El arte de vagar sentado

No hay nada tan reconfortante en la vida como despertarse una mañana con la clara certeza de que no habrá más ocupación que dedicarse concienzudamente a vagar por las calles (haberse acostado sabiéndolo, refuerza la paz del sueño y el ánimo de la vigilia pedestre). Hermosa sensación la de levantarse de un salto, sacarse de un frío remojón el tibio olor a cama, empujarse un desayuno sustancioso a toda prisa (en fin, invertir velocidad y trabajo en las actividades cotidianas y necesarias) y emprender la aventura de no hacer nada. Y es que, para quienes tenemos cierto amor por el ocio, aquello de no hacer nada tiene sus pliegues. Es, ante todo, una ocupación, y como toda ocupación requiere tiempo, habilidad y algunas condiciones del espíritu. Lo primero, una actitud contemplativa del mundo. No se trata de echarse a hibernar como un oso, sentarse a ver dos moscas copulando contra la ventana o plantarse horas frente a un televisor. No hacer nada (una de las formas acaso más activas del vagabundo) consiste en salir a la calle a andar, con ausencia de intención precisa, pero con hambre de imágenes y experiencias, y ver la vida pasar, y extraer algunas conclusiones de la agitación laboralista… De los otros.

A media tarde, estoy por salir de mi cuartucho, un rincón cerca del cielo percudido de Lima, en pleno jirón Quilca, entre Washington y Chota, una especie de barrio rojo del centro. Desde la ventana estrecha se cuelan un par de imágenes: el antiguo y largo edificio del Banco Popular y lo que fuera el hotel Crillón, su legendario Sky Room, que vivió su esplendor allá por los 60. Que recuerde más lo que fueron que lo que son ahora da mucho que pensar sobre la tendencia de mi cabeza a divagar. En fin… Escoltado por algunos vecinos que salen a ganarse el pan, en su mayoría venezolanos (es ya una estampa urbana verlos, por las mañanas y a media tarde, cargando sus recipientes con panes, sus termos con café y chocolate), llego a Washington. Con ojos lascivos, viciosos, y un periódico empollado en la axila, los primeros parroquianos se van congregando en el cine Tauro para dilapidar su tarde, por pocas monedas, en algunas horas continuas de sexo contemplativo. Al frente, sobre una extensa y decadente playa de estacionamiento, veo la espalda del Ferrand, un edificio con forma de buque fantasma, una mole como salida de las profundidades luego de siglos de haber encallado. Una mujer tiende ropa sobre los fierros oxidados de la escalera auxiliar. Me apunta desde lejos con una mirada de francotirador, rastrilla con fuerza su ropa mojada y dispara hacia mí sacudiendo miles de gotas minúsculas. Si fueran balas, ya estaría muerto: a nadie le gustan los mirones en su territorio. Quizá los clientes del Tauro y yo somos parte de una hermandad secreta: una secta dispersa de miembros que no se conocen entre sí, unidos por un amor secreto al placer y el derroche gozoso de las horas, a fisgonear a los otros por puro gusto. Pero aceptémoslo: ¿quién no prefiere abandonarse a lo dionisiaco en vez de cumplir con sus deberes sociales? ¿Quién no ha metido alguna vez las narices en asuntos ajenos? Que dé un paso al frente y tire la primera piedra.

Cruzo Wilson. Quiero ir a ver libros a Rocinante, la librería del buen Pedro Ponce, pero el miedo al despilfarro me detiene, así que veo una banca vacía en la plazuela Elguera, ese triángulo de asfalto y pasto entre Torrico y Quilca, y me siento, tranquilo. Una banca puede ser, en apariencia, un simple lugar donde descansar las piernas, pero también puede convertirse en un observatorio callejero, un balcón casi a ras del suelo, una barraca para resguardarse y contemplar la carrera loca por hacer, por «ser alguien», una trinchera para la despreocupación y la entrega a la sana improductividad, labor principal del caminante. Una banca puede ser también un manto de invisibilidad, un camuflaje urbano ideal para abandonarse a mirar sin levantar la sospecha del observado. Sentarse se convierte también en una rebelión contra la demanda de actividad y movimiento. Sentarse es una ocasión que uno se regala para contemplar la vida pasar (tipos humanos, pequeño dramas que suceden alrededor), un placer malsano de contemplar la agitación del otro, uno de los juegos del paseante. Sentarse puede ser, a fin de cuentas, otra forma de vagar… En reposo.

