mil ideas y la lluvia de Lima que nunca llega. En la casa que crecí, la azotea no fue tanto refugio de amistad o lugar de juego. Para mí, la azotea fue más bien la torre de vigía, esa que me enseñó los puntos cardinales, el mar o las cordilleras lejanas de la sierra que empieza en Lima. A veces la calle se aprende en la calle. Pero hay niños que aprenden la calle en la azotea, sin la violencia o la cordialidad de las gentes. Es un aprendizaje distinto, más solitario y reservado al detrás de las personas. Todos muestran por delante lo que quieren mostrar, como la casa bien pintada y el carro lavado. Pero las azoteas son, digamos, otra cosa. Y en ellas no solo se ven los trastos y las maderas viejas, sino el horizonte y las lejanías. Lima es precisamente una ciudad sin eso: sin horizonte, no hay esperanza.

II. Difícil convivencia

En una casa de San Miguel a algunas calles del malecón. Desde esa azotea, pude tocar desde lejos la isla San Lorenzo, el alto edificio del Centro Cívico (en el Centro de Lima) o la famosa Cúpula de Magdalena. Hoy, por supuesto, ese paisaje ya no está. Lo que se ve a la distancia solo son edificios. Generalmente blancos y grises, como imitando los únicos colores de nuestro cielo. En los últimos 20 años, he transitado de la niñez a la adolescencia y luego a la adultez, y he confirmado que ese trayecto vital ha sido acompañado también por las edades tempranas y adultas de los grandes edificios inmobiliarios de la ciudad. En Lima siempre convivieron, en relación serena y cordial, casas y edificios. Al menos así lo percibí desde que tengo conciencia. Pero llegó el nuevo milenio y el paisaje fue derrumbándose de a pocos. Nuestra geografía urbana iba tragándose a la naturaleza del paisaje (cada vez veía menos a San Lorenzo, al mar de San Miguel y las estribaciones andinas) y, como restitución, nos ofrecía edificios altos, más altos y también mucho más altos cada vez. Ya no eran pequeños bloques de 4 o 5 pisos, sino edificios adultos e imponentes de 10 o 15 pisos. Así empezó una relación nerviosa entre casa y edificio. Esa ha sido la evolución del paisaje urbano en distritos de la zona oeste de Lima como San Miguel, Magdalena, Jesús María y Pueblo Libre.

III. Un ejemplo

Por juego o curiosidad, es fácil contar en Javier Prado Oeste las pocas casas o casonas que quedan, guerreras silenciosas que van muriendo cada año hasta convertirse en el botín de guerra que más tarde será el edificio moderno. Lo mismo sucede en la avenida Salaverry, que acogía casonas neocoloniales y algunas centenarias. Casi todas, ahora son recuerdos o nostalgias en una foto, porque hoy no están más ahí. Hace 5 años pude ver el lento desmantelamiento de una casona así, enorme y bastante bella, precisamente entre Salaverry y la residencial San Felipe. Quizá fue ahí el palacio en que Julius nació, como dice la novela. La avenida Brasil es un ejemplo ilustrado de todo esto: casas en combate con colosos de 12 o 15 pisos que no cesan de crecer. En algunos casos, no es un diálogo, sino una discusión tirante en que, en plena calle, casa y edificio, juntos ambos, se irritan uno a otro. Alguna vez leí que el mirador de la casa Oquendo, a dos calles de la plaza de armas, tenía como objeto que el propietario pueda vigilar, catalejo en mano, los barcos que llegaban al puerto del Callao. Escena ahora imposible desde luego. Pero, en la Colonia, el paisaje era otro. 

IV. La negación del desierto

No pienso que el boom de los edificios sea malo, pues su advenimiento significa más hogares para nosotros en Lima. Se trata además de un proceso urbano espontáneo que no podemos juzgar con criterios éticos (lo correcto/lo incorrecto). Pero sí es cierto que el paisaje de la Lima tradicional de estos distritos (como Pueblo Libre, San Isidro, Jesús María, Magdalena o San Miguel) ha sufrido una considerable reducción de cielo y profundidad. Solo basta preguntarse cómo es crecer en un espacio urbano donde el horizonte que ves es grande, y otro distinto en que tu cielo se va acortando y tus ojos cierran la perspectiva que se ahoga por los gigantes de concreto de hoy. Siempre es claro que las psicologías pueden traducirse en el espacio, la calle o el monumento de la esquina. Pero el espacio y el monumento también dejan huella en nuestra mente. Sebastián Salazar Bondy anota que Lima era un desierto y que este se alojaba incluso en los techos limeños, porque «el desierto se instala en aquellos espacios de cara al cielo». El desierto y el terreno yermo se condecían bien con la «rectilineidad del plano»; para combatirlo, los limeños se llenaron de ornamento, adorno y grandes balcones de cajón. Le dijeron no al desierto y se prendaron de la forma. Sin embargo, de alguna manera, ese antiguo miedo por el desierto ha regresado: la geografía urbana rechaza el horizonte (del desierto) y los edificios son las tropas de infantería que batallan por ese deseo. No se busca una ciudad horizontal, sino una ciudad rígida, informe, que crece hacia arriba. El horror al desierto ha terminado siendo la aversión al horizonte. Ese horizonte que nos muestra la sierra, el mar o las islas, como si Lima quisiera cerrarse en sí misma y no ver más allá de sus fronteras. 

