Lima redescubierta. Apuntes irónicos de un pequeño paseante

Un mundo para Julius, cuenta el propio Bryce, nació del intento por capturar, en un cuento de diez páginas, la historia de un niño («muy sensible») que jugaba su hermana («demasiado inteligente») en el patio de su caserón, un par de hermanos abandonados por sus padres y acogidos por los empleados de la casa, cuya sensibilidad y visión del mundo llegan a asimilar como muy suya. Cierto día, estos niños, a espaldas de sus padres, impulsados por ese placer que brinda lanzarse más allá de lo prohibido, de lo que no es negado, sacan dinero de sus alcancías y apuestan con la servidumbre a un caballo que debía ganar la carrera. Al final, pierden como era de esperarse, porque el padre era un hombre elegante y, según esa lógica, un hombre elegante y de buen vestir siempre tiene la razón (los papás no soportaban verlos tan cerca de los empleados). Este pasaje nunca encontró un lugar en la versión definitiva de la novela, pero los lectores que hemos disfrutado de ella, sabemos muy bien que está impregnada del tono fundamental y el espíritu de ese extracto jamás incorporado (1).

La novela, como recordamos, es una radiografía de la Lima de los 50, donde se narra, desde la perspectiva de Julius, el miembro más pequeño (pero también el más observador y perceptivo), la vida y miserias de una familia perteneciente a la clase oligárquica. Es también un retrato donde se van construyendo, desde varios puntos de vista, a manera de mosaico, ese fresco urbano que es la ciudad bajo el lente de las distintas sensibilidades de sus personajes. Por un lado, la vena crítica y mordaz, canalizada a través del humor, tan característico en la obra de Bryce, es el recurso del que se sirve para satirizar las taras y vicios de la sociedad limeña, en especial para denunciar los de su propia clase. Por otra parte, está presente la otra marca personal, ese tono tragicómico de su prosa, que hace que el relato adquiera el carácter íntimo e introspectivo, la puerta de acceso a la subjetividad de un narrador que observa la realidad a través de una botella, con esa sensación difusa y entrañable de un puñado de nostalgia remojada hasta el fondo en una copa de sarcasmo. 

Quizá la subjetividad principal, o más notoria, la que articula de algún modo las otras miradas, es la del niño Julius, el protagonista y espectador de lo que sucede a su alrededor. La novela transcurre en varios lugares, en espacios íntimos como la casa, donde Julius se educa, absorbe valores y aprende conductas que le servirán luego para moverse por espacios públicos como la escuela, y quizá para sobrevivir en el mayor y más feroz de todos: la ciudad, esa Babel desconocida. Esta le sirve como laboratorio donde pone en práctica lo aprendido, donde se enfrenta a nuevos escenarios y experiencias, y se va insertando también en nuevas dinámicas. 

De este modo, en la novela, la ciudad se convierte en mucho más que un territorio o un simple marco de referencia. Es sobre todo una geografía emocional, un laberinto donde cada calle o avenida va cobrando forma y sentido en ese gran mapa en blanco que era para Julius la ciudad más allá de los linderos del caserón de la avenida Salaverry o el Country Club. Lima va configurándose en una ciudad de ciudades, en barrios con su propia naturaleza, con un rostro propio. En ese sentido, para un escritor, una ciudad no es solo un lugar de interacción y tránsito cotidiano, sino que, además de esa experiencia social y práctica, y la dimensión histórica y cultural, le suma su imaginario personal, que, a través del lenguaje, toma el espacio físico y lo reinventa en un espacio imaginado hecho a su medida, cargado de símbolos, sensaciones y emociones, afectos y rechazos.

No es casual que la novela inicie describiendo la esfera íntima, la casa, el espacio físico donde vive Julius, y cuya descripción lo define: 

Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry; frente al antiguo Hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República […] (75)