Desde este mirador elegido, veo, en la otra banca, a un grupo de borrachines, un grupo de amigos ejerciendo la libertad de beber en plena mañana mientras disertan acerca de la historia de los mundiales:

-Tú te acuerdas de ese equipazo de Hungría del treintiocho?

-Claro… Llegó a finales. Quedó seg…

-Segundo… Como en el cincuenta y cuatro.

-Ese Hungría de Puskás, conchesumare… goleador del Madrid, solo atrás de Di Stéfano. Cuatro pepazas le metió a Albania. Ahora, no pasa ni mierda con Hungría…

Miro sus rostros rojizos, no solo de alcohol. La efusividad con que comentan sobre su tema fetiche les da un rubor especial que contrasta con su ojos vidriosos, vivos en este momento en que ganan bríos, como el último coletazo de un escorpión. Pasa una amiga, la novia de Pedro  de la librería Rocinante. Va vestida con un abrigo rojo con piel en los puños y la capucha, que lleva puesta. Al verla, uno de los borrachines, pide silencio a sus cofrades y se inclina:

-Sh… Calla, mierda. Está basando la dama. Buenos dioski, señoritaski. ¿Un tragostki de cañazoski pal friozki?

Ella sonríe y también la saludo. Le indico con la mano que en un rato me doy una vuelta por la librería.

Sigo en mi banca dedicado a la comprometida labor de observar la calle. Una pareja de ancianos se acerca por la vereda de enfrente. Ella lleva anteojos y un gorro de lana, y va montada en su silla de ruedas; él, calculo unos ocho años más joven, empuja la silla. Mientras esperan que los autos pasen para cruzar la calle, veo que la ancianita levanta la cabeza con ternura y cierra los ojos como pidiéndole un beso. De pronto, y sin soltarle la cara, con una rapidez y vitalidad inusitada, destapa una mano de la manta, se saca el guante y con placer empieza a sobarle sobre la bragueta, una y otra vez, con maestría. Dos almas hirvientes encerradas en cuerpos en decadencia. La abuela se da cuenta que la he visto y comenta con el abuelo. Una sonrisa inicial explota en carcajada. Qué hermoso cuando el deseo se impone ante las buenas costumbres y el pudor.

Giro los ojos hacia la otra vereda. Desde hace varios meses, vienen haciendo misteriosas modificaciones al interior del templo eucarístico de las hermanitas esclavas del sagrado corazón de Jesús, en el cruce de Wilson y Quilca. Andamios, portones de metal cubren los trabajos, pero una nube ocre de polvo grita que algo adentro va desapareciendo. Para siempre. Los viandantes, inmunes al ruido y al polvo, se detienen en la esquina unos minutos a mirar el espectáculo. Apenas una mano protege la nariz de la arenilla. La curiosidad es más fuerte. O tal vez es ese impulso primitivo que los mueve a contemplar la destrucción. Ver que una parte del mundo está desapareciendo, que se destruye es todo un suceso, porque, aunque no lo sepan, esa animalidad latente les dice que en el vacío dejado por lo antiguo crecerá algo nuevo, como un árbol, pero más útil. Por eso, gozan espectando la muerte del pasado, pues deshacerse de lo viejo, tal como dicta la lógica pragmática, es dar un paso hacia adelante y ponerse del lado del progreso. Para construir el futuro (lo útil), hay que aplastar todo rastro del ayer (lo inútil). A fin de cuentas, gran parte da historia de las ciudades está construida sobre episodios de destrucción que tal vez solo recuerde un puñado de románticos.

Me levanto dispuesto a entrar a Rocinante, pero me digo a mí mismo: ¡contención! Y sigo de largo hacia Colmena. Los lustrabotas leen sus periódicos sin hacer nada más. Muy distintos al estereotipo del lustrabotas de los 80 o 90. Ahora, son adolescentes con cortes al estilo de las barberías, ropa modesta, pero a la moda. Me ven con las zapatillas sucias y me lanzan miradas, sonrisas desdeñosas, una especie de cartel de no molestar en la boca, y vuelven a pasar la hoja de sus periódicos. Más adelante, veo un sereno en bicicleta. Fija la mira en los chiquillos, hace un amago de expulsarlos de la calle, pero un bostezo repentino lo detiene. A fin de cuentas, no están trabajando, así que se hace de la vista gorda y se aleja. Los cambistas están parados leyendo los titulares del quiosco de la esquina sorbiendo su emoliente, mordisqueando su pan con toda la calma del mundo. Ni siquiera agitan su fajo enorme de billetes, menos se oye el pregón de cambio de dólares. A dos metros, las colas del banco son enormes, pero nadie se mueve. Parece que no quisieran estar ahí. Ni los colectivos al Callao llaman a viva voz. Todo el ambiente se impregna de una pereza sintomática. Veo en sus rostros ganas de no hacer nada, de no cumplir con obligación alguna. ¿Y si todos un día deliberadamente dejáramos de trabajar? Cuántas ganas veo en ellos de tirarse en una silla y estirar las piernas, ver cómo el día se convierte perezosamente en noche, matar los minutos dándole de comer a las palomas…

