El loco o lo que Lima quiere lejos de sí

En junio de 1935, Ernesto More visitó el hospital psiquiátrico Víctor Larco Herrera. More, que entonces dirigía el semanario Cascabel, había publicado reportajes sobre lugares distintos de Lima. Primero escribió sobre las picanterías arequipeñas, luego sobre los alrededores peculiares del Barrio Chino, y también sobre las calles y los mendigos. El cuarto reportaje, sin embargo, sería distinto, porque lo había destinado a presentar al público una historia sobre el arte que, en silencio, era compuesto por los enfermos de un hospital en las afueras de Lima. El reportaje se titula “En el Museo gráfico del Hospital Larco Herrera de Magdalena del Mar” y fue publicado el sábado 29 de junio de 1935. Las dos páginas del texto nos introducen en las galerías del hospital y en la descripción de los salones de este pequeño museo que había abrazado esculturas y dibujos surrealistas, demasiado vivos y poco correctos, como Oskar Kokoschka buscaba que fuera su arte: “convencionalmente incorrecto”. El museo, dirigido por los doctores Baltazar Caravedo y José Max Arnillas, tenía también el apoyo del artista y poeta César Moro, interlocutor de More en algún momento del reportaje. César Moro, responsable artístico del museo, orienta a los pacientes, los incita a la creación, clasifica sus trabajos. More, admirado por los dibujos de un paciente, comenta: “En efecto, la personalidad se conserva aún al otro lado de la razón. ¡Y con qué pureza! Se abre ante nosotros, fulgurante, fugaz, un panorama vastísimo. Quizá sí las verdaderas obras de arte, las primitivas, no tenían otro objeto que la liberación. La razón nada tiene que ver con ellas. ¡Todas son inexplicables!” Y, en cierto modo, lo que dice More es verdad: la liberación a veces está lejos del camino correcto, o llamémosle normal

Lima, por el contrario, busca lo normal, lo habitual y lo frecuente, lo que debe ser. Por eso, siempre ocultó a los locos. O los quiso menos, los dejó a un lado. Porque lo distinto puede ser peligroso o en algún momento indócil. Si viramos un poco hacia la historia y los locos, vemos que, desde la Colonia, Lima no quería a los enfermos mentales y los recluía en las famosas loquerías, que eran una suerte de claustros metamorfoseados en cárceles y donde el loco debía curarse solo por el hecho de ser encerrado. Es verdad que esta práctica, inhumana a nuestros ojos, era lo usual en la época, pero Lima, de todos modos, fue alejando a sus locos conforme el tiempo avanzaba y la modernización tragaba a la ciudad completa. Hacia la mitad del siglo XIX, las loquerías de Santa Ana y San Andrés (en ese entonces, en medio de la ciudad, muy cerca de lo que es hoy la plaza Italia, en los Barrios Altos) fueron clausuradas debido a condiciones deplorables: encierro, maltrato y falta de higiene en que se tenía a los alienados. Se construyó, entonces, un nuevo hospital, esta vez más lejos de la urbe, en la conocida zona del Cercado (actualmente, en Barrios Altos, pocas cuadras antes de los cementerios El Ángel y Presbítero Matías Maestro), que limitaba con las murallas de la ciudad. Así es como, en 1859, es fundado el Hospital Civil de la Misericordia. El nuevo manicomio presentó dificultades apenas inaugurado, lo que, sin embargo, no bastó para que funcionara 60 años más, hasta que, en 1918, fuera trasladado más lejos aún. Esta vez el lugar elegido fue un distrito frío, neblinoso y a solo unas calles de la costa verde: Magdalena. 