Este extracto es bastante elocuente. No solo describe el lugar donde vive Julius, sino que nos comunica detalles de su personalidad (la tendencia muy suya a abstraerse en actividades lúdicas y contemplativas), así como la clase social a la que pertenece y los privilegios que esto encierra (la carroza, que recuerda un pasado señorial es más que significativa: la prueba concreta, el recuerdo inservible pero palpable de su abolengo). No en vano se trata de un palacio (y no de una casa convencional): posee grandes dimensiones, comodidades y servidumbre que, además, vive en el mismo espacio, pero aislada del resto del palacio. Este aislamiento material de sus primeros años, confinado a los límites del caserón y su relación con los empleados, marcará sus años iniciales de formación. Los escasos viajes que hará el niño se restringen apenas a casa de unos pocos parientes, a la fiesta de los primos Lastarria (a cuya familia, en la novela, se los pinta como nuevos ricos). Incluso, sus vínculos y ritos infantiles (los juegos y entierros ficticios se realizan en el jardín de la casa) son limitados al espacio privado. Entonces, la visión que tiene el personaje hasta ese momento es la de un infante, con una familia adulta muy ausente, y cuyas relaciones humanas más estrechas se limitan a interactuar con sus empleados de la casa, sobre todo con Vilma. Aunque ellos representan, de cierto modo, la diversidad sociocultural del Perú, Julius establece sus vínculos personales sin salir de los muros del palacio, circunscrito al acomodado distrito de San Isidro.

El ingreso a la escuela va a ser el giro primigenio que marca la ruptura del primer muro, la apertura de Julius hacia el mundo exterior, el inicio de su relación con la ciudad y sus otros habitantes. Si bien estudiar en un colegio privado como el suyo no marca una ruptura radical con la clase acomodada, sí le sirve de nuevo marco de referencia a partir del cual empieza a cuestionar sus creencias y valores anteriores, desarrollados sobre todo a partir de su interacción cotidiana con Vilma, Carlos, Celso, Nilda y los demás empleados de la casa. Además, si bien el colegio representa económicamente un bloque en apariencia homogéneo, van surgiendo personajes para él variopintos, en el sentido tanto fenotípico como sociocultural, que resquebrajan ese supuesto bloque uniforme. De Martinto, por ejemplo, se dice que era zambo, pero su padre había heredado unas minas y, por eso, tenía dinero para estudiar en ese colegio (Inmaculada); este representaría a la clase emergente. Y de Cano se dice que nadie reparó en él hasta que, en un recreo, él mismo dijo, con ingenuidad, que era hincha del Sport Boys y que vivía en el Callao. De pronto, todos empezaron a darse cuenta de que era distinto: venía de un barrio peligroso donde robaban y mataban personas, era flaco y ojeroso, y la ropa le quedaba grande y estaba raída por partes. De los hermanos Arenas, también, se decía que eran de Chorrillos, barrio al sur de Lima entonces un poco lejano, donde las casas eran feas y viejas, vivían en una casa de adobe y su empleada que no usaba uniforme. Cano y los Arenas se erigen entonces como prototipo de la clase popular que ve en la educación, producto del trabajo y el esfuerzo, un medio de superación. Aquí también donde Julius empieza a sentirse asediado por algunos compañeros como Sánchez Concha y se lo cuenta a Carlos, el chofer, quien le da consejos para defenderse: insultarlo aprovechando la similitud entre el apellido de su verdugo y la mentada de madre («Concha de tu madre, Sánchez Concha») o si es necesario pasar a la violencia, le dé un cabezazo (con el coco), y para ser más didáctico se saca la gorra de chofer y le muestra la parte exacta del cráneo con que debe golpearlo. Es quizá en la escuela donde empieza el duro aprendizaje de Julius: el paso de la inocencia asociada al espacio aristocrático y aséptico en el que vivía al lapidario despertar de las diferencias marcadas, tan notorias en una sociedad altamente jerárquica, racista y clasista como la peruana. Ahora, hay un mundo más allá del palacio, una sociedad plagada de contrastes más allá de su familia de sangre y la postiza, y estrategias para sobrevivir en esos otros microcosmos. 

