El mar nunca es tan solo el mar

El mar nunca es tan solo el mar. En Lima, es la neblina pasajera e indomable y las nubes que componen la cúpula gris de su cielo. También cambia de apariencia conforme deambula por algunos de los barrios de la ciudad. Las zonas adyacentes a él son las más vulnerables a sus caprichos. En Magdalena o San Miguel, donde hay hogares a unos pocos metros de las playas, el mar se convierte en esa criatura de óxido que corroe, entre otras cosas, cuerpos de bicicletas, marcos de ventanas y verjas de jardines. Día a día, se apodera de ellos y los consume delicadamente hasta pulverizarlos, si es que ningún vecino se percata ni reacciona a tiempo para evitarlo. Por ello, los que aquí habitan son conscientes de que cualquier objeto de metal que sea dejado en la intemperie, ya sea en una azotea o en un patio al descubierto, terminará siendo devorado por el mar. Cuando se recorre estos territorios es inevitable percibir la humedad que queda impregnada en el aire por el desbordante paso del mar. Es así como se deposita y se acumula hasta formar una muy delicada capa de barniz meloso sobre las yemas de los dedos, así como sobre la nuca y los pómulos. Esa misma humedad se escabulle en los hogares para teñir de blanco el olvido crecido entre zapatos y prendas ocultos al fondo de cajones y armarios. Es como si el mar, en una u otra de sus manifestaciones, siempre sintiera hambre por lo abandonado.

El viento, habitante perenne de la costa de Lima, esparce por el resto de la ciudad la presencia del mar. En distritos medianamente apartados de los malecones, como Lince, Jesús María o Pueblo Libre, el mar, en diversos momentos del año, sin importar la estación, no solo es la sal que hincha la nariz del paseante con su invasiva fragancia, sino que, además, es esa que, calle a calle, se acomoda en su piel mientras atraviesa la madrugada. Esta sal se termina por mezclar con la sal que vive en las gotas de sudor y, por unos instantes, el mar y el paseante comparten una misma sustancia. Nace así una opaca antorcha de yodo que se extinguirá antes de la siguiente mañana. En otros distritos, aún más apartados de la orilla que los otros, como La Victoria, Breña o el Centro Histórico, el mar puede ser, además, el ininterrumpido gruñido que escapa del motor del único automóvil que circula, en ese preciso instante, cuando ya es más de la medianoche, por una ancha avenida vacía. Con paredes y ventanas de por medio, pero en especial por el sueño acumulado de tantos días, aquel sonido se asemeja, para quien lo oye, al oleaje que surca el mar desde el horizonte. Estas olas oídas habrán de estallar más allá —en el nunca— de donde dicho oyente se encuentra. En otras ocasiones, el mar se extravía por estos mismos rincones de la ciudad y se confunde con el frío del invierno. La temperatura de las madrugadas de julio o de agosto hace de alguna esquina descubierta una porción más del gélido mar de Lima. La nuca, las orejas y las extremidades se hunden en el estremecimiento, si las alcanza a rozar el filo del mar invisible que es el invierno. Y en aquellos rincones de la ciudad aún más lejanos de la orilla, allí donde se la puede confundir desde la distancia o desde la altura con el horizonte, el mar puede surgir al interior de una habitación, siempre en medio del silencio absoluto, gracias al ritmo sutil que provoca una respiración, sea propia o ajena. 

Paulo César Peña

Ilustración: Carlos Yáñez Gil

Datos de apoyo

Lima La ciudad ha crecido sobre una meseta que está rodeada por los cerros que pertenecen a las últimas estribaciones andinas y que es atravesada por tres valles (Chillón, Rímac, Lurín), los cuales desembocan en el océano Pacífico. En la orilla del mar, desde el cerro Morro Solar, en Chorrillos, hasta San Miguel, se yergue una pared de acantilados. Recién en el siglo XX, en la década del sesenta, los limeños incorporaron las playas al pie de dichos acantilados al circuito vial de la ciudad. El sector del valle del Rímac que se corresponde con esta muralla natural es precisamente aquel sobre el que se desarrolló durante la época precolombina y tras la fundación española. Las expansiones que se ejecutaron desde el centro histórico fueron orientadas, ya en el siglo XX, hacia el oeste y el sur. El camino al balneario de Miraflores, en dirección al sur, se constituyó como el principal eje de urbanización. En ese sentido, los barrios que aquí surgieron son considerados como parte de los más tradicionales de la ciudad, pues, por su condición histórica, son los que siguen en antigüedad al centro histórico y a los balnearios (Miraflores, Barranco, Chorrillos). El recorrido del mar que se ha descrito ejecuta el camino de la ciudad en sentido inverso.


El mar de Lima Debido a la presencia de la corriente de Humboldt, cuya temperatura fluctúa entre los 17° y 19°, el mar frente a Lima es frío. Al recibir el calor del sol, genera la aparición de la neblina. Este fenómeno se repite entre el centro y sur de la costa peruana. Esto explica la presencia constante de nubosidad sobre la ciudad. En la parte norte, en cambio, la temperatura caliente del mar intensifica el calor de sus orillas. Por otra parte, el afloramiento de aguas frías profundas, que arrastra consigo algas y planckton, dota al agua de un color verdoso, mientras más cerca está de la costa. Cuando se está lejos del litoral, el mar adquiere, por el contrario, una coloración azul oscuro.

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