Cuando viajar es un deporte de contacto

Seis de la mañana. La ciudad da un salto de la cama. Se quita de golpe el traje y el fotocheck. Va a la cocina y se mete en la ducha fría. Coge la toalla y se lava. Coge el peine y se seca la cabeza. Coge el cepillo de dientes y se despeina la melena. Coge la media con que se frota la espalda y se cepilla los dientes. Corre hacia el baño y se pasa unas tostadas cargadas, muerde un café crocante. Se despoja del reloj, del celular. Se saca los zapatos. Se pone la ropa de cama.

Abre la puerta de su casa. Sube dos escalones y sale a la calle que ruge en silencio en la niebla seca. ¡Disfruta el hermoso desorden, el silencioso caos! Entra a un baño público y se detiene a ver los titulares. Compra un periódico. Se saca los lentes y lee la portada. Camina hacia el Metropolitano y mientras espera el Expreso, descarga la vejiga. Antes de entrar, coge una hoja de periódico y se suena la nariz. Llega al trabajo, se saca el pijama. Se duerme encima del escritorio. Arranca su jornada. Agotado. Una vez más…

Arranca un lunes, agitado. El pasajero llega sudando a la estación del Metropolitano más cercana, pasa su tarjeta: el saldo es insuficiente. Es la enésima vez que le sucede, pero siempre es como si fuera la primera. Vuelve sobre sus pasos hacia el final de una larga cola. Como él, decenas de pasajeros, aunque usen a diario el servicio, prefieren recargar todos los días. Desprenderse de un billete de 20, al parecer, da la sensación de un gasto muy fuerte de un porrazo. ¿Y si se roban la tarjeta? ¿Y si se pierde? Un par de trapos, un par de zapatillas, o un cuarto de hotel con la tarjeta de crédito (o todos esos gustitos juntos) el fin de semana deben haber costado lo mismo o más, mucho más. No importa: el goce, el placer jamás se escatima. Las calles, los servicios públicos son excelentes laboratorios para analizar nuestra idiosincrasia. Primer rasgo de bandera: la falta absoluta de planificación. La primacía de lo inmediato. La satisfacción del deseo… Y, desde luego, el amor por el conflicto, un amor visceral, un deporte de contacto.

En terno o sastre, en zapatos o tacos, todos bajan trastabillando las escaleras. Decenas de conciudadanos más tempraneros se agolpan en los paraderos. Una, dos, tres filas. Filas curvas, serpenteantes, enroscadas, amorfas. Se ubica como mejor puede. Ve a lo lejos que el bus se acerca. La fila abúlica de pronto cobra vida, una energía inusitada despierta de las profundidades de esas formas que caminan, y comienza la marcha. El bus vacío se detiene y el timbre lanza un grito agudo e intermitente. Se abren las compuertas y el incipiente orden se desbarata. Nadie espera que salgan primero los pasajeros. Todos avanzan en tropel con un único objetivo: entrar y, a como dé lugar, coger un asiento (ir sentado no es solo un privilegio, garantiza ahorrarse gran parte del sufrimiento: los golpes, el roce, el aplastamiento). El buche de ese monstruo plateado de tres cuerpos se llena, pero nadie está dispuesto a quedar fuera. Hay que apretar, seguir empujando. Muchos se quedan en la puerta, se aferran al pasamanos, a las barandas, con una terquedad y fuerza simiescas, pues todos por una hermosa coincidencia bajan acá nomás o, en el peor de los casos, entierran la mirada en el celular o la clavan en un punto fijo, o se parapetan tras sus audífonos y cierran los ojos. 

No hay ninguna ventana abierta. El hombre de la multitud se abre paso entre la masa hacia una ventana, la abre y cuando se prepara a robarse una bocanada de aire fresco, un vanidoso la cierra de golpe: las corrientes pueden arruinar su copete engominado. Dos paraderos adelante, logra treparse una anciana. Nadie se sale de la puerta para dejarla pasar. Temen ser desplazados por un oportunista que, a la menor distracción, se quedará con su metro cuadrado, así que la abuela se abre paso como puede, con el codo en ristre. Pide un asiento rojo. Están ocupados: una mujer con muletas, un anciano, dos mujeres con sus bebés encima. Los de la otra fila se miran, hacen el amago, pero ninguno se anima a ceder el trozo de comodidad que tanto sudor y sueño le ha costado conquistar. Las mujeres de la segunda fila voltean a ver a un hombre enternado, que se hace el dormido. Una de ellas lo despierta con la mano. Lo miran fieras. Asumen que le corresponde… Ese disfrazado machismo llamado caballerosidad. Por presión social y sentido del deber, el hombre se para. Otro rasgo cultural: falta total de empatía. En la ciudad, casi nadie se identifica con nadie. El otro no es un conciudadano sino un extraño, un rostro ajeno dispuesto a arrebatarte tu parcela de bus y, con ello, la esperanza de llegar a tiempo al trabajo. Aquí impera la ley del más rápido, el más vivo. Ah, y el que reclama (se pica), pierde.