Si bien es la escuela donde Julius inaugura ese papel de ciudadano y explorador urbano, es camino a las clases de piano con Frau Proserpina en su solar desvencijado y venido a menos del Cercado de Lima donde empieza a darse cuenta de los contrastes abismales: de la forma de las casas, del modo en que viven los vecinos, de los rostros, olores, sonidos y colores, de las distintas formas de belleza (no aria) de las muchachas (la colegiala coqueta que canturrea boleros en la ventana mientras se pinta las uñas), todo lo cual va apareciendo ante sus ojos como en un caleidoscopio. Su paso del palacio opulento y amurallado, donde además es mimado y es el centro de atención, a una vieja Lima señorial, en escombros (una burguesía que ha huido del centro histórico a los barrios residenciales y ha sido reemplazada por otra Lima de quintas tugurizadas, ocupadas por nuevos habitantes provenientes de todas las regiones del país), constituye un choque emocional que impregna la mirada del pequeño Julius de un asombro enorme y que evidentemente deja un marca indeleble en él. Es la ciudad que no sospechaba siquiera que existiera antes de sus merodeos. Es la ciudad por la que los adultos se desplazan sin verla, o son arrastrados por sus obligaciones cotidianas. Es la ciudad a la que ha estado todo ese tiempo ciego, esa ciudad a la que ha vivido totalmente de espaldas (él y, en realidad, toda su clase).

El vagabundeo del niño, ese movimiento pendular entre el espacio privado y el exterior (la calle), alcanza su etapa más alta, desde el punto de vista estilístico, con la magnífica descripción que hace Bryce del viaje en auto que hace con Carlos para dejar a Arminda, la lavandera, en su casa del Rímac. Este tránsito desde el Country Club en San Isidro a la Florida en el Rímac le sirve de pretexto a Bryce para desplegar una de las técnicas que mejor maneja: una enumeración acumulativa muy plástica cargada de una ironía de alto calibre. Este es quizá el momento narrativo más alto, donde el cronista tragicómico se revela en todo su esplendor. Lo que hace es recrear la transformación paisajística y arquitectónica de Lima desde la mirada desconcertada de un Julius que no termina de asimilar la mixtura de estilos y cambios urbanísticos tan rápidos que se suceden como fogonazos ante sus ojos, como un collage vivo a gran escala:

Julius ni cuenta se dio de que había encendido la radio, llevaba un buen rato dedicado a mirar cómo cambia Lima cuando se avanza de San Isidro a La Florida. Con la oscuridad de la noche los contrastes dormían un poco, pero ello no le impedía observar todas las Limas que el Mercedes iba atravesando, la Lima de hoy, la de ayer, la que se fue, la que debió irse, la que ya es hora de que se vaya, en fin, Lima. Lo cierto es que de día o de noche las casas dejaron de ser palacios o castillos y de pronto ya no tenían esos jardines enormes, la cosa como que iba disminuyendo poco a poco (312-314).

La narración se extiende unas tres páginas, y el panorama urbano en ese trayecto va cambiando desde la opulencia y la elegancia de «barrios residenciales más bonitos del mundo, pregúntale a cualquier extranjero que haya estado en Lima» y el céntrico distrito de Lince entonces considerado de poca monta por las clases acomodadas, a cuyas casa alude como «viejo-caserón-de-barro-de-Lince», pasando por la modestia y digna vivienda clasemediera «casa estilo con-mi-propio-esfuerzo, una mezcla del Palacio de Gobierno y Beverly Hills», «casa torta de pistache de uno que la cagó y sale feliz hacia un Cadillac rosado de hace cinco años», «penthouse para el amigo soltero de Juan Lucas», hasta que finalmente se atraviesa la muralla invisible que separa la ciudad del territorio ignoto que existe cruzando el río Rímac,     descrito como «una zona que no tarda en venirse abajo desde hace cien años y desciende a un lugar extraño, parece que hubieran llegado a la Luna: esos edificios enormes, de repente, entre el despoblado y las casuchas con gallinero […]» (313). Esta última cita es una posible referencia al tránsito entre la avenida Tacna y el antiquísimo y tradicional distrito del Rímac, conocido también como Abajo el Puente. El cambio más radical quizá sea el que opera en la mente de Julius cuando entra a la casa de Arminda y ve que los espacios al interior no están delimitados ni distribuidos con tanta claridad como él está habituado. Le llama la atención, por ejemplo, que la cocina y la sala formen un solo ambiente, que el único foco visible muestre el cableado expuesto y esté al borde del colapso, y que en medio del piso de tierra «una gallina lo estaba mirando de reojo, nerviosísima» (314).