El Asilo Colonia de la Magdalena empezó a funcionar en la segunda década del siglo XX, cuando el proceso de expansión de la Lima urbana ya había empezado. En Magdalena, ya había muchas casas y era un distrito de clase media que estaba conectado al centro de la ciudad (la gran Lima todavía) a través de la avenida Brasil, inaugurada en 1899. Pero siempre era necesario aún mantener a los locos alejados de los centros simbólicos de poder (Lima o el centro de Lima). La ciudad aún no quería verlos o, incluso, considerarlos en condición de enfermos que necesitaban una atención médica real. Por esa razón, en 1915, Hermilio Valdizán empezó a publicar una columna en el diario La Prensa titulada “Historias de enfermos”, que luego compiló en un curioso volumen del mismo nombre algunos años después. Se trataba de breves relatos que el médico contaba a partir de su experiencia como psiquiatra en Lima y en Europa. Su objeto, como él cuenta, era el siguiente: “deseaba formar, en el público de Lima, una consciencia psiquiátrica, si se me permite la expresión; anhelaba, vivamente, obligar al público de Lima a aceptar la especialización médica en Psiquiatría, de manera análoga a como la aceptaba, de buen grado, en Pediatría, en Ginecología, etc. Y creí que me servirían para ello unas cuantas historias clínicas tomadas a mi libro de anotaciones de estudiante y de médico.” El objetivo de Hermilio Valdizán se cumplió, efectivamente, pero tomó más tiempo del que normalmente debía tomar, porque la sociedad limeña aún veía a los enfermos mentales como alienados y seres que simbolizaban lo opuesto a la humanidad, por lo que las prácticas médicas y científicas en cuanto a los hospitales psiquiátricos aún no se modernizaban. Santiago Stucchi Portocarrero cuenta en su libro Loquerías, manicomios y hospitales psiquiátricos de Lima (2012) que las Hermanas de la Caridad, que habían regentado el Hospital Civil de la Misericordia, continuaban manteniendo a los pacientes del Asilo de la Magdalena en un estado deplorable de descuido y vejación. Afortunadamente, gracias a la presión de intelectuales y hombres como Víctor Larco Herrera, las hermanas dejaron el hospital y este empezó a ser administrado por sus propios trabajadores. Médicos importantes del país, como Honorio Delgado, Baltazar Caravedo y Hermilio Valdizán, empezaron a trabajar en el hospital y sus condiciones mejoraron. Su nombre, por supuesto, también varió. 

Lima ha querido alejar así, de su historia y su geografía, a los locos. Quizá por considerarlos la encarnación del riesgo y una torcedura del camino correcto. Recuerdo que, a inicios de los 90, había en Lima muchos locos. La verdad, no puedo decir si eran realmente locos, orates u hombres que no estaban en razón, pero sí eran individuos desasidos de todo contacto social, sucios y más que con harapos para cubrirse. Hombres que ya no eran más hombres por haber elegido el sinuoso camino del destierro, pero que vivían, sin embargo, muy cerca a nuestra realidad, a solo unos metros de distancia: en las esquinas, las aceras. Sobre todo, era fácil verlos en el centro de la ciudad. Aún me recuerdo muchas veces en el asiento de copiloto junto a mi padre, esperando que diera verde el semáforo de Alfonso Ugarte con Bolivia, esquina gobernada por un personaje famoso llamado Loco-ca-ca. Era reconocido por limpiar parabrisas y dispuesto a lanzar una bolsa de sucia economía orgánica a las ventanas del conductor que no le ofreciera algunos céntimos. Todos lo apoyaban, por supuesto; también mi padre. Los 30 o 40 céntimos aguardaban siempre junto al timón. Ese género de locos, que era muy común en los 80 y 90, se ha esfumado. En un invisible proceso de asepsia, Lima los ha desaparecido, y encontrarlos con la misma frecuencia de esos días es hoy aún más difícil. Claro que, cuando Lima no desaparece u oculta a sus locos, los intenta torcer y volver al sendero del “bien” y la normalidad, como parece que lo hizo en 1992. En un libro de reportajes fotográficos de Umberto Jara llamado El explosivo año ´92, vemos la imagen de uno de estos personajes desnudos, sucios y caminando sin problema por la calle. La nota se titula “Loca ciudad, locos habitantes” y cuenta lo siguiente: “Los locos esta vez no sólo transitaron por la ciudad, también la recesión económica los obligó a trabajar: En los semáforos, armados de piedras y palos conminaban a los choferes a entregar una propina.” De alguna manera, Lima engulló a sus locos y les obligó a trabajar, a ser parte de un grupo responsable que busca su sustento y camina hacia el futuro. Porque, para Lima, eso es lo normal