Es hora de volver a casa. El encierro es necesario y hasta vital. Pero hay veces que se vuelve un asedio, un estado de sitio, y el acorralamiento en el que se coloca el ciudadano para protegerse del ruido de la ciudad (autos, cláxones, gritos) es reemplazado por el ruido interior, ese monstruo que grita en silencio que debes moverte, producir, hacer siempre más, el imperio del tú puedes. Y si sumas el ruido electrónico, los pequeños gritos del celular o la computadora, finalmente, terminarás horas entrampado en efímeros estados de Facebook o fotos de Instagram. Por eso, salgo a vagabundear o me siento en una banca, ocio de mayor provecho (visto no como vicio, sino como un privilegio necesario para no enajenarse) a la usanza de los grandes peritos en ociosidad, los flâneurs, esa tribu de nómadas urbanos. Porque sentarse, contra el prejuicio, puede generar un estado contrario a la turbación por el ruido y el deseo de fuga. Para mí, funciona a la inversa: hay un deseo de permanencia en el caos y la decadencia. El ruido transmite dinamismo, vitalidad, aunque, con demasiada exposición, hay un riesgo de aguijonear la paz. Al sentarse, se descansa el cuerpo, pero se ejercitan los sentidos (el oído, la vista), se desarrolla la mirada. Sentarse a mirar entre zancada y zancada es lo inverso al hábito cotidiano. Combinando chispazos de asiento con largas caminatas, es posible no ceder a la rutina, a la repetición maquinal. Y luego volver… Sin contraste, no hay espacio para el asombro, para la experiencia epifánica.

Como toda medicina, vagar también tiene sus contraindicaciones. Hay que huir de ese exceso de contemplación. La huida se emprende para evitar el hartazgo, pero hay que huir también del embotamiento de los sentidos por influjo de la realidad: el hábito adormece. Y ahora que emprendo el regreso a casa (todo viaje tiene principio y fin), vienen a mi memoria los versos de Martín Adán: «Me gusta andar por las calles algo perro, casi nada hombre». Eso es lo que está detrás de su música: deshacerse del mapa trazado, del itinerario preestablecido, de los horarios: apelar a esa brújula interior, abandonar al hombre y volver a ser un poco ese animal callejero. Por ahora, subo a mi cuarto y me tiro a la cama. Debo pasar los apuntes. Y luego escribir. Pero en el fondo… ¡qué ganas de no hacer nada! Solo vagar, vagar y vagar…

Javier Arnao Pastor

Ilustración: Nicolé Hurtado Céspedes

Datos de apoyo

Plaza Elguera Antiguamente llamada Plaza de la Salud (por referirse a la estación homónima del ferrocarril Lima y Callao), es una pequeña plaza en forma triangular ubicada en el cruce de la avenida Garcilaso de la Vega (ex Wilson) y los jirones Rufino Torrico y Quilca en el Centro histórico de Lima. Su nombre actual se lo debe al alcalde que gobernó la ciudad entre los años 1901 y 1908. En una esquina de la plazuela, se puede ver aún una cruz de madera, que evoca a los limeños fusilados durante la ocupación chilena.

Banco Popular Ubicado en el cruce de las avenidas Tacna y Nicolás de Piérola, albergó las oficinas de este famoso banco perteneciente a la influyente y poderosa familia Prado.

Sky Room Inaugurado el 1 de agosto de 1960, fue un famoso restaurante y bar ubicado en el último piso del desaparecido hotel Crillón, situado en el cruce de la av. Nicolás de Piérola y el jirón Rufino Torrico. A él concurría la crema y nata de la sociedad limeña de esa década. Entre los famosos que visitaron el lugar, estuvieron María Félix, Charles Aznavour, John Wayne y Pelé.