V. El paisaje que no está

Las fronteras entre San Miguel y Magdalena han sido siempre un espacio seductor por sus ranchos y casonas de inicios de siglo, sobre todo en las calles próximas al malecón. Caminar por ahí es descubrir la singularidad del lugar: mientras más te acercas al mar, las casas se hacen más viejas; cuando más te alejas, todo es decididamente nuevo. Es como si la vida de las casas se fuera muriendo conforme hay más mar. Cuando era niño, casi podía contar con los dedos las casonas junto al malecón, todas desfalleciendo y en soledad, ruinosas, signo probado de un esplendor del pasado que se fue. Hoy ninguna está en pie. Aunque en esta zona los edificios no abundan, hay un gigante que hace pocos años vino a quedarse. Y eligió su hogar: el límite entre Magdalena y San Miguel, junto al malecón. Fuera de las infracciones a la ley, interesa decir que un edificio así, imponente, cierra el diálogo entre nosotros y el mar. Y cumple la consigna de incomunicar a la gente con el mundo natural que también es nuestro. Lima ha perdido su horizonte y sus ojos solo miran a sí misma. Donde antes podías ver una isla, hoy ves concreto. El antiguo paisaje es hoy imposible. Los andes que se veían a lo lejos fueron inmediatamente clausurados, porque Lima (o más precisamente la Lima que habito) no los quería ver más. Lima solo ha querido contemplarse a sí misma. Ciudad egoísta, sus edificios no son más que espejos. Para qué ver más allá si le basta con ella misma.

Zandor Emerson Zarria

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) Escritor y ensayista peruano. Conocido principalmente como narrador, es uno de los cuentistas más notables de Latinoamérica. 

Iglesia del Inmaculado Corazón de María Templo católico ubicado entre la avenida Sucre y el jirón 28 de julio en el distrito de Magdalena del Mar. Esta iglesia, a diferencia de otras en la ciudad, destaca por su singular altura y es conocida como La Cúpula. 

Centro Cívico de Lima Conjunto arquitectónico ubicado en el Centro de Lima, entre las avenidas Garcilaso de la Vega, Bolivia y Paseo de los Héroes Navales. Construido a inicios de la década de 1970, su principal edificio fue considerado durante muchos años como el más alto de Lima.

Julius Personaje principal de la novela Un mundo para Julius (1971) del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.

Casa de Osambela o Casa Oquendo Importante casona colonial ubicada en el jirón Conde de Superunda en el Centro de Lima. Es una de las edificaciones virreinales más grandes de la ciudad. Actualmente, una parte del edificio es sede de la Academia Peruana de la Lengua.

Sebastián Salazar Bondy (1924-1965) Escritor, periodista y animador cultural peruano. Cultivó la narración, la dramaturgia, la poesía y el ensayo. Su figura, relevante para la cultura y literatura del Perú, ha sido revalorada en los últimos años. El fragmento citado de Salazar Bondy corresponde al ensayo «El desierto habita en la ciudad», perteneciente al libro Lima la horrible (1964).

2 comentarios sobre “El paisaje que se fue, o una interpretación del amor al edificio

  1. Zandor; No crees que los edificios son un regreso inconsciente al pensamiento de la serranía, pues con tantos cerro solo queda mirar hacia arriba.ESto por un lado,conozco el edificio que mencionas esta en lugar de una enrome casona que resistio desde los 20 hasta hace poquisimos años. Por otro lado,el edificio de Diego Ferré no durará mucho pues en el próximo sismo (y tal vez sin él),caerá al barranco y podremos mirar el mar como siempre. Interesante tu nota pues rememora mucho de lo que vimos y vemos. Vivo como medio siglo en magdalena y otros 30 en estrecha relación .

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