En esos extractos y en otros más, la ironía, gracias a su carácter corrosivo y mordaz, es un recurso del que Bryce se sirve no solo para describirnos la mirada atónita del personaje que está descubriendo un entorno doméstico y urbano muy distinto al suyo, sino también para burlarse de la sociedad limeña y sus divisiones, ese aire de superioridad de la clase alta, pero también cierto afán de las clases medias y bajas por amoldarse a sus gustos a como dé lugar. Con ello, además, se critica la naturaleza humana, que en general hace del estilo de vida, los hábitos y la pompa de las fachadas y los aspectos materiales indicadores de triunfo, guiados por la utopía del progreso y el éxito socioeconómico. Es una crítica a quienes ven en estos elementos una especie de medalla al mérito o palanca para escalar socialmente (el estudiante de medicina que va al caserón a poner inyecciones y se afana por mostrar su «maletín negro de médico, con iniciales doradas y todo» o la millonaria San Román, quien se jacta de su novio inglés).

A través del camino de Julius, Bryce nos construye no solo una gran novela, sino una sátira de su clase y la sociedad limeña en su conjunto, pero también traza un mapa literario de Lima, un mapa personal dibujado por un constante tránsito, encuentros y desencuentros, fundamentales para la propia educación sentimental del personaje, un mapa dibujado por el desplazamiento de Julius (a pie o en auto) por las calles pintadas con líneas de asombro, casas y urbanizaciones marcadas con experiencias vitales más que con números y placas oficiales, que cobran un sentido especial por esas ansias de deambular y descubrir un otro cercano más allá de los extramuros. Esa educación paralela de Julius, motivada por el ritmo con que muchas veces es arrastrado por esa raza de hombres y mujeres de tercera clase, esa familia postiza que lo conduce (y a nosotros con él) a explorar la urbe y escarbar más allá de los linderos que le ha impuesto su clase, un laberinto por el que siempre querrá perderse.

(1) La edición que usamos como referencia es la de Cátedra, colección Letras hispánicas (2002) a cargo de Julio Ortega, a quien también pertenece el estudio introductorio. Esta incluye un apéndice que contiene un pequeño glosario para aclarar el sentido de muchos peruanismos, dos arranques tentativos de la novela (titulados CAP. I y “Las inquietudes de Julius”) y una sección final titulada “Confesiones”, donde el propio Bryce nos cuenta, de modo cronológico, anécdotas y datos curiosos sobre su educación sentimental y literaria.

Javier Arnao Pastor

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

Alfredo Marcelo Bryce Echenique (Lima, 1939). Es uno de los escritores peruanos más reconocidos a nivel internacional. Es célebre por sus cuentarios Huerto cerrado y La felicidad ja, ja, y sobre todo por sus novelas, entre ellas Un mundo para Julius, No me esperen en abril, y el díptico La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia Cádiz. Pertenece a una familia pudiente y es tataranieto del expresidente José Rufino Echenique, quien gobernó el Perú durante los años 1851 y 1855.

Av. Salaverry Es el nombre popular con el cual se conoce a la Av. General Felipe Salaverry, cuyo nombre alude al expresidente Felipe Santiago Salaverry, el más joven que ha tenido el Perú y también el más joven en morir. Luego de sublevarse contra el presidente Luis José de Orbegoso y combatido la invasión boliviana, fue capturado por Andrés de Santa Cruz y, tras un juicio, fue fusilado. Inaugurada en la década de los 40, esta avenida tiene un total de 38 cuadras que se extienden desde el monumento Jorge Chávez en el Cercado de Lima, pasando por Jesús María y San Isidro, hasta la intersección con la Av. Del Ejército en el distrito de Magdalena. Se caracteriza por una gran cantidad de árboles en la berma central, así como una extensa ciclovía. Durante su recorrido, se pueden observar lugares emblemáticos de la ciudad como el Campo de Marte y Próceres de la Independencia, dos parques públicos; los ministerios de Trabajo y Salud, y el hospital del Seguro Social, conocido como el hospital del Empleado, cuyo nombre oficial es hospital nacional Edgardo Rebagliati Martins.