A estas alturas, el bus ya está a punto de colapsar. Los avisos de apertura retumban, las puertas chillan, los cuerpos bloquean las entradas. El ambiente, aunque sea invierno, está bastante cargado. Los aromas de la mañana se mezclan con los de la noche anterior y los ánimos se van exacerbando. Huele alquitrán sudor, se saborea un aliento verde, huele negro mugre, toco un perfume azul de varón, palpo una toalla higiénica rojo sangre. Los rostros están tan próximos que intercambian alientos, los ojos se chocan, sienten vergüenza y se refugian con disimulo en el techo, en cualquier espacio vacío. Los cuerpos se rozan; de espaldas, las nalgas encajan a ratos con otras nalgas anónimas como piezas de tetris. Viajar de esta forma es una de las pocas ocasiones en que la ciudad nos obliga a estar muy juntos, a vernos a la cara.

El humano ve amenazado su territorio íntimo y se pone en guardia. Las tensiones y pulsiones más primitivas comienzan a aflorar. A estas alturas, el bus es ya un polvorín. Basta el  menor chispazo, por más mínimo que sea, para que todo estalle. La menor provocación: una mirada un poco más fija, un roce casual, espiar el periódico del vecino, un sueño breve en el hombro del costadp, un pisotón, un mochilazo. Entonces, un muchacho pone su música a todo volumen en el celular y empieza a cantar, y un hombre mayor le dice bruscamente que se calle. El chico responde. Y, de pronto, esa tensión contenida y rumiada hace media ciudad se libera y se contagia. Todos comienzan a vociferar. Una jauría hambrienta de conflicto se desata en minutos. El vecino pide permiso y se le acusa de haberlo golpeado, ensuciado la tela del pantalón. Como quiere pasar, lo arrincona hacia la pared y este cae sobre la falda de una muchacha que lo acusa de atrevido. Este, antes que nada suelta un «cholo de mierda», se disculpa y voltea furioso para devolver el golpe, pero el otro ya se ha perdido entre la muchedumbre, que le señala hacia donde se ha ido arrebatándole ese preciado momento que estuvo esperando largo rato, acariciando como una perla: la oportunidad tantas veces soñada de golpear a alguien en público, cuanto mejor si es negro, cholo o una casta que su mente considera inferior. 

Lejos de apaciguar, otro pasajero empieza a gritar a la gente. Asume el rol espontáneo de acomodador: «Avancen. Al medio, hay sitio». Pero, como el que escucha la orden también tiene alma de controlador, se niega a avanzar y se planta. Hay veces en que me da por pensar qué útil sería crear un nuevo oficio, el de acomodador. Tendría que ser un tipo flaco para que se infiltre entre la gente, flaco y corajudo, y con don de mando y dominio de grupo y habilidad innata para apaciguar los ánimos, en suma, un administrador de las emociones, un gestor de las relaciones públicas. En vez de esto, tenemos al chofer, que, por lo general, maneja al ritmo de su cólera o su desgano, y no hace más que echar más leña al fuego, o unos orientadores que, por lo general, fungen de volanteros o racionadores de flujo de gente que entra a las unidades, esas naves de tres cuerpos, primos hermanos de los ícaros de los 80, símbolo de nostalgia, pero también de una las peores épocas de nuestra historia. Y mientras bajamos del bus, y agarramos la primera bocanada de aire pestilente y frío, nos preguntamos: ¿pero cómo no va a haber un desmadre si cada uno se esmera en provocar hostilidad? Las ansias de peligro y violencia son más fuertes que el sentido de comunidad. El bus es el espacio cotidiano, casi una metáfora del Perú (cuerpos próximos, almas distantes): un país de diarios y profundos desencuentros. 

No tiene caso buscar culpables: padecer múltiples sufrimientos al interior de los buses y soportar con estoicismo, en el peor de los casos, la ruta íntegra, que va desde la estación Naranjal, en Independencia, hasta Matellini en el distrito de Chorrillos (unos 30 kilómetros durante 1 hora y 40 minutos aproximadamente) es lo que hay. Valdría la pena tanto si uno fuera de paseo con la familia o a jugar fútbol o de excursión, como un foráneo en un safari urbano. Pero lo triste es que tenemos que hacerlo cinco o seis días por semana hacia el trabajo. Y el otro se convierte entonces en la bolsa de arena, el extraño al costado es el desquite, y el viaje es la terapia, el desfogue, la ocasión perfecta para vengarse de lo que no entendemos y nos pesa y nos aplasta en silencio y muy dentro. 2.50 es lo que no quiero pagar, pero no hay de otra… El mal menor. Se sufre, pero uno llega a su destino, previa penitencia. Por fortuna, siempre hay una forma de sacarle la vuelta a la adversidad. 2.50 se convierte así en el precio justo de la venganza: con la mala familia, con el trabajo, con el alcalde, con la perra vida que nos tocó. Y alguien tiene que pagarlas todas. Total, siempre hay alguien peor que uno.

Javier Arnao Pastor

Ilustración: Carlos Yáñez Gil

Datos de apoyo

Metropolitano Es un servicio de buses de transporte público con un carril exclusivo y paraderos establecidos, para cuyo uso se requiere de una tarjeta. Tiene un servicio troncal que atraviesa la ciudad de Lima de sur a norte, desde Chorrillos hasta el límite de los distritos de Independencia y Comas, respectivamente. y un servicio complementario de rutas alimentadoras. 

Estación Matellini Es la estación terminal sur. Está ubicada en el distrito de Chorrillos.

Estación Naranjal Es la estación terminal norte del Metropolitano en Lima. Con una afluencia de 81 800 pasajeros por día en promedio, es la estación más congestionada.​ Está ubicada en la intersección de las avenidas Túpac Amaru y Chinchaysuyo, próximo al límite de los distritos de Independencia y Comas.

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