Cine Tauro Está ubicado en el cruce de los jirones Washington y Gabriel Delgado en el Centro de Lima. Inaugurado en 1960, fue diseñado y construido por el arquitecto peruano Walter Weberhofer entre los años 1957 y 1958. Actualmente, funciona como cine para adultos.

La Colmena Nombre popular con que se conoce a la Av. Nicolás de Piérola. Debe su denominación a la empresa encargada de las obras para su ejecución. 

Edificio Ferrand Está ubicado entre la avenida Garcilaso de la Vega (ex Wilson) y los jirones Quilca y Zepita. Su edificación estuvo a cargo de los arquitectos Fernando Belaúnde Terry (expresidente de la República) y Alejandro Alva Manfredi. Fue inaugurado en 1947. Actualmente, alberga viviendas multifamiliares y está en proceso de tugurización.

Convento e iglesia de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús Se encuentra en la av. Garcilaso de la Vega (ex Wilson) N ° 924 en el Cercado de Lima. Acoge a una congregación de religiosas, cuya devoción se cimenta en el amor a Cristo pobre y humilde. Sus fundadoras son las hermanas Santa Rafaela María y Pilar Porras Ayllón.

Flâneur Término procedente del francés. Nacida en plena época de cambios industriales y urbanísticos, esta definición encarna al paseante callejero que se dedica a deambular por las calles sin rumbo fijo y siempre abierto al azar y a los descubrimientos que le depara su caminar errante por la ciudad. Contra lo que pueda pensarse, el flâneur no es un ser que solo se dedica a observar pasivamente el entorno y perder el tiempo, sino que hace de sus caminatas y el paisaje urbano experiencias intensas y reflexivas.

Martín Adán Seudónimo del poeta peruano Ramón Rafael de la Fuente Benavides (1908-1985). Es considerado, junto a Emilio Adolfo Westphalen y Carlos Oquendo de Amat, uno de los más importantes innovadores de la poesía moderna en el Perú. Con apenas veinte años de edad, publica en 1928 su novela poemática La casa de cartón (con prológo de Luis Alberto Sánchez y colofón de José Carlos Mariátegui), la cual es considerada uno de los experimentos formales más audaces de la vanguardia peruana.

Un comentario sobre “El arte de vagar sentado

  1. Muy buena semblanza de nuestra Lima.
    Qué bién te la tenías guardado.
    Y con datos al final.
    Me haces recordar un poema,
    que le hice a una de mis compañeras
    allá por 1989,cuando me decía:”Guarda
    Pan para mayo, ya estás viejo….
    Prepárate para el futuro…Ponte a trabajar… Yo lo que quiero es un hombre
    Que me mantenga, nada de poesía,para que sirven los poetas si sólo hablan cosas
    Que nadie entiende….. (y blablabla,etc.)”
    Así que me salió un poema y le puse
    ” En Busca del Tiempo Perdido ”
    Yo llamo fatalidad ,jugada del destino
    El pretenderte,mujer, y tú indiferente.
    “Cuanto tienes, Cuánto vales.”,me dices siempre siempre. Miro mis bolsillos vacios y tristes y por aquel camino nuestro me pierdo …
    Yo no sé como llamar a la gente
    Condicionado a los caprichos de este mundo ( trabajar)
    Caprichos que no fueron tallados
    Para mí:
    -” Guarda pan para mayo… ”
    Recuerdo las míseras monedas cayendo
    En mis bolsillos y póngole siglos a mi tristeza

    Las obras más hermosas
    Han sido creadas en tiempo de Ocio
    Ocio no es o-cio-si-dad
    Haraganería locura
    ¡ estarse perdiendo el tiempo !
    – como tú crees-
    Ocio es algo más connotativo
    Más elevado
    ¡ Construirse un palomar en el alma
    Y sosegarse!
    Y
    Entre sosiego y sosiego
    Vuelvo a la realidad de mis años
    Al inventario mi Vida.

    Salgo en busca de una compañera
    Que ame las cosas simples de la vida:
    Una flor una canción un libro

    Una compañera cuyo secreto esté
    En la miel que se desborda entre sus labios
    Y tener yo la osadía de lamerla eternamente
    Que………
    ……………………..”

    ( primera parte. Hecha en canción

    Mira Caminante lo que acabas de hacer
    Conmigo.Traerme del cofre de los recuerdos ,tu hermosa crónica.
    Un fuerte abrazo. Y saludos a tu princesa
    Selva. ¡ Qué suerte tienen los Vagos!

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