Av. Tacna Es, junto con la Av. Alfonso Ugarte y la Av. Abancay, una de las tres avenidas que atraviesan de sur a norte el Cercado de Lima. Determina el extremo oeste del damero de Pizarro en el centro histórico de Lima. Tiene una extensión de siete cuadras. La primera empieza en el puente Santa Rosa y culmina pasando de la Av. Nicolás de Piérola. Cruzando el puente, existe una extensión llamada Prolongación Tacna en el distrito del Rímac, que da acceso a los túneles San Martín y Santa Rosa, que se conectan con el distrito de San Juan de Lurigancho. Entre finales de los 50 y los años 70, a lo largo de sus cuadras, se ubicaban firmas y compañías extranjeras, así como edificios lujosos, hoy, en su mayoría, en proceso de deterioro o tugurizados. Esta avenida, donde se ubican los respectivos santuarios, es el marco de dos fiestas religiosas muy importantes, la de Santa Rosa de Lima en setiembre y la del Señor de los Milagros en octubre.

San Isidro Es uno de los distritos limeños de mayor nivel socioeconómico. Asimismo, es uno de los que posee más áreas verdes. En él, se ubica la zona financiera de Lima, gran cantidad de embajadas, hoteles de lujo y el extenso parque El Olivar. Al norte, limita con los distritos de Lince, La Victoria y Jesús María; al sur, con Miraflores y Surquillo; al este, con San Borja y, al oeste con Magdalena y el océano Pacífico. 

Country Club El Country Club Lima Hotel está ubicado en el distrito de San Isidro. Inaugurado en el año 27, es uno de los lugares más exclusivos de la ciudad. Fue construido por la comunidad inglesa en los terrenos del Conde de San Isidro. Alberga un hotel de cinco estrellas, así como el restaurante Perroquet y el bar inglés.

Colegio Inmaculada El Colegio Inmaculado Corazón fue fundado en el año 1944 cuando, por un acuerdo formalizado por el Padre Bernard Blenker SM, Director del Colegio Santa María, y la Madre María Regina IHM, ven necesario contar con una escuela elemental para formar niños menores que luego debían culminar sus estudios en el colegio Santa María. El primer local se ubicó en una casona de la Av. Arequipa en el distrito de Miraflores. Al crecer el alumnado, se trasladaron al local de la Av. Angamos, también en Miraflores, donde funciona hasta hoy.

La Florida Es una urbanización ubicada en el distrito del Rímac.

Rímac Es el distrito más antiguo, tradicional e histórico de la ciudad. Se encuentra al norte de esta, en la ribera opuesta del río Rímac. A mediados del siglo XVI, cuando llegaron los conquistadores españoles, en el valle se encontraban un conjunto de gobiernos locales llamados curacazgos, conquistados por los incas entre 1460 y 1470. Aquí, Pizarro fundaría la Ciudad de los Reyes el 18 de enero de 1535. En su actual territorio, existía el curacazgo de Amancaes, cuya población se dedicaba a la pesca de camarones en el río. Desde tiempos prehispánicos, esta parte del valle era un cruce obligatorio para trasladarse de norte a sur. En la zona, los españoles encontraron un puente de sogas perteneciente a la época inca, el cual fue reemplazado por uno de madera y otro de ladrillo, hasta que se construyó el Puente de piedra, nombre histórico del hoy llamado puente Trujillo. 

Sport Boys Su nombre oficial es Sport Boys Association, club fundado el 28 de julio de 1927. Es el equipo de fútbol más popular del Callao, y es considerado el cuarto equipo más importante del Perú, luego de Universitario de Deportes, Alianza Lima y Sporting Cristal. En la historia del fútbol nacional, ha alcanzado el título nacional al menos seis veces. Su clásico rival es el Atlético Chalaco, con quien disputa el clásico porteño.

Callao Es el nombre con que se denomina una serie de distritos (Callao, La Punta, Carmen de la Legua, Bellavista, La Perla, Ventanilla y Mi Perú) que se extienden a lo largo del océano Pacífico y que conforman la provincia constitucional del Callao. Está ubicado al oeste de Lima, a 15 km de su centro histórico. Desde la época virreinal, su puerto ha sido uno de los más importantes de América. Ha sido, también, escenario de acontecimientos históricos clave para la historia nacional como el combate de Dos de mayo. Aquí se ubica, entre otros lugares importantes, el aeropuerto internacional Jorge Chávez. Lamentablemente, el Callao es considerada, en la actualidad, una de las zonas más peligrosas del Perú por su alto índice de criminalidad, asociado a actos de asesinato, sicariato y robo agravado.

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