Y aunque, en la actualidad, Lima sea una ciudad pluricultural y pluriracial, todos (o casi todos) caminan en una dirección similar, que es la correcta o la que intenta ser correcta: avanzar hacia el futuro, ganar dinero, ascender, mudar de clase social y hasta de color, y olvidar nuestra historia, no mirar hacia atrás ni perdernos en ensoñaciones nostálgicas o placeres inútiles, menos reservar nuestro tiempo para el ejercicio de tareas simbólicas y poco prácticas. Como ese italiano que llegó a Lima en los cincuenta y se enamoró de sus balcones de cajón. Bruno Roselli, erudito y profesor, los estudió, los clasificó e hizo todo por recuperarlos y salvarlos. Reunió muchos de ellos, pero Lima nunca lo entendió, no quiso entenderlo, ni quiso verlo. Sus balcones reunidos terminaron incinerados y desaparecidos. Roselli murió por dentro, y luego también por fuera, y Lima siguió viviendo feliz sin ese loco de los balcones. El camino torcido o el sendero del loco es algo que Lima detesta, que no puede soportar. El loco de la calle mira hacia todos lados, se detiene, y su trayecto descansa en sí mismo: en su acera, en su esquina o en su andar sin rumbo, porque sabe que de ese estado no saldrá. Probablemente, se mira a sí mismo mucho más que nosotros (los limeños) y regresa a su pasado y a su identidad perdida. A Lima le falta eso: mirarse un poco más a sí misma, dejar de borrar la locura que a veces es provechosa. Por eso, luego de alejar cada vez más a los locos, Lima intentó borrar los trazos que dejaron ellos en los edificios que habitaron y quiso limpiarlos con centros de instrucción o instituciones policiales. Así, la loquería del Hospital de Santa Ana es hoy el calmo claustro de una iglesia. ¿La loquería de San Andrés? Una comisaría. ¿El hospital de la Misericordia en El Cercado? Un cuartel primero, un colegio después. ¿Y el Hospital Víctor Larco Herrera? Ya Lima lo responderá. 

Zandor Emerson Zarria

Ilustración: Carlos Yáñez Gil

Datos de apoyo

Ernesto More Barrionuevo (1897-1980) Escritor, poeta, periodista y político peruano. Fue hermano del también escritor Federico More. 

Cascabel Semanario político dirigido por Federico More Barrionuevo (periodista, político y hermano mayor de Ernesto) entre 1935 y 1951.

Oskar Kokoschka (1886-1980) Artista expresionista austriaco que, a inicios del siglo XX, adquirió fama por pintar obras que buscaban retratar la humanidad con sus aflicciones, ansiedades y pasiones.

La Prensa Diario peruano editado en Lima y muy importante en el devenir político e histórico del país a lo largo del siglo XX. Se editó entre 1903 y 1984. 

César Moro (1903-1956) Artista y poeta surrealista peruano cuya obra ejerció una importante influencia en artistas y escritores del país. Su obra ha sido revalorada en las últimas décadas. 

Hermilio Valdizán (1885-1929) Escritor y médico peruano especializado en psiquiatría. Escribió también numerosos estudios históricos sobre la medicina peruana. 

Víctor Larco Herrera (1870-1939) Político, empresario y filántropo peruano. Dedicó gran parte de su vida a la ayuda social y el desarrollo cultural del país. Para honrar el apoyo que ofreció en la construcción y modernización del Hospital Asilo Colonia de la Magdalena, se le dio su nombre a este establecimiento, el cual se llamó desde entonces Hospital Víctor Larco Herrera. 

Santiago Stucchi Portocarrero Investigador y médico psiquiatra peruano. Entre otras publicaciones, ha escrito el libro Loquerías, manicomios y hospitales psiquiátricos de Lima (Lima, 2012). 

Bruno Roselli (1887-1970) Ciudadano italiano de origen florentino que llegó al Perú a mediados del siglo XX. Fue profesor de Historia del Arte en las universidades San Marcos y Católica. Su amor por la conservación y recuperación de los antiguos balcones coloniales y republicanos de Lima, le granjeó cierta fama en la ciudad, aunque nunca tuvo el apoyo necesario para llevar a cabo esta heroica tarea. Su historia ha sido recreada por Mario Vargas Llosa en la obra teatral El loco de los balcones (1993). 

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